jueves, 25 de octubre de 2012

DEL RANCHO AL RASCACIELO


        Palabras del Autor

El presente texto no es una historia ni una crónica de Monte Grande ni una novela, sino un puñado de recuerdos y reflexiones de Juan Pueblo, sin pretensio­nes literarias, docu­mentales, cronológicas ni orden temá­tico. Trátase de un nostálgico paseo por el ayer, cosa que siempre soñó escribir, pero que fue poster­gando año tras año  por dis­tintas razones, hasta que hoy, con haber ju­bilatorio mínimo en castigo por haber traba­jado más de 40 años, hoy, aprove­chando cua­dernos, pape­les, lápices y lapiceras des­car­tados por sus nie­tos, decide cristalizar su ansiado sueño. Es un texto más improvisado que planeado, pero que entraña la mayor sinceridad y es­pontanei­dad. En la errónea e ingenua creen­cia de que yo sabría corregir y perfeccionar sus apuntes  con mejor redac­ción, JP me ha encomendado el inmerecido honor de pa­sár­selos en limpio en mi vieja Olivetti de trac­ción a sangre, lo que me im­pone la res­pon­sabili­dad moral de ha­cer lo imposible por compla­cerlo para que sus ori­ginales vean por fin la me­recida y tan soñada luz pública en forma de libro.

A Juan Pueblo le fastidian las fe­chas, los datos geo­fí­sicos, estadísticos y la mayoría de los nom­bres de los  personajes involucrados en la historia montegrandina. Por eso se li­mita a efec­tuar un relato llano de lo que vi­vió, a lo que agrega da­tos y anécdotas to­mados de re­cortes periodísticos y uno o dos libros que encontró sobre la materia, y en es­pecial testi­monios verbales de in­nume­ra­bles convecinos de la ter­cera edad, muchos de los cuales tienen la gentileza de vivir más de la cuenta para que, llegado el caso, pue­dan dar fe de sus dichos.
Para JP, el Pasado  de Monte Grande,  es el que le tocó vivir en su niñez, adoles­cencia y juventud, o cuando mucho, a partir de fines del Siglo pasado y princi­pios del presente y concluye al construirse el faraó­nico Aeropuerto Internacional de Ezeiza, en su momento el más grande del mundo. Ahí comenzaría, según él,  el Pre­sente que se  prolonga hasta nuestros días.
- ¿Pero  por qué Juan, hacés tan insólita y presuntamente antojadiza división de la historia y por qué le das tanta importancia a  esa obra nacional? - le pregunto, a lo cual contesta sin la menor vacilación:
Porque para el hombre de la calle, el ciuda­dano común, el Pasado es lo que ha vi­vido, no los siglos y milenios anteriores. ¿A quién le importa eso, salvo al estu­diante, al profesor y al investigador? Pero ellos deben huir del presente libro como de la peste y recurrir necesariamente a decenas y dece­nas de textos especializa­dos de  Historia, en los que encontrarán miles y miles de in­for­maciones más o menos fidedignas desde Cristóforo Colombo hasta nuestros días. En cuanto al Pre­sente montegrandino, es algo  muy actual, que aún vivimos, y comienza, como te decía re­cién, con  la construc­ción del Aero­puerto, porque esa monumental obra pro­duce la pri­mera y única revolución en la gesta local, puesto que cambia profun­da­mente nuestra fisonomía comarcal, al ab­sor­ber inmigran­tes  euro­peos y argentinos del inte­rior (los “cabecitas ne­gras", o “cabe­ci­tas”, como bautizáramos enton­ces a los pro­vincianos ¡cómo si nosotros no lo fué­ra­mos!), y ese cambio etno­gráfico, Primo,  des­pierta  la conciencia de nuestro apacible, soli­ta­rio e igno­rado pueblo casi campesino, sumido en un letargo secular para iniciar una vertigi­nosa e impa­rable era de profun­dos cam­bios socia­les, comerciales, in­dus­triales y culturales que se prolonga y aún sigue  en la actualidad. Dicho de otro modo: el Antes y el Después de Monte Grande, lo marca ineludi­blemente la construcción del mencionado Ae­ropuerto. ¿Se entiende lo que quiero de­cir?
Hasta ahora, y Juan Pueblo tiene razón, sobre Monte Grande sólo se ha es­crito uno o dos libros que él ha leído y que en reali­dad, según su opinión,  serían más bien recuer­dos o me­morias, como el presente.
 Del escaso material publicado, - dice sic JP aquí en este apunte, - si  bien  se resca­tan al­gunos datos de inte­rés, se observan exage­raciones o se eluden subrepticiamente ver­da­des por sospe­chosa confrater­nidad so­cial, política o simple amiguismo. De acuerdo a ese pobre y ais­lado material, Monte Grande ha­bría sido la creación es­pontánea de una cofradía de fun­cionarios, te­rrate­nientes, adinerados e in­flu­yentes, cuando en rea­lidad, con honradas ex­cepcio­nes, estos no hicieron tanto por el pue­blo como por su bol­sillo. El verdadero ha­cedor de Monte Grande  y que no se men­ciona ni por error en esos tex­tos, fue el pue­blo traba­ja­dor: peones, ope­rarios, emplea­dos públicos y pri­vados, co­merciantes, pro­fesio­nales y tan­tos otros anónimos vecinos que brinda­ron su es­fuerzo convirtiendo un campo en aldea, una aldea en pueblo y fi­nalmente un pue­blo en la gran ciudad que hoy conoce­mos y que nos asom­bra día a día con su ver­tiginoso cre­ci­miento demográfico, comercial, industrial y cultural, hasta el punto de que, cuando voy por la ca­lle (por la ve­reda mejor dicho), me pellizco con di­si­mulo y me pre­gunto si estoy en verdad en mi viejo y que­rido Monte Grande o en una de esas desbordantes ciu­dades de una re­pu­bliqueta bananera la­ti­noamericana. Fue el pueblo trabajador, re­pito, no los de “arriba”, el que aparte de ga­narse su pan, con muchos sa­cri­ficios pagó ta­sas municipales que jamás se supo en qué las emplearon los numero­sos intendentes o co­misionados y demás funcionarios de la clase dirigente y sus aliados de la “so­cie­dad” local, con honradas excep­ciones, vuelvo a repe­tir. Empero y por des­gracia, esos “personajes” de la oficialidad y los de su entorno, se convirtie­ron de la noche a la mañana en “próceres” cu­yos nombres com­piten y se perpetúan al lado de San Martín, Belgrano, Sar­miento, Saavedra, Moreno, etc. en la no­minación de nuestras calles. Y por último, también hi­cie­ron nuestra historia ver­nácula... ¿quienes?  ¡Los artistas y los lite­ratos! Que tampoco se mencionan en esos escritos, lo que revela una neta ig­norancia e incultura. Esos ilustres descono­cidos, sin el menor apoyo oficial, difun­dieron cultura en forma gratuita, espontánea y de­sinte­re­sada, con expo­siciones, concier­tos, repre­sentacio­nes tea­trales, es­cribiendo y ha­ciendo cono­cer sus poemas, cuentos, nove­las, ensayos, compo­siciones musica­les, etc.
Como ya es fácil de suponer, ¡Juan Pue­blo es el hombre menos indicado para escri­bir una histo­ria oficial  de Monte Grande! Apenas menciona en sus apuntes (cuando no le queda más remedio)  a los que se en­riquecieron o aumentaron sus cuantiosos bienes a costa del sudor del pue­blo trabaja­dor, durante las largas épo­cas en que no había posibilidades de denunciar sus ilícitas y subrepticias acti­vidades. Según le contaron de buena fuente y le consta de múltiples ejemplos de los que fue testigo, hasta ayer nomás, los inten­dentes o comi­sionados se nombraban a dedo  por ami­guismo o corre­li­gionarismo po­lítico, o eran abortos de frau­dulentas votaciones. Por eso, cuando lee algo referido a nuestro pa­sado en lo que se glorifica inmerecida­mente a esos inopinados “próceres” a los que los aduladores incluso nombran con los prefijos de “Señor”,  y “Don”, exclama ilusionado:
Espero que en el futuro surjan perio­distas e historiadores que investi­guen en forma exhaus­tiva nuestro ayer y sin temor al­guno (ahora que hay Estado de Derecho, Li­bertad y Democra­cia), desmistifi­quen a los malos funcionarios con nombres y apellidos, y graben en letras de oro los de los pocos honestos. Yo sé que muchos de esos ma­los fun­cionarios, ricos e influ­yentes, se re­cuer­dan en nuestra “historia oficial  oral“ (¡y en nuestras calles!) nada más que por ha­ber donado una ca­rreti­lla de la­drillos, una ban­derita o una plaqueta a una escuela o enti­dad. Yo sé mil cosas más de las que escribo,  pero si de­biera publi­carlo todo, lle­naría unos cuantos tomos de apre­tada escritura como la de la guía te­lefónica ¡y no me alcanzaría la vida para es­cribirlo ni al lector el tiempo para leerlo! Yo tengo esa in­tuición y sabiduría an­ces­tral de todo pueblo y gozo de  un privile­gio sobre cualquier ciudadano habido y por haber: ¡el de haber vi­vido en todas las épo­cas y ha­ber presen­ciado todos los aconteci­mientos que se mencionan en mi li­bro! Si no, ¡no me llama­ría Juan Pueblo!
Huelga decir que todas las opi­niones perso­nales vertidas en su Del ran­cho al ras­cacielo, co­rren por su ex­clusiva cuenta. Y como el libro es suyo y no mío, el que sus­cribe, es bien poco lo que ha podido emitir de las propias.  Para dife­renciar lo que va­mos relatando entre ambos, dentro de lo posible utilizo letra cursiva tratándose de acotaciones y reflexiones que a último mo­mento hace Juan Pueblo, las que, si bien in­te­rrumpen la continuidad de lo que escribo, en cierto modo nos per­mite evadir la rutina­ria y fría prosa clásica que deja a más de un lector dormido y bien pronto termina no le­yendo el libro y regalándoselo al primero que encuentra en su camino. Y creo que sobra aclarar defi­nitivamente (pues JP lo hace a me­nudo) que cuando habla de funcionarios, te­rratenientes e influyentes, se re­fiere a la ma­yoría y no a las honradas excep­ciones (las mismas que piensa el lector en este instante) por las que tiene la más grande admiración y el más profundo respeto.
 Y para finalizar con estas palabras pre­liminares, Juan Pueblo y el que suscribe, quieren expresar su más sincero agra­deci­miento a los innumerables vecinos que gentil y de­sinteresadamente aportaron di­recta o indi­rectamente (¡muchos sin saberlo!) mu­chos de los datos y recuerdos que dan cuerpo a este libro, honorables vecinos cuya nómina sería muy ex­tensa y en la cual, sin duda y no de mala fe, omitiríamos quizá a los más im­portan­tes.
Empero, merecen des­tacarse en párrafo espe­cial, por  los informes sumi­nistrados en forma  directa  o  indirecta ( oral­mente o con
sus artículos periodís­ticos), a la señora Pro­videncia Grau de Álvarez, el señor Amé­rico La Vía, la señorita Isolina Siciliano y a los se­ñores Pe­dro Rubén Campomar y Este­ban Gianto­massi.
                    
                     M. Grande, Mayo de 1986  


         Juan Pueblo

Por lo anteriormente expresado, JP tiene un concepto escueto y personal del Pa­sado mon­tegrandino, y como también se ha dicho, a él no le interesa más que lo referido espe­cífi­camente a nuestro pueblo, desde fi­nes del siglo pasado o principios del pre­sente, hasta la construcción del Ae­ropuerto.
Él sabe, sí,  que hace unos cuantos si­glos - no recuerda ni quiere saber cuántos, - expedicionarios españoles descubrieron, conquistaron y colonizaron las tierras del Plata. Que combatieron con enorme supe­rio­ridad bélica contra los aborígenes que vivían en la edad de las cavernas y que terminaron matando a miles y miles de ellos y ahuyen­tando al interior a otros tantos. Sabe tam­bién que la Ciudad de Santa María de los Buenos Aires se fundó en dos ocasiones. Que una vez lo hizo don  Pedro de Mendoza y otra don Juan de Garay, aunque no re­cuerda cuál de ellas fue la primera y cuál la segunda. Tendría que fijarse en los li­bros de historia de sus nietos, pero luego de medi­tarlo, llega a la conclusión de que para nuestro caso ese detalle no tiene importan­cia, puesto que  no es la historia del país la que nos interesa sino concretamente la de Monte Grande. Por eso da lo mismo que hu­biese una o dos fundaciones de Buenos Ai­res, y da también lo mismo el orden de las mismas: ¿no se dice que el or­den de los factores no altera el producto?
Él tiene entendido (¿y quién le puede discutir a Juan Pueblo?) que esos seño­res es­pañoles y los que les siguieron, a  tra­vés de los siglos regalaban (¡como si fueran su­yas!) grandes extensiones de tierras quita­das a los indígenas. Se regalaban por mé­ri­tos a milita­res, civiles o simple amiguismo (¡empezaba un abominable hábito que aún perdura en nuestros días!) a personas, que a su vez, las trabajaron un tiempo para que dijeran, pero terminaron frac­cionándolas y vendiéndolas, hasta que lle­gamos a fines del Siglo pasado. ¡Es a partir de allí que co­mienza lo que a JP le interesa saber y es­cri­bir, o sea la génesis del pueblo de Monte Grande!
Ahora, con múltiples problemas y preo­cupaciones personales (esencialmente de índole económica por la miseria que le paga como jubilado), Juan Pueblo acaba de pagar algunos servicios en el centro  de Monte Grande y  espera el colectivo Barrio Lindo, en la pa­rada de la Estación, frente a la cis­terna de Obras Sanitarias que remeda a un plato volador o un hongo. Mientras aguarda en la cola, imagina que hace vaya a saber cuántos si­glos,  en ese preciso lugar donde está pa­rado, pudo existir una choza indí­gena  o bien cayó muerto un español al­canzado por una flecha o una lanza abori­gen, o fue ultimado un na­tivo por un dis­paro de arca­buz. Imagina tam­bién, que donde ahora está el monu­mento a La Ma­dre, en la Plaza Mitre, a lo mejor había achicharrándose al sol e in­vadi­dos por las aves de rapiña, las moscas y las hormigas, el cadáver de una madre que­randí con su bebé en brazos, muertos por los dis­paros de las armas de fuego de los blancos.
¡Pero ahí llega el colectivo! Menos mal porque Juan JM tiene apetito y quiere llegar a casa lo antes posible. Imagina a su bis­nieto Pichi  esperándolo detrás de la puerta de calle. Este no es el mejor momento para concentrarse en la narra­ción que pretende escribir desde hace mu­chas décadas.
Como es harto sabido ya, JP detesta las fechas. Por eso dentro de lo posible las elude, pero a veces anota el año al co­mienzo de cada párrafo, para que el lector se ubique en el tiempo y no crea que lo que cuenta,  sucedió la semana pa­sada.

                  El Pasado


En 1587 se produce el más importante reparto de tierras en lo que hoy es el Gran Buenos Aires. Es fácil imagi­nar que su valor era e0scaso y por lo general, como se ha se­ñalado más arriba,  se obse­quiaban. Acota JP:
Como en esa época yo no estuve en el ejército (porque era rengo y servía de aguatero en el pequeño barrio céntrico) y por lo tanto no maté indios, y como tampoco era amigo ni chupamedias de funcionario al­guno, en esa “repartija”  de miles y miles de hectáreas, no li­gué siquiera un lotecito para hacer mi ran­cho. Pero no im­porta porque afortuna­da­mente lo poco que hice y que tengo me lo gané con el sudor de mi frente, estoy con los impuestos munici­pales y rentas de la Provin­cia al día y puedo andar por la ca­lle con la frente alta.
En Buenos Aires, se habían construido algunos edificios emblemáticos e imprescin­dibles como el Cabildo. En 1595, en otra re­partija de tierras (como dice JP), el procura­dor Mateo Sán­chez,  es agra­ciado con una gran extensión de campos que hoy ocupan varios distritos, entre ellos el nuestro.
Tanto en Buenos Aires como fuera de ella, existían algunas casas de fin de semana y de explotaciones rura­les. En ambos casos, eran kilómetros de tierras vír­genes, lagunas, arroyos y bos­ques,  y tras­ladarse de un lu­gar a otro in­sumía jor­nadas de viaje en ca­rretas, ca­rretones o a caballo. Es fácil imagi­nar la odi­sea que representaba viajar desde el  centro  de Buenos Aires (el Ca­bildo) hasta los Mon­tes Grandes.
En el año 1600 en la Ciudad de Buenos se abría su primera escuela pública.
Me acuerdo de eso y me acuerdo tam­bién que sólo era para chi­cos de gente de la oficialidad e influyente. ¿Qué iban a entrar mis chicos, siendo yo en esa época un sim­ple peón del puerto?
Siendo gobernador de la Provincia de Buenos Aires Francisco Céspedes, años des­pués hay otro reparto de tierras.
Era lógico, un Céspedes no podía sino repartir tierras, que es donde hay céspedes,
Le fue en­tregada una gran zona de nuestro dis­trito a Juan Gutiérrez Umanes, considerado el Adán de los colonos de los montes grandes. Éste y familia se dedicaron a tareas agro­pecuarias. Enviaban el exce­dente de sus productos (por supuesto la casi totalidad) a Lomas de Zamora, cuando no a la misma Buenos Aires con los lentos ca­rromatos de la época, por apenas insinua­dos caminos - a los que había que agregar a veces lluvias, zonas semi inundadas y barro, - cuya travesía lle­vaba jornadas.
Recuerdo que una vuelta, mi cuñado Arturo y yo llevábamos un carro de pa­pas desde la finca de los Umanes... ¿quién decís vos, Humanes?... Ah, sí Umanes era un hom­bre muy bueno y humanitario: el nombre te lo dice. Enton­ces, como te decía, llevábamos un car­ga­mento de papas a Lo­mas por un camino que hoy no existe ni existió nunca, porque en realidad era una senda improvi­sada, un atajo, que recono­cías por las hue­llas dejadas por los carros y las pe­zuñas de los bueyes. Como a mitad del tra­yecto, por donde ahora está el Cruce Lomas, nos aga­rró una tor­menta de la gran siete. No sé cómo sería una de la gran ocho o gran nueve. Era una llu­via de esas que no se ol­vida en toda la vida. El ca­rro volcó y con él nosotros, las pa­pas y  los dos po­bres bue­yes, pobrecitos. Las papas se desparrama­ron e incrustaron en el barro y en los char­cos. Para que los po­bres bueyes pudieran le­vantarse, los de­satamos del carro. Los po­bres bichos no se podían levantar porque resbalaban y se vol­vían a caer y pe­garse al barro, hasta que al final lo lo­graron. De­trás de la llu­via siguió una feroz granizada. Las piedras eran “así” de grandes, pero mirá, Primo, si no mirás no te puedo mostrar: Eran “así”, como adoqui­nes.  Como el carro había quedado vacío, hi­cimos lo impo­sible por en­de­rezarlo, y nos refu­gia­mos de­bajo hasta que paró la lluvia y el viento como a la hora. ¿Las papas? Y... hubo que darlas  por perdi­das. ¿Qué vas a juntar entre el agua, el ba­rro, los yu­yos y los cascotes?
Por el año 1758, las tierras que forma­ban la estancia Los Re­medios, y que perte­necerían en el futuro a nuestro Distrito, fue­ron adquiridas por un presbítero lla­mado Juan Alonso González y Aragón. La casona, de planta baja y algunos altos, te­nía su pro­pia capilla, desde luego con la Virgen de los Remedios.
¡Ah!  Hiciste bien en aclarar eso de la Virgen de los Remedios, porque más de uno creía que la estancia se llamaba Los Reme­dios porque ahí había un depósito de reme­dios.
Actualmente ahí está parte del Aero­puerto Internacional de Ezeiza. Se dice afirma que el religioso era bisa­buelo del ge­neral  Manuel Belgrano, por lo que se su­pone - se supone, - que éste debió visitar la finca en más de una oportunidad. Lo que sí consta es que allí pa­saban sus vacaciones los huer­fanitos de las Hermanas de la Cari­dad de Buenos Aires. El establecimiento fue com­prado en 1822 por Pablo José Ezeiza. 
Está bien aclarado: Pablo José Ezeiza. Algunos lo confunden con Gabino Ezeiza, que era un payador.
Más adelante sería com­prada por Juan C. Zimmermann. Al poco tiempo, por el año 1850, se la adquiere su cuñado, el barón Franz Halbach, que había llegado al país en muchos años antes y se dedicaba a explo­ta­ciones agropecuarias. Este hombre fue el primero que en nuestro país perime­tró su hacienda con alambre y cuán noble era ese metal, lo prueba el hecho de que aún se conserva en algunos tramos de lo que fuera esa hacienda. El barón, aparte de faenas ru­rales, se dedicaba a crianza de ovejas fran­cesas marca Ramboui­llet  y alemanas  marca Negrete,  cuyos ejemplares ganan el primer premio en la Se­gunda Exposición Agrícola Ganadera cele­brada en Buenos Aires.
Pero aclaremos algo importante: Uno dice, por ejemplo, que Fulano de Tal hizo esto o aquello, pero ¡qué van a hacer! ¡Por favor!  Eran sus peo­nes o empleados los que trabajaban. Él mandaba, nada más. Y esto vale para los te­rratenientes o funcionarios de los que de­ci­mos general­mente que hicie­ron esto y aque­llo. Yo pa­trón, intendente o go­berna­dor o incluso Presidente de la Na­ción, dis­pongo o firmo que se haga una obra. Pero ni siquiera vi los planos ni sé dónde queda ni me interesa saberlo. Des­pués sí, cuando está hecha, quiero ir a inau­gurarlo para que digan que la hice yo. ¡Si eso es tra­bajar, yo soy Greta Garbo! No nos engañe­mos, y lo repito: los que hacen son los obre­ros y depen­dien­tes en general.
Más adelante, Los Remedios es com­prada por sus yernos de Franz Halbach,  Antonio y Remigio González Moreno. En­ton­ces el establecimiento entra en una irreme­diable decadencia y termina ven­diéndose en fracciones.
Y... es lo que digo yo siempre. Eso pasa con muchas empresas cuando caen en ma­nos de inexpertos o de directivos sin escrú­pulos. Sin ir tan lejos ¿no pasó lo mismo con el Frigorífico Monte Grande, con la fábrica de tejidos Amat, y tantas otras? Cuando ya no está el fundador o el propio dueño, es un viva la pepa como el país, donde cada fun­cionario busca llenar sus bolsillos y a los demás que los parta un rayo. Dejame.
Desde el 1800 en adelante la historia nacional es hartamente difundida y cono­cida por los lectores, por lo menos en forma pa­norámica y sumaria. Sería super­fluo relatar sus pormenores: La primera y segunda inva­sión inglesa, la revolución de mayo, la inde­pendencia, las campañas de Belgrano y de San Martín, la dictadura de Juan Manuel de Rosas;  Urquiza y la Cons­titución Nacional, sin olvidar que todas esas etapas estaban jalonadas con una compleja e interminable guerra intestina entre unitarios y federales, que aún conti­núa con otros nombres y otros métodos.
¡País complejo el nuestro, Di Martino!, y difícil de go­bernar porque los argentinos (y desde luego me incluyo y te incluyo), ¡nunca estamos con­formes con nada! Hoy nos dan un peso, ma­ñana queremos dos, pasado tres y así suce­siva­mente... Y dentro de lo posible, todo lo que­remos gratis.
Siendo ministro Bernardino Rivadavia, firmó un contrato con los hermanos Gui­llermo y Juan  Parish Robertson por el cual éstos se comprometían a colonizar las tie­rras de los montes grandes, con campesi­nos escoceses.
Señalemos de paso, Primo, que el más grande “mérito” del gobierno de Rivadavia fue el de haber sido el primero en pedir un prés­tamo al ex­tranjero, que los gobernantes poste­riores imitaron hasta el día de hoy, convir­tiendo al país en uno de los más es­panto­samente en­deudados del mundo. 
Los escoceses llegaron al país en 1826 (el mismo año que en Gran Bretaña  se inauguró el primer ferrocarril del mundo). Si­guen viaje en carretones para distribuirse en las tierras adquiridas por Guillermo. La colo­nia más importante fue la llamada Co­lonia Monte Grande, cuyo núcleo, conocido hoy por Santa Calina, pertenece a la Fa­cultad de Agronomía de Lomas de Zamora. Poste­rior­mente, ya creado nuestro Partido de Es­te­ban Echeverría, el límite entre am­bos dis­tri­tos lo establecerá  el Camino de Cintura, en aquellos tiempos llamado Ca­mino de la Tra­dición.
Ah, no te olvides del personaje más im­portante de esa colonia,  ojo. Ahí tenés el papel donde yo escribí todo lo que sé de él.
Entre los escoceses, John Tweedie, quedó en nuestra historia vernácula por sus vastos conocimientos de botánica, que le permitieron estudiar y clasificar la flora de estos parajes, gran parte de ella desco­no­cida por los europeos. Muchas de ellas, por indiferencia o ignorancia de las sucesi­vas autoridades locales, se extinguieron por completo de nuestra zona - algunas en es­tos últimos años, -  pero por suerte para los in­gleses y no para nosotros, - sobreviven en el Jardín Real de Gran Bretaña gracias a los ejemplares enviados por aquél. Además, Tweedie perfeccionó muchas herramientas rurales. El pueblo de Luis Gui­llón hoy per­petua su nombre en una de sus calles.
Por esa época se podían distinguir tres esta­blecimientos rurales de importancia en nuestra zona: La Laguna, Los Remedios  y  Monte Grande, o sea la de los escoceses.
En 1827 (año de la muerte de Beethoven), se produce la renuncia de Ri­va­davia y las nuevas autorida­des naciona­les, (por eso de que lo que hicieron las anterio­res siempre está mal aunque esté bien), desconocen los contra­tos, y los colonos es­coceses, sin apoyo ofi­cial alguno, decepcio­nados y desa­lentados, repiten el éxodo de Moisés y su pueblo, emigran a partidos veci­nos, mientras otros prefieren regresar a su pa­tria. 
Imaginate (yo no porque lo vivi) a los pobres escoceses dicién­dole a Juan y a Gui­llermo  “¿Pero adónde miércoles nos traje­ron?” Claro, ellos no usaron la palabra “miércoles” sino otra, pero como yo no sé el inglés, no podría decirla... Ahora me estoy acordando de un escocés conocido mío y estaba entre los que se volvieron a su patria, que me decía: “Mira John People: Bien mere­cido lo tengo por estúpido. ¿Quién me mandó meterme en camisa de once varas? 
Año 1828: Por orden del General Lava­lle, se produce el fusilamiento de Dorrego, lo que aviva la guerra intestina entre unita­rios y federales que levará al poder a Juan Ma­nuel de Rosas al año siguiente.
Esto te lo digo al margen. No lo escri­bas. Es una refle­xión mía: ¿Me que­rés decir para qué sirvió el fu­silamiento del po­bre Do­rrego? ¿en qué se benefició y ade­lantó el país? Dejame. 
Como se sabe, - ya en el Presente, - el gobierno de Perón, expropió parte de Los Remedios y otras estancias colindantes para la construcción del entonces llamado Aero­puerto Internacional General Pistarini.
1832: El Tomás Fair había com­prado a Guillermo Parish Robertson una buena por­ción de tierra en los montes gran­des, para explotación agropecuaria, nom­brando a Ri­chard B. Newton adminis­trador de la misma.
En 1833 se produjo la toma de las Mal­vinas por los ingleses.
Y Juan Manuel de Rosas no se enteró o miró para otro lado. Sin duda y eso uno se lo imagina, que discutió con el Embajador in­glés y casi seguro también que lo puteó de la cabeza a los pies, pero seguramente lo hizo en gua­raní, y el diplo­mático, que no sa­bía ese idioma, habrá son­reído creyendo que lo estaba felicitando por el éxito de sus com­patriotas en las islas. Lo cierto es que el Dictador no mandó a recuperarlas. ¿Y cómo puede ser, él, que parecía y nos pa­rece to­davía por los re­tratos, un hombre se­vero, drástico  y de ac­ción? Tenía que haber he­cho algo... pero no en el baño. Y fíjense los lectores lo que son las cosas de la polí­tica. Hoy, para nuestros exaltados nacionalistas, después de San Martín, Juan Manuel es su principal ada­lid.
1835: Es asesinado Facundo Quiroga en Barranca Yaco.
¡Ahí tenés! Ahí tenés  otro ejemplo como el de Do­rrego. ¿Me querés decir para qué sirvió y en qué cambió y pro­gresó el país con la muerte de Facundo?
En 1852, cae Juan Manuel de Rosas y al año siguiente se promulga la Constitución Nacional. Aquél se se refugia en Inglaterra.
¡Ah! ¡Con razón, cuando fue lo de las Malvinas, miraba para otro lado! ¿No es me­dio sospechoso eso?... Por ahí estoy equi­vo­cado y no es así, ¡pero!... Habiendo tantos países en Europa y el mundo, ¿por qué se refu­gió justo en Inglaterra? ¿no da que pen­sar eso? Que no me vengan a mí con la his­torieta esa de que  San Martín, en algún mo­mento, le regaló un sable.  Sería uno que se estaba oxidando y antes que ponerlo en la vereda para los botelleros... Además ponele que yo, en un momento dado, te regalo algo a vos porque te aprecio, y más ade­lante, me pagás con una chanchada (te digo en broma). ¿Y? ¿qué hago? ¿Voy a pedirte que me lo devuelvas? Eso le pasó a San Martín, te lo digo yo. Ponele la firma.
El establecimiento rural  de los Montes Grandes de Fair estaba en tan apo­geo, que en 1850 y en 1861 el mismo se expande adquiriendo más tierras vecinas. Al fallecer, heredan sus hijos Federico y San­tiago que por desacuerdos o falta de idonei­dad en la explotación del gran com­plejo, de­ciden ven­derlo. Lo compra una firma inte­grada por el Ingeniero Pedro Coni, Roberto Olivier, Simón Gastón Sansi­nera, Juan B. Fe­rrarotti y San­tiago Luma­den.
Y... ¿que decía yo hace un rato? Por lo gene­ral, cuando muere el dueño y la em­presa pasa a manos de los hijos, los yernos, los nietos o terceros, entra en decadencia hasta que se funde.
Es ahora que nace Monte Grande, pues los nuevos dueños de esas tierras proyec­tan fundar un pueblo, fraccionándolas en man­zanas, quintas y chacras. El Ingeniero Coni es quien traza el plano y la distribu­ción de manzanas y lotes. El 3 de abril de l889, los planos son aprobados por Má­ximo  Paz y Manuel B. Gonnet, gobernador y ministro respectivamente de la Provincia de Buenos Aires. La misma empresa ges­tiona fáciles créditos en el Banco de la Provincia de Bue­nos Aires para facilitar la compra de las tie­rras a los interesados, los primeros de los cuales fueron las familias Reta, Guillón, Mari­none, Petrazzini, Cervetti, Pasman, Santama­rina, Ugar­teche, Constanzó, Ramos, Duclot, Recondo, Bruzzone y otros.
Por supuesto que en esos cré­ditos no pudo enganchar ningún pobre obrero ¡yo me acuerdo porque fui testigo de todo eso!...
Así empezaron a surgir las primeras construcciones, casi todas casas quintas o casas de fin de semana.  
Ahora me estoy acordando que la  vieja y linda casa de la Estación, una de las más antiguas de lo que entonces era una aldea, pertenecía a la familia Brown, terra­teniente de la zona. Fue donada al Ferroca­rril Sud, como se llamaba el posterior Roca. Esto fue en 1889. Con­viene señalar, contra lo que su­ponen muchos montegrandinos medio en­greídos, que las estaciones de Tristán Suá­rez (lla­mada entonces Llavallol) y Ezeiza, fueron inaugu­radas cuatro años antes que la nuestra. El primer jefe de nuestra Estación fue Eduardo Coacley, siendo sus auxiliares Lorenzo Paci­notti y Carlos Scaglia, este úl­timo padre del quí­mico, a todos los cuales conocí, desde luego.  Ahora me es­taba acor­dando tam­bién, de cuando se fundó la pri­mera Socie­dad de Fomento que tuvo el pue­blo. Fue... dejame ver... en 1896, ¡hace más de un siglo! La integrarían Pedro Reta, Her­minio Constanzó, Miguel García Fernán­dez, Luis Guillón, Nico­lás Bruzzone, el Ing. Duclot, Jorge P. Miles, Juan Castro Chavez, Pedro Arocena, Caye­tano Ugarteche y otros.
En l897 se inaugura en la Capital el pri­mer tranvía eléctrico entre Retiro, Constitu­ción y Parque Tres de Febrero, lo que bien pronto suscitará airadas y reiteradas pro­testas de los porteños porque su diabólica velocidad  hace temblar las casas, produ­ciendo rajaduras en la mampostería y la ro­tura de vidrios.
No, dejame de Buenos Aires. Acordate que lo que nos interesa es contar cosas de Monte Grande, pero ya que lo pusiste, no lo vas a sacar, dejalo. Ahora viene el asunto de los médicos.
Al principio, no había médicos en Monte Grande. Cuando Aníbal Cichero Pitré (autor de un libro de recuerdos del pueblo) tuvo sarampión, tuvo que venir de la Capital un pariente médico, el Dr. Eduardo Cichero.  Tiempo después, surgió el primer galeno tuvo Monte Grande, el Dr. Emilio Fernando Cardeza, a quien llamaban el médico de los humildes,  por su modestia y desinterés. A v eces le pagaban con un pollo, huevos, frutas  o papas. A caballo o en sulky, aún bajo llu­via, visitaba a los enfermos sin pre­guntar si eran pobres o pudientes. Por ello y con justi­cia se lo recuerda con el nombre de una de nuestras calles céntricas. El que suscribe fue paciente suyo en varias oportunidades.
Más adelante se fundaría la Sala de Pri­meros Auxilios, donde por supuesto atendía el doctor Cardeza. Allí mismo, el que esto es­cribe fue paciente suyo en al­guna que otra oportunidad. Al poco tiempo, otro médico se le sumaría para atender a los montegrandi­nos, el doctor Angel Rotta, que también vi­sitaba a los clientes en sulky o a caballo, y de él también fui paciente. Otra calle céntrica lleva con justicia su nombre.
1904: La idea de la autonomía del Par­tido de Esteban Echeverría surgió ese año de una comisión encabezada por Enrique Santamarina, Pedro Reta y el diputado pro­vincial Herminio Constanzó, entrevistán­dose la misma para ese efecto con el go­bernador de la Provincia, en ese momento el General José P. Arias.
En ese mismo año, ahora que me acuerdo, 1904, la Argentina realizó la pri­mera expedición a las Islas Orcadas, de lo cual no estaríamos enterados los monte­grandinos ni nos importaría en lo mínimo, si no fuera por el hecho de que en ella parti­cipó un vecino nuestro, Lu­ciano H. Valette.
1906: Fallecen tres perso­najes impor­tantes del ámbito nacional: los ex presiden­tes Carlos  Pellegrini y Manuel Quintana y Bartolomé Mitre, militar, estadista, ex funcio­nario, fundador del diario La Nación.
Pero fijate vos Primo como las artes y las letras son más importantes e imperece­deras que la política, la economía, las cien­cias, etc. etc. de un país. En el mundo hispa­noparlante, nadie sabe ni le interesa saber quiénes fueron Carlos Pellegrini y Manuel Quintana, Lo mismo ocurriría con Bartolomé Mitre si no fuera porque a él se le debe la mejor traducción al castellano de La Divina Comedia del Dante. ¿Y no pasa lo mismo con Sarmiento? ¿Quién en España y Latinoamé­rica conocería lo conocería de no haber sido un gran escritor?  
Entretanto, en Monte Grande se había producido un gran loteo en la zona Oeste del pueblo, al ahora irrisorio precio de 10 centa­vos la vara (una vara equivale a 8,66 me­tros), que se pagaba en 36 meses ¡y sin in­terés! Fue martillero O. Mazzini, y escri­bano Juan M. Guezales.
Ya sé que más de uno me dirá por qué no me compré unos cuantos lotes o man­za­nas, aprovechando que costaban mone­das. Pero se olvidan de un pequeño y gran deta­lle: esas monedas valían miles y miles de ve­ces más que las de ahora ¡y había que te­nerlas!
Ese mismo año, el senador provincial Eduardo Arana, insiste en la Cámara a la que pertenece, por la independencia del Partido. Hay gran oposición de Lomas de Zamora y San Vicente porque lógicamente, de apro­barse el proyecto, pierden enormes exten­siones de tierras. Por este motivo, el asunto se fue postergando. 
1913: se inaugura en Buenos Aires el primer subterráneo desde Plaza Mayo hasta Plaza Once. 
 Y dale con Buenos Aires...¿pero qué tiene que ver Buenos Aires con Monte Grande? ¿ya lo escribiste? Y bueno, dejalo.
El 7 de marzo de ese año, por Ley 3467, el proyecto de Eduardo Arana se aprueba por fin en el Congreso provincial. Pero faltaba la firma del Gobernador Las He­ras, que dilató intencionalmente ese re­qui­sito todo lo posible, debido a que era vecino de Lomas de Zamora. Pero se da la casuali­dad de que en el ínterin fallece, y como Arana, que es quien lo reemplaza en el cargo, no demoró un instante en firmar lo que fuera su caro proyecto. Eso ocurrió el 9 de abril de l913, fecha histórica que inau­gura la existencia oficial del Partido de Este­ban Echeverría, con Monte Grande como ca­becera. El nombre del Distrito fue idea del mismo senador, que admiraba al autor de La cautiva  y  El matadero, y sabía de memoria buena parte de ellos.
La  primera comunicación oficial que re­cibe el flamante Municipio, lleva fecha 14 de abril de ese mismo año y se refiere al nom­bramiento del comisionado municipal Enri­que Santamarina. Firmaba el docu­mento Fran­cisco Uriburu, Ministro de Gobierno de la Provincia de Buenos Aires. El comisionado había asumido a su cargo el día anterior. 
El primer juez de Paz fue Do­mingo Chi­mondegui (h), el primer comisio­nado esco­lar, Miguel Lucadamo y el primer delegado militar Torcuato Alegre, to­dos nombra­dos el 25 de abril de l913.
En 1914 comienza la Primera Guerra Mundial y la verdad es que en Monte Grande ape­nas nos enteramos de eso. Aún no ha­bía ra­dio  ¡ni siquiera a galena, como esa que te­nías vos, Di Martino! Y en cuanto a los dia­rios (de la Capital desde luego) ¿quién los compraba y dónde? Nadie, aun­que tuviera el dinero, iba a viajar especial­mente a la Capital para eso. Alguno que otro que trabajaba allá y que viajaba de primera clase, lo traía a la vuelta.
En 1916 se celebra el  sensacional e inolvidable centenario de la Independencia de la República Argentina con grandes ac­tos en todo el país en especial en la Capital Fe­deral, siendo a la sazón presidente Vic­torino de la Plaza. Año de muchas noticias ese, buenas y malas, nacionales interna­cionales, como todos los demás años. Hi­pólito Yrigo­yen ocupa el sillón de Rivadavia. Se hunde frente a Brasil el buque español Príncipe de Asturias, con cientos de vícti­mas; fallece el más grande poeta de Amé­rica, Rubén Darío.
El 21 de agosto de ese año,  se formó el primer Consejo Deliberante de Esteban Echeverría, integrado por Germán Balleros, como Presidente; y por Alejo Ortega, For­tu­nado A. López, Antonio Farina, B. Raffo, Ma­riano Alegre y Juan Rower.
1924: Mueren dos personajes impor­tantes de la política mundial: el líder sovié­tico Nicolás Lenín y el presidente nortea­me­ricano W, Wilson.
Ninguno de los dos interesa en nuestras evocaciones montegrandinas; pero si a vos te parece que van, dejalos.
Había sólo dos trenes diarios entre la Caopital y Monte Grande, siendo el más po­pular el de las 17,50 que llegaba de Plaza Constitución. Mucha gente aguar­daba su arribo, siendo el hall y el andén el sitio de reunión social más importante que tenía el pueblo desde la inauguración del Ferrocarril hasta el comienzo del Presente que según JM sería después de la Segunda Guerra y antes de la construcción del Aero­puerto. Sin distinción de clases sociales, una mayo­ría iba a conversar mientras esperaba al familiar que regresaba de su trabajo capitalino; y el resto, simplemente a mirar. Los pasaje­ros se reunían con sus familiares e iban ca­mi­nando a su casa si ésta quedaba en la zona cén­trica; si no, a ambos lados de la Estación, esperaban los carros,  sulkys y excepcional­mente algún automotor.
Junto al Río Matanzas y donde hoy existen varios barrios, había un complejo de torres de transmisión inalámbrico - úl­tima palabra en tecnología del ramo en la primera mitad de siglo  llamado Transradio Interna­cional, que se desmanteló moder­namente al inaugurarse la estación satelital de Balcarce, de los pagos de Juan Manuel Fangio. El 25 de enero de 1924, con la asistencia del en­tonces presidente de la República Marcelo T. de Alvear y el gober­nador de la Provincia  José Luis Castillo, se había inaugurado ese complejo  de torres, del que hoy sólo que­dan dos que utilizan como plantas transmi­soras Radio Splendid y Radio Excelsior de la Capi­tal.
Recuerdo también que hubo un aeró­dromo particular en pleno Monte Grande con entrada por la Avenida Fair, que era propie­dad de Ciro Comi. Limitaba con el Arroyo Santa Cata­lina. Fue el primer aero-taxi exis­tente en la Argentina. Armaba y vendía las populares avionetas Cessna (fabricadas en Wichita, USA) de la cual era representante exclu­sivo. Me acuerdo vagamente de la cara de Ciro Comi. En ese aeródromo trabajó un amigo  y ve­cino, Francisco Junco, que apren­dió la mecá­nica de la aviación y des­pués se puso un ta­ller propio por allá por Morón. Ya se veía que a él le gustaba ese tema desde chico, porque construía avion­citos de ma­dera balsa e inter­venía en con­cursos. Y una vez ganó el pri­mer premio en un certamen  nacional y en una revista por­teña de esa época que se llamaba Hobby, salió su foto en la que se lo ve con un pla­neador. Otra vez, en esa misma revista, salió Jorge Miles, otro pibe montegrandino tam­bién aeromode­lista, que ganó también un concurso. Un día que los lectores vengan a casa, se las voy a mostrar porque aún las conservo.
En cuanto al monumental Aero­puerto Internacional de Ezeiza, consta de 7034 hectáreas. Las tierras no sólo se ocuparon con el Aeropuerto sino con ba­rrios, parques, piscinas, escuelas, hoteles, una planta ató­mica y bosques, algunos de éstos con árbo­les plantados especialmente en esa época.
El escudo oficial del Partido de Esteban Echeverría, se debe a los conocidos veci­nos Julio Enzo Iori y Armando Enrique Sán­chez. Fue seleccionado entre otros concu­rrentes, por Ordenanza Municiapal el 30 de mayo de l961.
Al segundo apenas lo conocí superfi­cialmente, pero con Iori éramos muy amigos y tengo todavía una vieja foto en la que es­ta­mos él, un tal Gentile y yo. Haceme acor­dar cuando vayas a casa, así la vemos, Primo. 
1963: A partir del 13 de noviembre, Monte Grande es ciudad.

                    Política

Desde la fundación del Partido de Este­ban Echeverría hasta la actualidad, hubo una gran cantidad de intendentes y comi­siona­dos, que en la práctica era lo mismo. Ha­ciendo un promedio, cada uno gobernó un año y semanas, tiene concomitancia con la inestabilidad política de la Nación. Prue­bas al canto. Desde el primer intendente (o co­mi­sionado si lo prefieren) Enrique San­tama­rina  hasta  l945,  por ejemplo, en 32 años,  ¡hubo 46 intendentes!, o sea ¡más inten­dentes que años!
¡Señal elocuente de que para estos car­gos de importancia sobran sacrifi­cados can­didatos que quieren hacer cosas en bene­ficio de la comunidad y por ende de la Patria!
En Monte Grande, como en el resto del país, había dos partidos políticos hegemóni­cos: conservadores y radicales (en el Pre­sente serían los radicales y los justi­cialistas), pero hubo pocas oportunidades de votar y esas pocas, fueron fraudulentas.
No olvide­mos que en la mayoría de los casos (habla­mos del Pasado) los intenden­tes o comisio­nados como ya se ha dicho en otras pági­nas, eran nombrados a dedo por las au­tori­dades superiores de turno. Con honradas excepciones que es preciso recal­car siem­pre, fueron “patriotas de su bolsi­llo”, y por eso in­creíblemente se perpetúa sus nombres en calles, plazas y entidades públicas y hasta privadas. Por supuesto que los ideólogos de esas no­minaciones no eran los ciudadanos comunes sino los propios funcionarios, para dejar pre­cedente que les asegurase su perpetuidad cuando ellos tam­bién se fueran “para arriba”. Otro sí digo: Ya sé que las cosas no van a cambiar porque las diga yo, puesto que para eso tendrá que pasar muchos años (“Pasarán más de mil años, mucho más...”), pero lo dejo aclarado para que los funciona­rios no crean que el  pueblo es tan ingenuo como ellos suponen. ¡El pueblo sabe o ima­gina la verdad de la milanesa! ¿Pero a quién se lo va a contar?

        Calles

De  la Estación hacia Plaza Mitre, era llamada zona comercial. Del lado opuesto a las vías del ferrocarril, residencial. Resulta particularmente curioso enterarse que al principio, la arte­ria más importante del pue­blo no era Alem como suponen muchos, sino Vicente López, de ahí que en ella se ubica­sen las oficinas públicas y los primeros ne­gocios.
La ruta llamada Avenida Uriburu (ahora Bulevar Buenos Aires) era estrecha y de pe­dregullo. Se adoquinó en l926 hasta la Esta­ción, pasando por Alem. En la Plaza Mitre, la carretera tenía un rudimentario mejorado que ibas a Ezeiza (desde luego aún no exis­tía El Jagüel). No hacía falta más adelantos viales en la ruta en esa época, pues el trá­fico era casi nulo. Sólo podían verse espa­ciada­mente el colectivo de la vieja línea Ca­ñuelas (el amarillo  para Juan Pueblo) y el actual 165 (el verde, para el mismo). Prefe­rible­mente los que trabajaban en la Capital y es­taciones inter­medias viajaban en tren, que funcionaban con el tradicional orden y preci­sión de los ingleses; no había demoras, can­celaciones y... ni soñando paros y huelgas de per­sonal. Alguno que otro llegaba a la Esta­ción en bicicleta y la dejaba en depósito en un pequeño recinto que a propósito la Em­presa disponía, por lo que cobraba unos centavos.
Y bueno, ¡eso es lo que hacía yo du­rante los diez años y pico que trabajé en Avellaneda. Allá, tenía la fábrica a dos cua­dras de la Estación, pero cuando volvía acá, no me podía patinar 30 cuadras de la Esta­ción. No había colectivos locales en esa época ni los hubo hasta hace unas décadas.
La continuación de Alem, o sea desde la Plaza Mitre en número ascendente, era co­nocida popularmente por Alem Doble, como aún la llama Juan Pueblo. No estaba pavi­mentada. Aunque había algunas casas, la bordeaban grandes campos hasta  el Partido de San Vicente. En las primeras cuadras, el cantero del centro, disponía de plantas de naranjas silvestres que consti­tuían un ele­mento muy decorativo. Se le llamaba Monte Chico a la zona de Alem Doble y La Colorada, ésta llamada hoy Santiago Dreyer.
El Municipio estaba en la esquina for­mada por Vicente López y la calle Emilio Castro (actualmente Dr. Angel Rotta,  donde hay actualmente una pinturería.  Sobre esa misma mano, bajando hacia la Estación, es­taba la oficina de Rentas entre Mariano Acosta y la actual calle Dr. A. Ro­jas, que se llamaba Carlos Casares.
Cuando por su auge comercial Alem su­pera a Vicente López en importancia, el Mu­nicipio y los negocios importantes se trasla­dan a aquélla, no así la primera que lo hará frente a Plaza Mitre  donde aún funciona.
Dardo Rocha, tercera arteria en impor­tancia comercial y peatonal de Monte Grande, no podía igualar y menos superar a Alem o a Vicente López por­que la perjudi­caba - aún actualmente - el hecho de que la acera derecha de su primera cuadra era ab­sorbida por la Plaza Enrique Santamarina, no obstante lo cual, en la mano activa estuvo la oficina de Correos y  el an­tiquísimo alma­cén de Omega Petrazzini, luego casa de Lo­renzo Pacinotti y más ade­lante de Carlos Scaglia, el químico. En la cuadra siguiente de la misma calle y siempre sobre la vereda iz­quierda, se encontraba la casa La Valentina,  de Alejan­dro Chirón, que en tiempos de la postguerra fue modifi­cada varias veces para diversas explotacio­nes, habiendo actual­mente una bailería. En­frente o casi enfrente estaba la antigua sas­trería de Molé, el único del pue­blo durante largmuchos años. Siem­pre sobre Dardo Racha había también un co­rralón de materiales que atendía Pedro Dre­yer (padre de los doctores Pedro y Ma­rio), quien luego se independizó abriendo un ne­gocio similar en la calle Rodríguez, donde en la actualidad está el consultorio del se­gundo de los nom­brados. También por Dardo Ro­cha, estaba el viejo almacén de Leopoldo Li­ñán. Entre Do­rrego y Lava­lle ha­bía un chalet de propiedad de Vi­cente Seguí, que fue ad­quirido poste­rior­mente por la familia Ci­chero. Toda la man­zana formaba la quinta La Zaida, que Aní­bal Cichero Pitré evoca en su libro de re­cuerdos. La propie­dad fue sub­dividida en va­rias ocasiones en la postgue­rra, que­dando intactas, empero, al­gunas construc­ciones de esa época. En­frente, siempre sobre Dardo Rocha, estaba la casa de Juan Schenzer, an­tiguo ve­cino del pue­blo. La manzana for­mada por Dardo Ro­cha, Do­rrego, Luis Gui­llón (ahora O. Pe­trazzini) y Vi­cente López,  era un baldío en el que se en­contraba un rancho habitado por un hombre que por en­cargue cazaba en las periferias montegran­dinas lie­bres y per­dices por en­cargue.
Desde Plaza Mitre, la ruta 205 que iba a Ezeiza, se llamaba originariamente Gober­na­dor Marcelino Ugarte, nombre cambiado después por el de Enrique Santamarina. Esta última parte, se inundaba y hacía in­transita­ble con la lluvia, por los que era preciso utili­zar la arteria siguiente y para­lela, llamada entonces Adolfo Alsina y luego Dr. Juan Ita­liani. Sobre esta última se en­contraban la quinta de Emilio Peralta y  la de la fami­lia Moschini.
Volviendo a la Ruta 205 y a la misma altura, ahí había una casa quinta llamada “La piedra”,  de propiedad del poeta Mar­tín Co­ro­nado. Vos dirás: “La piedra, qué nombre más extraño”, pero ahora vas a ver. No es que algún pibe tiró una pedrada a la casa, ni que Martín se la tiró al pibe. Ahora te digo cómo era la milonga. Yo lo conocí bas­tante a Martín Coronado y más de una vez, pa­sando por su casa con el sulky, me paré para charlar con él y más de una vez tam­bién, me invitó a pasar y tomar unos mates y conver­sar debajo de una gran planta de nís­pero que había en el fondo. Me acuerdo que ape­nas lo conocí, lo primero que le pregunté fue justamente eso, lo de La Piedra. Entonces  me contestó que era en homenaje a su obra teatral “La pie­dra del escándalo", que es­taba teniendo mucho éxito en la Capital y que gracias a ella, se pudo comprar esa casa quinta. ¡Esa no la sabías, eh Primo! Pero es real. 
La época de los asfaltos comenzó con la intendencia del doctor Juan Italiani y la prosi­guieron Juan Recarte y Alejandro San­ta­ma­rina. Alrededor del año 40, casi todas las ca­lles de la zona céntrica o comercial, esta­ban asfaltadas. Algunos tramos, em­pero, no tu­vieron ese destino sino mucho después. El asfalto de Dardo Rocha, por ejemplo, llegaba sólo hasta Lavalle, que­dando sin él el resto, o sea hasta la barrera del ferro­caril, donde aquella artera se funde en la Ruta 205.
Y ya que vamos a hablar de calles, tengo que hacer una crí­tica constructiva, y vos me dirás si tengo razón o no. Los fun­cionarios de turno obran pésimamente cam­biando a cada rato el nombre de una calle. No es el caso de discutir quién tiene más méritos, si el que figuraba antes o el que fi­gura des­pués, sino que es un abominable prece­dente, una falta total de respeto a la memo­ria. Muy distinto es el caso de una ca­lle llamada Los Sauces  o Los Ombúes y se le cambia el nom­bre por el de Juan de los Palotes. Hay muchos ejemplos de lo que digo en el Dis­trito, pero no soy investigador para llevar la cuenta. Sin duda los autores de tan arbi­trarias ideas demuestran una olím­pica ig­norancia, incul­tura y falta total de ética, cosa muy común en muchos funciona­rios.
 Pasando a la zona residencial, no había ninguna calle pavimentada, ni siquiera la ar­teria principal, Avenida Nuestras Malvi­nas, llamada en aquella época Avenida La Plata. También Avenida La Plata se llamaba a Alem, que era continuación de la otra, si bien fe­rrocarril de por medio. Había unos negocios en la primera cuadra de Malvinas como el bar de la esquina con Gral. Paz, la panadería El Gaucho  de la familia Rodrí­guez, la ferrete­ría de Fazio y un ne­gocio de forrajes y ce­reales. El resto, hasta la Av. Fair, estaba formado por casas quintas entre las que se destacaban La Antonetta  de la familia Pe­rrone, una cha­cra de los Bruzzone, la casa quinta La Iso­lina de Pedro Arocena y adqui­rida luego por Hermio Constanzó y luego por la se­ñora María Elena Ledesma de Gowland.
En otoño e invierno, profundos zanjo­nes, barro y charcos ocupaban gran parte de Nuestras Malvinas y calles vecinas. A du­ras penas era posible circular por ellas con vehí­culos de tracción a sangre. Las ve­redas, sólo existentes en teoría, se encon­traban in­vadi­das por las hierbas que en muchas ca­lles se mezclaban con las que crecían en éstas. Pero afortunadamente para recreo de la vista, desde la hoy Ave­nida Bruzzone hasta la Fair. Malvinas ofrecía un es­pectá­culo de en­sueño cuando los aro­mos des­prendían sus perfumados pétalos sobre  Malvinas, con­virtiendo el lecho de ésta en una fantás­tica alfombra de oro.
En Malvinas esquina Avenida San Martín, estaba el bar y restaurante de Bi­netti, que después le vendió a Antal. Más adelante vende éste y se instala allí una carnicería. Di­versos negocios desfila­ron por ese local, modificado constante­mente.
Cuando el bar era de Binetti, me acuerdo que diariamente, por la tardecita, llegaban clientes a caballo o en sulkys de las chacras y casas quintas de la zona. Entre ellos era infaltable el alemán Brunner de la chacra “Las Talitas”, que ve­nía a que­dar frente a la de los Bruzzone, sobre la Avenida Fair. Brunner iba a tomar su infaltable chop y a conversar con otros ve­cinos de la zona. En “Las Talitas”, que ad­ministraban y traba­ja­ban los Brunner, los domingos nos reu­nía­mos chicos de la zona para jugar desor­de­nados partidos de fútbol de potrero; luego se tomaba mate y comía facturas, y siendo verano, se nadaba en el tanque australiano. Los vástagos de los Brunner eran varios. Cuatro mayores: dos señoritas y dos mucha­chos, que por su­puesto no jugaban con no­sotros; y los dos menores, Alberto y “mein lieber freund Puzzi”.  Con excepción de este último, mi caro amigo, todos fallecie­ron en estos últi­mos tiempos. Tití, una de las chicas, que era célibe, vivía a metros de mi casa actual y Puzzi a unas cuadras. Algunos  de los chicos que jugábamos en Las Tali­tas, eran Juan y Gaitán Muscolino, Macedo­nio, Mariño, los hermanos López - Rogelio era uno de ellos, - dos de los hermanos Catalán, cuya familia administraba y trabajaba la cha­cra de los Bruzzone, de ahí nomás enfrente.
El asfalto de Malvinas se efectuó apro­ximadamente en 1939, (año del inicio de la Segunda Guerra Mundial) desde la Estación hasta la Av. Fair. Unos años más tarde, sin duda por influencias del Frigorífico Monte Grande se asfaltó desde Malvinas hasta la esquina de ese establecimiento, calle Ron­deau. El  resto, semi invadido por los yuyos y  lleno de impresionantes zanjones y des­nive­les - prácticamente intransitable en la zona del Arroyo Santa Catalina - se asfal­ta­ría mu­chos años después.
Estamos en 1986 ¡y la Avenida Fair si­gue sin asfaltar! Ya sé toda esa historia de que es ruta nacional y en los planos figura como asfaltada. Desde su trazado  quedó como estuvo siempre y está ahora: aban­do­nada, llena de yuyos y espantosos zan­jones. Es prácticamente intransitable, en especial en épocas de lluvia. Pero yo que­ría decir otra cosa: En esa avenida,  muy antigua­mente, antes del aeródromo de Ciro Comi pero por ahí mismo, había un local que se dedicaba al acopio de plumas de avestruz que se exportaba a Europa. Era de propie­dad de Nagell, y el solar fue adqui­rido poste­riormente por los Bruzzone para agrandar su chacra que se extendió enton­ces desde Malvinas hasta el arroyo Santa Catalina y desde la Fair hasta la actual Ave­nida Nicolás Bruzzone. En esta última arte­ria, en su cruce con Malvinas, hubo durante años un mono­lito en memo­ria de Nicolás Bruzzone. ¡Lo hubieran de­jado! ¿A quién molestaba?
La Avenida Uriburu (cuyo nombre acaba de trocarse por el de Bulevar Bue­nos Aires), pese a que se había empe­drado, resultó muy estrecha por el au­mento del tránsito, agre­gándose el pro­blema de que cuando llo­vía, se inundaba desde el Camino de Cintura hasta Plaza Mitre por el desborde del arroyo Santa Catalina. Al ensancharse y asfaltar, Monte Grande y Luis Guillón experi­mentaron un lento progreso comer­cial.
El asfalto de las demás arterias monte­grandinas fue lánguido y arbitrario, encon­trán­dose aún hoy en día cuadras aún sin as­faltar en la zona urbana. Sin duda ello se debió, aparte de la falta de buena voluntad de las autoridades municipales, a la falta de inesta­bilidad política del país y por ende, de los gobiernos provinciales y co­munales.
Pero  dando al César lo que es del Cé­sar... es preciso reconocer que sí, quedaron cuadras sin asfaltar, pero no por culpa de las au­toridades ni de las em­presas cons­tructo­ras, sino de los pro­pios vecinos que no qui­sieron firmar por la obra, circunstancia que también se observaría más adelante en las redes de algunos servicios impres­cindi­bles como agua corrientes, cloa­cas y gas natural. Mucha gente  no tiene la menor conciencia de solidaridad y de pro­greso. y como decía antes, todo lo quiere gratis..

Plazas

La Plaza más antigua de Monte Grande fue la Bartolomé Mitre, llamada originaria­mente Nueva Escocia. Tenía abundante y va­riada cantidad de árboles, plantas y flo­res, algunas de las cuales aún sobreviven. Se en­cuentra en buen estado. Alrededor de ella había algunos edificios y baldíos. Un edificio muy antiguo es el de la Escuela Nº1 Do­mingo Faustino Sarmiento, en homenaje al gran prócer y escritor, cuyo busto se en­cuentra en misma plaza, delante de esa es­cuela. Rodeando y frente a la Plaza, es­taban la Iglesia, el Hospital San José (hoy Casa de la Cultura), la Comisaría y la Muni­cipalidad, que aún existen en los mismos solares, si bien la última edificó su nueva sede en un baldío donde se levanta ac­tualmente. El mo­numento a La Madre, que se encuentra en la misma Plaza a la altura de  Alem, es obra del escultor Vicente To­rrá y  se inauguró siendo comisionado mu­nicipal Antonio Vidal, el 21 de octubre de l962.
De eso me acuerdo la fecha porque ese día se casaba en Banfield mi hermano me­nor, el Lito.  
Ese mismo año falleció la más fa­mosa diva del cine norteamericano de to­dos los tiempos, Marilyn Monroe.
Esto no lo escribas, pero te voy a decir una cosa: sí, era la más hermosa que tuvo el cine yanqui, pero como actriz era más malo que pegarle a un paralítico.
El mismo año, nuestra compatriota Norma Nolan, de Ve­nado Tuerto (Pcia. de Santa Fe)  obtiene el título de título de Miss Universo.
También se encuentra en la Plaza Mitre el primer mástil que se levantó en el Dis­trito, que data de 1939 y fue donado por Manuel Cichero.
En la Plaza Mitre se efectuaban invaria­blemente los prin­cipales eventos civiles, ofi­ciales y religio­sos, de lo cuales hay abun­dantes fotogra­fías y filmaciones en coleccio­nes particula­res de nuestros vecinos.
¿Sabés lo que habría que hacer, ya que hablamos de fotografías y filmaciones? ¿pero quién tiene tiempo para eso que lleva­ría años de trabajo? Recorrer todas las ca­sas de familias anti­guas de Monte Grande, pero a todas eh,  y pedirles en prés­tamo por unos días nomás, fotos y fil­ma­ciones de los  viejos tiempos, y hacer un gran libro con to­das las imágenes, y juntar todas las cintas en una sola película. Y de eso hacer después unas cuantas copias, por si se pierde una, para ser guardadas a) en la Mu­nicipalidad, b) en la Bi­blioteca Bernardino Riva­davia, c) en la Casa de la Cultura, y d) en va­rios aso­ciacio­nes culturales privadas, y hasta en una caja fuerte del Banco Nación y Provincia. Eso, en Europa o Norteamé­rica lo hubieran hecho contempo­ráneamente, no esperar si­glos como nosotros cuando ya no queda nada. Porque des­pués ¿viste lo que pasa? Todo eso se pierde definiti­vamente. Los nietos y biz­nietos de esa gente que aparece en las fotos y películas, a los que a veces ni si­quiera conocie­ron y encima son cuadrúpe­dos en materia cultural, ¿para qué van a guardar lo que consideran ba­sura? ¡lo que­man o tiran! ¿Tengo o no tengo razón?
En baldíos existentes en lejanos tiempos frente a la Plaza Mitre,  se efectuaban ker­meses atendidas por señoras y señoritas de la sociedad local, y los beneficios se desti­na­ban a la sala de Primeros Auxilios. Esas ro­merías solían terminar en bailes populares que a falta de grandes salones para tanto público, se efectuaban en la misma calle (asfaltada entonces), desvián­dose el reco­rrido del colectivo Cañuelas (el amarillo) y el 55 (el verde) por unas horas.
El solar que ocupa la Plaza Enrique Santamarina que está frente a la misma Es­tación del lado comercial, esto es, donde nace la Av. Alem, era propiedad del Ferro­ca­rril Sud, a la sazón de capital inglés. La Em­presa se lo donó al Municipio, que en agra­decimiento le dio el nombre de Franck Hen­derson, en memoria del primer presi­dente de aquélla.
¡También! ¿a quién se le ocurre seme­jante nombre? Imaginate a nuestros abuelos diciendo: “¡Y cuando llegué a la Plaza Franck Hen­derson, resulta que”...
Como el pueblo nunca aprendió a pro­nunciar tan exótico nombre, con el agravante de que los ingle­ses nunca le fueron simpáti­cos, la llamaba Plaza La Bo­nita, hasta que mucho más adelante se re­bautizó con el nombre de Enri­que Santama­rina. En rigor, las dos medias manzanas de tierra, eran un denso bosque atemoriza­nte, en especial de noche, cuando más desde que en una oportunidad se descu­briera por el nausea­bundo olor, que en uno de los ár­boles había un hombre ahor­cado al parecer hacía varios días.
En 1942 renuncia el presidente Roberto M. Ortiz y asume el cargo el doctor Castillo. Fallece en marzo el ex presidente Marcelo T.de Alvear. Ese mismo año, el 20 de di­ciembre, se inaugura la flamante Plaza Enri­que Santa­ma­rina con la asistencia del enton­ces Pre­si­dente de la Nación, General Agustín Pe­dro Justo, el comisionado municipal Al­fredo Lasa­lle, el gobernador de la Provincia Dr. Rodolfo Moreno, Robustiano Patrón Costa, Antonio Santamarina y Alberto Bar­celó, ex Intendente de Avellaneda que tenía su co­nocida casa quinta en Monte Grande, sobre la Ruta 205, formando esquina con Re­condo, y donde estuvo últimamente aun­que por escaso tiempo el Banco Platense.
La Plaza San Martín, pegada al Ferroca­rril del lado residencial del pueblo, se ex­tiende desde Nuestras Malvinas hasta Ma­riano Alegre. En ella hay un busto del má­ximo prócer de nuestra Patria a la altura de la calle Ugarteche (ahora Benavídez). A po­cos metros del men­cionado prócer, se puede admirar algo que tiene mucho que ver con Libertador: un re­toño del pino de San Lo­renzo.
La  Plaza Dr. Gregorio Alfaro, que físi­camente es la prolongación de la anterior, nace en Nuestras Malvinas y se extiende hasta Constanzó. Era terrero del Ferroca­rril. Tratábase de una playa hasta donde llega­ban carros y camiones para cargar o des­cargar mercaderías de los trenes. Se dispo­nía de un gran galpón que, perfeccio­nado, aún existe y fue y es utilizado como local por los partidos políticos de turno. También se instaló modernamente, una se­rie de juegos infantiles y una calesita, en­contrándose so­bre la vereda izquierda de la calle Gral. Mar­cos Paz las paradas de va­rios colectivos.
La Plaza Esteban Echeverría se en­cuentra en la Ruta 205 y Camino de Cin­tura, y se inauguró en 1952, pero la piedra fun­damental data de 1944 (año del terrible te­rremoto de San Juan, 15 de enero). Te­nía originariamente una réplica del Obelisco de Buenos Aires, pero fue demolida al re­mode­larse el cruce por Vialidad Nacional. Pero Juan Pueblo nunca llamó Esteban Echeverría a esa Plaza. La llamó como desde antigua­mente La rotonda de Guillón.

Te espero en la Plaza de los Italianos

Bien se ve , - me señala JP - que a los tanos, Monte Grande no les debe absolu­ta­mente nada. Los ideólogos en  crear y dar nombres a las plazas (que hoy llamaríamos Licenciados en... nada) no leyeron la historia nacional, en la que se dice que en determi­nado momento en la República Argentina había más italianos que argentinos; les se­guían los españoles y por último los nativos. Basta ver los apelli­dos de los habitantes an­tiguos, me­dianos y actuales de nuestro Dis­trito (y de todo el país) para compro­barlo. Sin embargo, en memoria de ellos, se les dedicó un canterito en la conjunción de la Ruta 205 y Dardo Rocha. ¡Y ojo! No sería de ex­trañar que entre esos ideólogos de plazas y nom­bres de calles, hubiesen descendien­tes de tanos, pues la ig­norancia y la in­cultura siempre estuvieron presente en to­das las et­nias y latitudes del planeta.
No estaría de más subrayar (si bien el lector ya se habrá dado cuenta de ello), que siendo el presente original una simple colec­ción de recuerdos dedicada pura y ex­clusi­vamente al pueblo de  Monte Grande, sólo en forma incidental se mencionan calles o barrios y localidades que con toda legitimi­dad, pertenecen a a nuestro Distrito.

                     Correo 

El asunto del correo fue así,- dice JP: - y es mejor que te lo dicte yo, porque si no, vas a hacer macana. Frente a la actual Galería La Unión, saliendo por Vice­nte López, estaba el legendario al­macén de Omega Pe­trazzini. Yo era cliente, así que lo conocí bien a Omega. En ese ne­gocio funcionó, a partir de 1890 el primer Correo. Yo despaché más de una carta ahí. Más adelante, y como el mo­vi­miento postal se acrecentaba, se abrió como oficina independiente y ofi­cial, en la esquina for­mada por Las Heras y Luis Guillón (hoy 1° de Marzo), a escasos metros de la actual cisterna plato volador u hongo  de Obras Sanitarias. Tiempo des­pués, se trasla­dará a una casa sita en la calle Rodríguez, a pocos metros de la So­ciedad Italiana de So­corros Mutuos, entre Irigoyen y Ameghino. Allí es­tuvo décadas y tras un breve tiempo en M. Paz y Duclot, se mudó definitivamente al edi­ficio actual de la calle Vicente López, a me­dia cuadra de la Ruta 205. Carteros anti­guos me acuerdo de dos: Etcheverry  y Corcchio. An­tigua­mente existía una estafeta pos­tal en Monte Chico, en una casa particu­lar de la ca­lle Gral. Paz y La Colorada. En el Pasado ha­bía bu­zones en distintos barrios de Monte Grande. Más modernamente tuvie­ron que sacarlos por los vándolos, que tira­ban pa­peles en­cendidos dentro de ellos, quemando la co­rrespondencia. ¡Y bueno! ¿no están ha­ciendo lo mismo con los teléfo­nos públicos? Pero...¡claro!... En un país donde los salvajes todavía no se han civilizado, ¿qué van a ha­cer las autoridades? ¿Te van a poner un po­licía en la puerta de cada casa? Dejame.

                 Registro Civil

El Registro Civil, Originariamente funcio­naba en el propio Municipio cuando éste se encontraba en la calle Vicente López. Su­frió varios traslados: estuvo un tiempo en Dardo Rocha, frente a la mansión La Va­lentina; también en la calle Lavalle entre Dardo Ro­cha y A. Rojas y al final pasó a su domicilio actual.

         Telégrafo

Al principio, se recibían y despachaban telegramas en la Estación ferroviaria, que como todas las del Ferrocarril Sud, tenían equipos propios Morse. Más adelante la ofi­cina de Correos absorbió ese servicio y la Provincia tendría sus sucursales en todo su ámbito. Una de estas últimas fue la que fun­cionó en la Av. Alem, cuyo edificio, ac­tual­mente propiedad de la Comuna, cuando esté totalmente reciclado, se destinaría, se dice, a eventos culturales.
Sí, es cierto, en la Estación se despa­chaban y recibían telegramas. Claro que  si vos recibías un telegrama, no te lo iban a lle­var a tu casa. Tenías que pasar por allí pre­guntar si había algo para vos. Ahora al viejo Telégrafo que está en la Avenida Alem, no voy a decir que fui muchas veces,  pero lo hice en dos o tres oportunidades y recuerdo que el piso, de madera, estaba en muy la­mentable es­tado y soportaba milagro­sa­mente el peso de los escasos usuarios. Acla­remos que en aquella época los pisos de muchos negocios, ofici­nas y ca­sas de familia eran de listones de madera (no de parqué como se empezó a usar des­pués), y para evitar su putrefacción, abajo necesitaban un vacío, un sótano en definitiva, que se apro­vechaba para guardar  trastos. Un piso tan abando­nado y “flotante” como el del Telé­grafo, era también el de Rentas, cuando es­taba en Vicente Ló­pez.

        Bancos

Hasta más o menos los años cuarenta, el pueblo de Monte Grande carecía de Ban­cos. Recurría a los más cercanos, que eran el Nación y el Provincia de Lomas de Za­mora. El primer Banco que se abrió en nuestro pueblo, lo hizo en Alem  mano iz­quierda esquina Dr. Emilio Cardeza mano de­recha. En esa esquina había estado du­rante muchos años la empresa de pompas fúne­bres Di Lorenzo, que se trasladaría entonces a Sofía T. de Santamarina (frente a la Plaza Mitre) a pocos metros del nuevo edificio Mu­nicipal; y más adelante a su ac­tual domicilio, en la calle Dr. Angel Rotta, entre Alem y Vi­cente López. Más adelante el Banco Nación se trasladaría a su direc­ción actual, Avenida Alem a metros de Plaza Enrique Santama­rina. Cabe destacar que fue el único Banco que en Monte Grande, durante muchos años, brindó su sala de atención al público para los artistas plásticos locales, entre los cuales Víctor Dorosz, Alicia Jaureguy, Sonnia Abetti, Marta Morello, Olga Falcón, el que esto es­cribe y artistas in­vi­tados del conurbano.
El Banco Provincia estuvo un tiempo frente a la Plaza Mitre (a metros del nuevo edificio comunal), después en Rodríguez es­quina Uriburu, para volver definitiva­mente a su primer domicilio pero con el edificio con­venientemente ampliado. Las sucursales de los demás Bancos, son de tiempos muy re­cientes.
Como algunos lectores se preguntarán dónde se pagaban los servicios si no había Bancos, conviene aclarar que práctica­mente había un solo servicio que pagar: la luz, y en este caso un empleado de la Em­presa pa­saba a cobrar la factura por las casas y ne­gocios. Aún  no había agua corriente  ni (ni natural ni envasado).  En cuanto al teléfono sólo  tenían conta­dos negocios, profesio­na­les y familias; se pagaba en la misma Em­presa; y los im­puestos se cobraban en las oficinas de la  Muni y Ren­tas respectiva­mente.

        Centro de Comercio

El Centro de Comercio fue fundado el 24 de octubre de 1942.
Estuvo un largo tiempo en la calle Ro­dríguez, entre Arana e Irigoyen hasta que se mudó a su actual dirección de la calle Ro­bertson.

          Damas de Beneficiencia

La sociedad de Damas de Beneficiencia, que data de principios del Siglo XX, fue fun­dada por la señora Juana D. De Tessier con la presidencia honoraria de la señora Sofía Te­rrero de Santamarina. Sus actividades se manifestaban en kermeses, rifas, bailes y colectas, a beneficio de la Sala de Primeros Auxilios, la Iglesia local y otras necesidades de la comunidad. Como es natural, la men­cionada entidad se vio desbordada ante la revolu­ción ét­nica y socialtras la construcción del Aeropuerto, por lo cual las necesidades de los pobres y las mencionadas ins­titucio­nes ad­quirieron caracteres de tra­gedia na­cional y el propio Estado, por me­dio de los municipios, tuvo que afrontar directamente la situación a partir del Presente juanpueble­rino.


     Sociedad Italiana de Socorros Mutuos XX de Setiembre

Se funda en 1907, siendo su primer presidente Enzo Cocozza Espósito. Su am­plio edificio se encuentra en Irigoyen y  Ro­dríguez  y en él se desarrollaron múltiples actividades sociales, deportivas y artísticas. Durante una época, se intentó convertir su sala de la planta baja en cinematógrafo en sana competencia con el cine Monte Grande instalado en la Sociedad Española de Soco­rros Mutuos, pero no obstante la cali­dad de las películas y la concurrencia de pú­blico, no  se obtuvo el éxito espe­rado. Em­pero, el sa­lón prosiguió y sigue haciéndolo con eventos culturales, dispo­niendo de cen­tros de ense­ñanza de diver­sas materias y activi­dades, aparte de un excelente coro y un buen elenco tea­tral. En la época del Intendente Juan G. Stura, se efectuó en la So­cie­dad Ita­liana la primera nuestra de di­bujos y pintu­ras del pueblo, siendo el expositor el que sus­cribe.
Yo sabía que de eso no te ibas a olvi­dar, Di Martino; y por eso no te interrumpí para recordártelo.


Sociedad Española de Socorros Mu­tuos

Se fundó en 1911  y su primer presi­dente fue Bernardo Polledi. La Sociedad transitó por los mismos caminos de su co­lega italiana. En el salón con salida por la calle Marano Acosta, funcionó durante dé­ca­das el Cine Monte Grande, cuya deca­dencia y cierre produjo el surgi­miento y auge de la televisión.

Sociedad  Amigos de Monte Grande

En 1937 año de la inauguración de la Avenida 9 de Julio de Buenos Aires.
En nuestro Distrito se funda la Sociedad Amigos de Monte Grande, integrada por un grupo de vecinos que encabeza Aníbal Ci­chero Pietré, que fue su primer presidente. La entidad era una  especie de Consejo Deli­berante paralelo destinado a presionar a las autoridades en letargo con el fin de lograr ciertos derechos impostergables para la co­munidad. Entre sus logros se puede señalar la pavimentación del camino al Cementerio al que era imposible llegar los días de lluvia y aún posteriores por el barro y los anega­mientos de algunos sec­tores. Se consiguió también la instalación del primer teléfono público, que fue una cabina en el hall de la Estación ferroviaria, lo cual un fracaso de­bido a los vándalos que lo destruyeron al poco tiempo. Otras  conquistas fueron el monumento al general San Martín en la plaza de su nombre, el obelisco de la Ro­tonda de Guillón, etc. 


       Hospitales

La salita de Primeros Auxilios, la primera entidad sanitaria de Monte Grande, fue do­nada por la señora Sofía Terrero de San­ta­marina, en cuyo edificio está hoy la Casa de la Cultura, frente a la Plaza Mitre. En 1944 se le cambia el nom­bre por el de Hospital Muncipal San José. Por el mismo desfilaron los primeros médi­cos del Distrito como Car­deza, Rotta, los dos herma­nos Dreyer, Melel, Morando, Ita­liani, etc. A partir de 1976, el hospital se traslada a la calle Alvear, a una cuadra del Bulevar Bue­nos Aires, en su mo­derno y definitivo edificio. Cuenta también con ser­vicios auxiliares en una dependencia que se encuentra en la Avenida Alear y Ame­ghino.
Vos me habías contado el asunto de Ubaldino Ortega y todo eso. Bueno, es mejor que lo cuente yo a mi manera, que vos tenés mu­chas milongas de redacción. En los leja­nos tiempos del Hospital San José, vos te ope­raste allí de apendicitis y te operó el doctor Dreyer. Y al día siguiente, se operó también de lo mismo Ubaldino, uno de los muchachos de la familia Or­tega, Ubaldino era conocidí­simo en el pueblo porque siempre cabalgaba un petizito con una hernia en la ingle, hernia grande como una pelota de fút­bol, de color blancuzco, que en verdad im­presionaba. Ubaldido fue tu ve­cino de cama, pero mien­tras vos te tuviste que quedar in­ternado cinco días, él, que era muy impa­ciente, al día siguiente se escapó, aprove­chando un des­cuido de las en­fermeras.

          Bomberos Voluntarios

Desde fines del siglo IX y hasta fines de la Segunda Guerra Mundial, Monte Grande se veía precisado a requerir los servicios de los Bomberos Voluntarios  de Lomas de Za­mora. Luego, una comisión integrada por Héctor Echagüe, el Dr. Juan Miguel Tossoni, Agustín Venziletta y otros, logran crear un cuerpo de bomberos montegran­dino, que actualmente se encuentra en la calle Vicente López, junto al Consejo Deli­berante.

 Biblioteca Municipal Bernardino Rivada­via

 Esta noble entidad, sin duda una de las más queridas por los montegrandinos de to­das las edades y que fue una cisterna ina­gotable de conocimientos para escola­res, estudiantes y docentes, y una fuente cultural ilimitada para los aficionados a la lectura de toda suerte de obras literarias, científicas y técnicas, se fundó en 1927 por impulso de una idea del conocido doctor odontólogo Saúl Marcillese. Se encontraba y se encuen­tra aún en una antigua casa particular, mo­dernizada décadas más tarde, en la calle Carlos Casares (hoy Dr. .A. Rojas), entre Vi­cente López y Dorrego. Durante muchos años, fue bibliotecario el conocido vecino Se­vero López Davio.
De no ser por la Biblioteca, no sé cómo los montegrandinos hubiesen podido leer las obras clásicas y modernas de la literatura universal cuando el grueso del pueblo no te­nía ni para comprarse una revista o un dia­rio. Me acuerdo que los sábados a la noche (los sábados eran laborables en ese tiempo), nos reuníamos en la trastienda (en la cocina de la casa, bah) Severo López Da­vio, Magliola, Francisco Vignola, Héctor 
Etcheverry, varios más, vos y yo, para ma­tear entre libros y hacer largas charlas sobre autores y no­ve­dades biblio­gráficas.

   Puerta Histórica

En el viejo edificio de la Avenida Nues­tras Malvinas, mano derecha, esquina Ocantos, a metros de esta última, se en­cuentra la Puerta Histórica de 1789. La misma era de una casa de propiedad de Juan Manuel de Rosas. Hallándose en el destierro, el Restaurador de las Leyes, se la regaló a su administrador Desiderio Sa­gres­tán, que la hizo colocar en una casa de su propiedad de la calle Bolívar, de la Capital Federal. Cuando sus herederos de­molieron el edificio, la puerta fue traída a Monte Grande y colocada en el lugar donde sigue hasta la actualidad, si bien sin los cuidados de seguridad y de mantenimiento que le co­rresponden, lo que atenta actual­mente con­tra su supervivencia.
Ahora esto te lo digo a vos, no para que lo escribas en el libro. Mirá, no nos engañe­mos: somos paupérrimos en reliquias histó­ricas. Guardamos esa puerta y resulta que el tirano Rosas era acérrimo ene­migo de nues­tro Esteban Echeverría. ¿No hay una contra­dicción ahí? O estás con Dios o con el De­monio.  No podés estar en dos veredas al mismo tiempo. Un día van a traer la puerta de la casa  de Videla o  de  Mas­sera y la van a declarar histórica. ¿Vos te reís? Yo no veo dónde está la diferencia.  No lo vere­mos no­sotros dos que somos jovatos, pero te puedo garantizar que lo verán  nuestros nietos o biz­nietos. Dejame.

                   Teléfonos

Nuestro pueblo contaba con escasísi­mos teléfonos, instalados en casas de fa­mi­lias pudientes y en unos pocos negocios y consultorios profesionales. Los más anti­guos datan de 1910. La empresa telefó­nica se llamaba La Cooperativa, desde luego pri­vada. Más tarde fue adquirida por la Unión Telefónica (UT), también privada. La caracte­rística del pueblo era 240 y lo fue por mu­chas décadas. La oficina estaba en una vieja casa en la calle Cardeza, casi frente a la del más antiguo guitarrista y cantor Pedro Lo­zano. La Empresa fue nacionaliza durante el gobierno de Perón, y se llamó desde en­ton­ces Teléfonos del Es­tado (TE), y más ade­lante el Entel. En la mencionada oficina y en los primeros tiem­pos, los teléfonos eran a manivela. Accio­nando la misma, contestaba una telefonista a la que había que dar la ca­racterística y el número, por ejemplo: Retiro 8902. Como no había telé­fonos públicos, se formaba una larga cola de vecinos que que­rían hacer lla­mados. Muy modernamente, cuando apare­cieron los teléfonos de dis­cado, la nueva ca­racte­rística de Monte Grande fue el 290.
A manivela o a discado tiempo después, era imposible  conseguir teléfono y a vos te debe constar, hasta el punto de que la ma­yoría de los co­merciantes y profesionales no tenían. Yo me pasé por lo menos treinta años pi­diendo y reclamando con cartas cer­tifica­das a la em­presa de turno.
En la década del 60 y siendo comisio­nado municipal el Comodoro Arana, se ins­talaron los primeros 5000 líneas de te­léfo­nos automáticos pero no por su gestión sino gracias a los martilleros Aracama. El intere­sado debía abonar la instalación de su línea por adelantado y se le daban faci­lidades de pago.
¡Y bueno, ahí fue que me anoté yo y pa­gué mensualmente ese di­nero por la instala­ción, y por fin tuve telé­fono! Y no sé si se acuerdan los antiguos de Monte Grande, que en esa época el teléfono no era medido como ahora. Vos po­días hablar las 24 horas del día sin parar y pagabas una cuotita fija. Después vino la avivada de co­brarte de acuerdo a los minutos que hablás. ¿Y cómo, digo yo, antes se po­día y ahora no?
 La oficina de Entel se instaló en la calle Rodríguez, donde  aún se encuentra en la actualidad.
        
                Rentas

 Rentas de la Provincia que como se ha dicho oportunamente, se encontraba en la calle Vicente López, se trasladó después a la Galería La Unión.

        Museo Histórico Municipal

Se encuentra en el barrio La Cam­pana, en la Av. Fair esquina Cervetti. En el mismo se pueden admirar abundantes re­li­quias y do­cumentos de valor histórico para el estu­diante y el intelectual. Se fundó en 1974 por idea de la señora Iris Martín de Darago y la comisión estuvo integrada por la men­cio­nada, Fausto Viglione, Julio Renzo Iori, Ru­bén Campomar y otros. La verdad es que un sano emplazamiento digno de visitarse con la familia y especialmente los chicos, cuanto más porque también cuenta con un pequeño zoo.

        Comercio  e industrias 

Se afirma que la primera casa particular urbana  construída en Monte Grande data de 1889 y su propietario Siro Pe­trazzini, es­tando ubicada en la calle Vicente López 147. En 1890 trajo de Italia a su primo Omega y se asociaron con un alma­cén. En éste para­ban los troperos que pro­venían de las es­tan­cias, algunas muy leja­nas (hasta de Ca­ñue­las). Se dirigían a Lo­mas de Za­mora con ga­nado en pie. doña Amalia, es­posa de Omega, se encargaba de practicar los prime­ros auxi­lios a los heridos y enfer­mos. Tra­tándose de algo de gravedad, el esposo Omega apron­taba el carro y lle­vaba al pa­ciente a Lomas, puesto que aquí no había aún médico al­guno. Esto, los Pe­trazzini lo hacían sin in­te­rés de ninguna na­turaleza.
En la esquina de Dardo Rocha y Vicente López también había un paradero de tropa y la casa era de Antonio Scaglia, padre del químico.
En la esquina siguiente, o sea Dardo Rocha y Dorrego, y donde actualmente  está Pizza Piú, funcionaba un almacén de Leo­poldo Liñán. Después se conoció como Al­macén Las Torres.
Estaba también el antiquísimo almacén El Silencio, que cerró alrededor de 1949. Era de propiedad de Antonio Cervetti, solte­rón que estaba asociado a su her­mano Pe­dro. El negocio databa de l895. Después, se cono­ció con el nombre de El Progreso, 
De paso para la escuela Nº1 en los años treinta y tantos, yo solía comprar allí pasti­llas o caramelos que se vendían sueltos y se exhibían en unos grandes frascos de vi­drio. sobre un costado del largo mostra­dor.
José y Leopoldo Liñán, a quienes apo­daban Los orientales,  tenían un almacén en Dorrego esquina A. Rojas. El segundo era muy aficionado a las artes y en el al­macén hizo la primera representación tea­tral que se conoció en el pueblo, con intér­pretes aficio­nados del vecindario.
Agregá: un almacén muy pequeño, que era pro­piedad del turco Bequi, estaba en la calle Rodríguez, a metros del paso a nivel del Roca, donde ahora está la mo­saiquería Camarieri. Yo le compraba algo, porque me quedaba muy de paso cuando volvía del centro del pueblo y cruzaba la ba­rrera para después agarrar Mariano Ale­gre y caminar hasta el 541. El turco era uno de los pocos comerciantes que levantaban qui­niela clan­destina.
En Dorrego casi esquina A. Rotta, es­taba el antiguo almacén de los Gutiérrez, que fun­cionó muchos años, posiblemente hasta después de la Segunda Guerra. El dueño ce­rró para dedicarse a la fabricación de soda.
En Las Heras, cruzando Uriburu (Bvd. Buenos Aires), se encontraba el almacén de los hermanos Montserrat.
Sobre el largo camino llamado La Colo­rada y hoy Santiago Dreyer, a la altura de Colón, se encontraba el antiguo almacén de los Pardini, luego de los Fracchjia, en el que había cancha de pelota pared, en el que los fines de semana iban a paletear al­gunos gauchos de la zona y a veces los chicos, en­tre ellos Kamen Kamenoff (padre de la poe­tisa Elena Mabel Kamenoff), su hermano Juan y el que esto escribe. Eso era en la dé­cada del 30. Como a cincuenta metros de ese almacén, estaba el rancho del negro  Silva, vivienda que registró en un hermoso óleo el pintor local Raúl Casal.
Pasando a la zona residencial, nos en­contramos sólo con dos almacenes: uno en Nuestras Malvinas mano izquierda, entre M. Paz y Laprida, que era de la viuda de Pérez, cuyo hijo el Poroto  sería farmacéu­tico y abriría su farmacia frente al Policlí­nico San­tamarina de la calle Alvear, donde aún está. Dicho almacén, que había sido fundado por Antonio Pérez, funcionó hsta fines del año 1980. Y era atendido por un sobrino.   Al lado estaba la panade­ría El gaucho, que así apodaban a Ma­nuel Rodríguez, su fundador, en razón de que hacía gauchadas  a todo el mundo. El negocio fue luego aten­dido por su hija De­lia y una ayudante Beba. No eran po­cos los que en adelante llamarían con el nom­bre de ésta última al negocio. Otro de los hijos de Manuel, Guillermo, tuvo un nego­cio de artefactos para el hogar en la Avenida Alem, a la derecha, a metros de la Galería La Unión.
La antigua panadería Bellas Artes, pro­piedad de la familia Abad, estaba en la ca­lle Emilio Castro (hoy Dr. A. Rotta) donde ahora está el velatorio Di Lorenzo, entre Alem y V. López.
La panadería El león de Castilla, muy antigua también, propiedad de la familia Gar­cía, se encontraba en Las Heras es­quina Iri­goyen .
La panadería Trigo de Oro estuvo mu­chos años en Alem y Ameghino. Era origi­na­riamente de propiedad de Segura y Mi­guel y fue fundada en 1920.
El primer farmacéutico del pueblo fue Féliz Picquart, a quien desde luego conocí personalmente. Pero la primera farmacia fue fundada por Pedro Vetrini y se encon­traba en la calle Vicente López 147 en 1906, en la casa de los Liñán. Se llamaba Farmacia del Pueblo y en 1910 la compró Pi­cquart. Más adelante, éste la trasladó a Alem esquina Iri­goyen. Cambio varias veces de dueño, lle­vando el nombre de Roza.
La segunda farmacia en importancia del pueblo estaba en Alem esquina Arana, mu­dándose posteriormente a Alem esquina So­fía T. de Santamarina, frente a la Plaza Mitre, siendo su último dueño la familia Fini.
La tercera farmacia que se fundió en el pueblo era de Oscar Costa y estaba ubi­cada en la Av. Nuestras Malvinas, frente a la pa­nadería El Gaucho, o de la Beba. Eso fue a princi­pios de los años 40. Poco tiempo des­pués, Costa edificó en la esquina de La­prida y Nuestras Malvinas, donde aún fun­ciona. Mu­chas farmacias fueron surgiendo des­pués, en especial a partir de la del 50.
En esos tiempos había unos pocos al­macenes en el pueblo. Su característica prin­cipal era una larga estantería con ga­vetas cuyos vidrios dejaban ver una varie­dad muy grande pastas. La casi totalidad de los pro­ductos alimenticios eran sueltos. El dulce de batata o de membrillo venían en grandes la­tas redondas o cuadradas. También eran  sueltos   las harinas de trigo, de maíz, y el azúcar. Éste se vendía molida y en terrones, suelto desde luego. Algunas marcas de yerba venían en latas. Las más antiguas eran la Flor de Lys, Asunción  y Cruz Malta. El té, que era en rama, venía en paquetes de car­tón. El más conocido era el de marca Ti­gre. Aunque se conocía el encendedor, aún no se ha­bía difun­dido su uso. Se preferían los fós­fo­ros, que los había de madera y de pa­pel, y de estos últimos eran muy popula­res los de marcas Ranchera, Rancherita  y Man­tero. Al principio, por  la década del 30, traían una gomita que vacilitaba su apertura, pero des­pués la suprimieron, sin duda para ahorrar materia prima.  
Hasta antes de la Segunda Guerra era posible observar el paso de carros techa­dos de zinc a modo de furgones que ven­dían carne de res a domicilio, especial­mente en los barrios no céntricos. También se veían carros de ven­dedores de verduras y frutas. Pan y leche se repartían a domicilio en ca­rros. El primer vendedor am­bulante de carne que se co­nozca fue Silvio Martínez. Luego le sa­lió un amable competidor, An­selmo Gó­mez, que más adelante se inicia­ría como el primer cochero de plaza, con ca­rruaje de tracción a sangre por supuesto.
Se cree que la carnicería más antigua del pueblo fue la de Juan Hernández, que estaba en la calle Carlos Casares, ahora A. Rojas.
Y... Lo que te decía recién de los nom­bres de las calles. ¿No era mejor si dejaban el nombre de Carlos Casares y le ponían A. Rojas a una nueva o que se llamada Los Ombúes, o algo por el estilo?  Cuando los funcionarios no tienen nada que hacer (que es casi siem­pre) para que digan que hacen algo, le cambian el nombre a una calle. En­tonces el que es­cribe, tiene que estar acla­rando constantemente: “Antes lla­mada...”, “Ac­tualmente lla­mada...” Dejame.
Estaba también la conocido carnicería de Juan Luro, muy antigua también (de l910), que era pariente de los Dreyer. Se encontraba en Vicente López, vereda dere­cha, más o menos frente a la Galería La Unión. Después Francisco Frino abrió su car­nicería en la esquina de V. López y A. Rojas, llamada entonces Car­los Casares.  Se mudó más arriba, a V. Ló­pez y Dr. A.Rotta, donde después estuvo otro negocio del mismo ramo, La Vaca Loca. En la calle Irigo­yen mano izquierda, a media cuadra de Alem, estaba la carnicería de la familia Ma­theu y en Ameghino, a una cuadra y media de Alem, se encontraba la de los Suárez.
La única fiambrería del pueblo era la de los asturianos Otero, en Alem, mano iz­quierda, entre Irigoyen y Ameghino. Poste­riormente cerró y en el local hubo un nego­cio de telas plásticas de propiedad de uno de los descendientes.
La lechería más antigua era de la familia Bertini, en Alem, mano derecha, entre Dr. Rotta y Plaza Mitre.
Sin duda  la carbonería y forrajes más antigua debió ser la del español Francisco Gómez, que estaba en Luis Guillón. Otra, posterior, estaba al lado del colegio Nacio­nes Unidas (El Durazno) en la calle Arana, frente a la Plaza E. Santamarina, en una construcción que era propiedad de Scali.
La más importante casa de forrajes y cereales era la la familia Farina, en Dorrego esquina A. Rojas, a metros de la Biblioteca.
En la zona residencial había sólo una, en Nuestras Malvinas, mano izquierda y casi esquina Gral. M.Paz. Era de propiedad de la familia Berasain,  después de la familia Re­carte y posteriormente cambio varias ve­ces de dueño.
Las tiendas más antiguas fueron las del turco  Nicolás, en la calle V. López, la del catalán Carlos Mora que estaba enfrente y la de Yabrún en V. López donde ahora hay una casa de pintura.
En las décadas del 30 y el 40 fue muy popular la tienda El tesoro escondido que estaba en Dardo Rocha  mano izquierda, es­quina V. López, frente a la bicicletería Baiona.
Y estaba también la tienda de los Klinoff, en Alem mano izquierda, entre... donde ac­tualmente los nietos tienen una gran za­pati­llería y ropa sport.
Hubo tres viveros importantes en las orillas de la zona urbana, de tres viejos pio­neros del ramo, Ghersi, Giusto y Maio, todos los cuales fueron proveedores de plantas para el Municipio y los vecinos.
Las talabarterías, cuyo rubro principal eran las monturas, riendas, arneses  y de­más artículos para los caballos, fueron de­sa­pareciendo ante el auge del automotor, y las dos últimas que existieron fueron una en Iri­goyen (entre Alem y Las Heras) de propie­dad de Cánepa, y otra en Vi­cente López, frente al Diario La Voz del Pueblo.
El primer relojero del pueblo fue Rosé, un catalán instalado en la calle V. López, a media cuadra de A. Rojas. Más adelante, fundó una de Antal, que ha­bía comprado y explotado el bar y res­tau­rante de Binetti; la relojería y jo­yería la abrió en Alem, mano de­recha, más o me­nos donde posteriormente se cons­truiría la Galería Unión.  La cerró tras sufrir varios asaltos.
Los más antiguos sastres fueron los hermanos Molé, instalados en D. Rocha mano derecha, frente a la residencia La Va­lentina. Hubo otro sastre antiguo, al que apodaban Turiló,  de quien no se tienen ma­yores datos. En la década del 40 surgió otro sastre, Quinteiro, instalado en Alem mano derecha, a metros del Club Jornada, hoy Ga­lería Pa­seo.
Los fígaros más antiguos fueron los hermanos Trinacia, italianos de largos bi­go­tes, que tenían su negocio en Alem, en­tre Irigoyen y Ameghino. De más o menos esa época era Anuncio Topolito, cuyo lo­cal es­taba al lado del almacén de los Liñán, en el edificio propiedad de los Farina. En Alem, a metros del almacén El Progreso, estaba la peluquería de Amasagatti que luego se mu­daría a Dardo Rocha, mano izquierda, a me­tros de Alem, donde ahora hay una frutería. 
¿Bicicleterías? De eso puedo afirmar con se­guridad que había dos. Una, de Mo­reira, y otra de de Saiud y Baiona, ambas en Vice­nte López, a metros de la ruta 205. Por su­puesto yo conocía las dos porque era muy aficionado al pedal.
En la zona comercial de Monte Grande sólo había dos cafés. El Ideal, estaba en Alem mano izquierda esquina Arana mano derecha. Estaba abierto las 24 horas. El otro era de propiedad de Antonio Alces; contaba con billares, cancha de pelota pa­red y can­cha de bochas. Este se encon­traba en Alem mano izquierda frente a la panadería Trigo de Oro. Fue luego adqui­rido por los japone­ses Chiró, de ahí que fuese conocido como El café de los japoneses.  Uno de los Chiró tiene actualmente un vivero frente a la esta­ción, sobre la calle M. Paz, mano derecha, entre Malvinas y Du­clot.
El primer sodero, que repartía con carro de tracción a sangre, fue Andrés Debeza, a quien apodaban El lungo,  por su­puesto por su elevada estatura.
Onganía y Musto, fueron los más anti­guos del pueblo en el ramo de agencias de automotores y se encontraba en el amplio local de V. López mano izquierda.
Hubo varios corralones de materiales en tiempos antiguos, como el de Santiago Dre­yer y el de los Nizet, pero sólo sobrevi­vió el segundo que estuvo en Constanzó y M. Paz hasta fines de la década del 30 , luego en Uriburu y posteriormente en el barrio Nues­tras Malvinas, en Malvinas es­quina Ver­net. distintas direcciones
Había una gran ferretería en la zona comercial y otra, pequeña, en la zona resi­dencial. La primera era de los Magliola, que se encontraba en Alem, mano derecha, lle­gando a la Plaza Mitre, donde ahora hay una galería comercial. La segunda estaba en Nuestras Malvinas, mano derecha, pro­piedad de Fazio, a pocos metros de la Puerta Histó­rica.
Librerías había sólo dos: la de Martín Aguirre, en Alem, mano iz­quierda, frente a la actual Galería Paseo y otra pequeñita en la calle Las Heras, mano izquierda, entre Irigo­yen y Arana, que era de la familia Irigaray.  En Alem es­quina Cardeza, donde última­mente se instaló Sapienza, ha­bía un bazar, que vendía algunos artí­culos de librería de primera necesidad.
A principios del siglo XX existía una fonda en Dardo Rocha y Lavalle, llamada Los Vascos,  que era una de las preferidas por los troperos que traían ganado en pie de muy lejos. Queda aún la antigua y pin­to­resca construcción, muy bien reciclada, que es un anexo de Pizza Piú.
La única mueblería del pueblo era la de Moisés Berlín y estaba en Alem, que luego siguieren atendiendo sus hijos David y Ma­nuel.
Si la memoria no me falla, el rematador más antiguo o uno de los primeros era Pé­rez Navas. Después surgieron los hermanos Aracama y más adelante Per­pen, Nú­ñez y otros.
El aserradero más antiguo estaba en Ezeiza y era propiedad de Luis Spi­netto. En Monte Grande surgió luego el de Pino y Sesma, que eran primos y que el segundo tuvo después durante el resto de su vida en Dardo Rocha mano derecha casi esquina Gral. Paz.
La primera y única empresa alambra­dora de fincas existió a principios del Siglo XX y era de propiedad de Miguelín Vi­dal, ra­dicado en el pueblo en 1890.
El kiosco pionero de Monte Grande fue el que estaba en Dardo Rocha mano iz­quierda esquina Alem, en la acera de la ac­tual óptica Magallón. Ahí era la parada del Cañuelas que iba por Garibaldi (Lomas) hasta la Capital. El kiosco era tipo pagoda, de chapa, pintado de verde oscuro y pe­que­ñito, como eran en realidad los de la Capital. Lo atendía su propio dueño, que era de Lla­vallol. A su muerte, lo sucedió el hijo. Se­ría útil señalar que el verdadero kiosco era así y no locales - y a veces grandes - como en la actualidad. Allí vendían sólo artículos im­pres­cindibles como aspirinas, fósforos, hojas de afeitar, cigarrillos y unas pocas go­losinas. El mencionado vendía también dia­rios y revis­tas, no la variedad ni can­tidad que se ve actualmente en los puestos, sino escasos y vendibles ejemplares, general­mente  encar­gados.
El más importante transportista y quizá el único, era el de los Andreu.
Un puesto exclusivamente de diarios y revistas, que era el único y más grande del pueblo, es­taba en la Estación, en el andén para adentro. Lo atendía el popular Be­nito que tenía uniforme y gorra de visera que le proveía la empresa que tenía la concesión en todas las estaciones.
Fuera de ese puesto y del kiosco antes mencionado, no había donde comprar dia­rios y revistas antiguamente. Había sí, dos repartidores de diarios y revistas  para los que se los compraban en forma esta­ble. Uno de ellos era Ponzio, que lo hacía en bicicleta y aún bajo lluvia. Cuando su trabajo se in­crementó, lo secundaron en el mismo oficio sus hijos Francisco (Pan­chito) y Antonito, que disponían de sus respectivas bicicletas. Ellos vivían en la zona residencial de Monte Grande, pero efectuaban el reparto por to­dos los ba­rrios. El otro repartidor vivía en la zona comercial y vivía por Rivadavia, a media cuadra de Arana. Era un joven llamado Vázquez, que tam­bién se se movilizaba con bicicleta.
En la post guerra surgió el kiosco de Federico, que era de mampostería y techo tipo chalet, que aún existe en la Plaza Gral. San Martín, en Malvinas y M. Paz, si bien cambió varias veces de dueño.
Una de las pocas oficinas de planos y construcciones, si no la única, y la más an­ti­gua, era la de Bernardo Cava, padre del ar­quitecto Luciano, que estaba en Alem es­quina A. Rojas, ex Carlos Casares. Más ade­lante hubo otras como las de Ciarletta, Eduardo Pan, etc.
Sólo se recuerda una herrería de caba­llos en el pueblo, que era Man­delli. Se en­contraba sobre la mano derecha de V. López entre A. Rojas y D. Rocha, en el mismo local donde posteriormente fun­ciona­ría una tala­bartería.
Muy antiguamente había una fábrica de medias del catalán Alberto Gispert, catalán, en la calle Independencia, a metros de la carpintería de los Martínez. Posteriormente se trasladó a Mar del Plata, mientras uno de los hijos se establecía con una fábrica similar en Llavallol, frente a la Estación.
La más antigua y grande de las fuentes de trabajo del pueblo,  que en la década del 70 llegó a dar empleo a más de 3000 veci­nos, fue el Frigorífico Monte Grande, uno de los más importantes del mundo. Fundado en 1908, quebró en 1986. El dueño era un alemán llamado Augusto Hersch, experto en fiam­bres y embutidos que vivía en los fondos de Constanzó. La Empresa continuó bajo la di­rección de su hijo Gustavo, quien se asocia con Fernando Vater y Ricardo Banus, éste fun­dador de la cadena de cer­vecerías Mu­nich, de la que hubo una en la calle Echeve­rría entre San Martín e Inde­pendencia. Luego in­gresaría como socio del Frigorífico Oscar Risso, viejo vecino del pueblo que fuera dueño de la Estancia La Campana donde ahora está el Museo de ese nombre. Gustavo ejerció la presidencia de la Empresa hasta 1931. A través de las décadas, hubo muchos cam­bios en el directorio y la firma comenzó a decaer hasta el punto de que en los años 60 estuvo dos años inactivo. En la década del 70 se produjo el derrumbamiento de una parte del edificio (del frente sobre San Mar­tín) a raíz de la explosión en su inte­rior. Allí comenzó su definitiva decadencia hasta su cierre.
1939: en la Ruta 205 y Alvear se en­contraba la Fábrica de Tejidos Amat y Com­pañía, fundada en por el catalán Al­fonso Amat, a quien le sucedieron sus hijos Jaime y Alfonso. Comenzó con escaso ca­pital, pero con una excelente administra­ción y dirección, logró a convertir la fábrica en una poderosa empresa con anexos en varias zonas del país. Expor­taba gran parte de su produc­ción. Sus Sá­banas Fiesta, manteles, serville­tas, etc. eran de gran calidad y no son pocos los vecinos que aún las tienen en uso. Allí tra­bajó gran parte de los monte­grandinos, tanto hombres como mujeres. La industria, ya sin su fundador y dueño, como en caso del Frigorífico y muchas otras in­dustrias o negocios, fue cayendo en deca­dencia por su mala dirección y administración, hasta llegar a su cierre definitivo.
Importante fuente de trabajo para el pueblo montegrandino fue también la FAPA, Fábrica Argentina de Porcelana Ar­manino, fundada por su propietario Leo­poldo Arma­nino en la década del 30. En la zona donde está instalada y en la que aún funciona pero con un pequeño personal, había un mata­dero cuyos líquidos y des­perdicios se vacia­ban a un arroyito (que después fue entu­bado), inun­dando e infec­tando el barrio, lo que originó la protesta de los vecinos y la erradicación de esa in­dustria. Fue entonces que Armanino com­pró esas tierras para le­vantar su fábrica, que tuvo una época de mucho esplendor con la fabricación de aisla­dores, en espe­cial de alta tensión, que te­nían mucha demanda en el país y el exterior.
Bueno, no vale la pena repetir lo que ya dije sobre lo que sucede con las em­presas cuando mueren sus dueños.
En 1912 se instaló una fábrica de alam­bre tejido, que también hacía botones. Es­taba en D. Rocha y Dorrego, donde ac­tual­mente está Pizza Piú. La fábrica era del ac­tivo y talentoso Leopoldo Liñán.
Los hermanos Zulueta , - Nemesio, En­ri­que y Ángel - fueron los primeros en ins­talar fábrica de pastas frescas, una nove­dad para el pueblo. Estaba en Alem, mano izquierda, frente al Club Jornada. Más ade­lante dejaron ese ramo y se iniciaron con una librería frente a la Plaza Mitre.
En la posteguerra surgirían varias fábri­cas de pastas caseras, talleres  y negocios nuevos. Tassara Hermanos, calle M. Paz, a unas cuadras de Constanzó, se dedica a la fabricación de mosaicos, baldosas, mesa­das o otros elementos de cocina y de baño.
La primera fábrica de televisores cuya marca era Victorial, fue la de Víctor Ameur Liñán, siendo el primer técnico del país que logró construír un televisor que captaba imágenes de Brasil cuando en Buenos Ai­res aún no había televisión. Su taller estaba en V. López 147, frente a la Galería La Unión.
Sportman  fue la marca de la primera fá­brica de armas de caza y tiro al blanco que existió en Monte Grande. Se fundó en l958, siendo sus propietarios Guillermo Anhora, Alberto Taboas y Severino de Bernardo.
Se afirma que la imprenta más antigua o al menos una de las primeras fue la An­selmo Ramos. En la década del 30, la im­prenta más importante era la del turco Pedro Faiat, que editó un tiempo el diario Nuevos Rum­bos, en el que el perio­dista Es­teban Gianto­massi pu­blicaba la Historia de Monte Grande en ca­pítulos.
La carpintería más antigua fue la de los Martínez, de la calle Independencia, entre Sarmaiento y Echeverría, que funcionó hasta hace hace unos años.
El fotógrafo más antiguo que se conoce fue Leopoldo Manucci en la lejana época que el flash era una pulgarada de magnesio que al encenderse con el chispero de una panta­llita, producía una fuerte luz blanca que ha­bía que saber sincronizar a ojo con el obtu­rador de la cámara. No había rollos de tomar fotos. Cada foto era una placa de vidrio sen­sibilizada para ese efecto.

         Estancias y Casas quintas

La estancia más conocida del pueblo era indudablemente La Sofía, quizá porque por­que estaba casi en pleno pueblo. Perte­ne­cía a la familia Santamarina, apellido muy ligado a la historia montegrandina. Se ex­tendía desde la Ruta 205 hasta La Colo­rada y desde Ramón Santamarina hasta Ezeiza (aún no existía El Jagüel). La atra­vesaba el Arroyo Ortega y en ella había una hermosa mansión que aún existe. Con la autorización del mayordomo Vieli y por ende de los San­tamarina, las escuelas ha­cían pic nics al lu­gar, preferentemente en las orillas del men­cionado arroyo. Antes del Siglo XX, esas tie­rras eran propiedad de Pedro Aro­cena, que después se las vendió al Dr. Ro­mero y más adelante éste a Enrique Santa­marina en 1905.
La casa quinta de Alfredo Ramos, dueño de la otrora famosa Confitería El Tren Mixto de Plaza Constitución, estaba ubicada en Arana y Rivadavia, y extendíase desde la primera hsta las vías del Ferrocarril y desde la segunda hasta el Arroyo Santa Cata­lina.  Los Ramos disponían de varios coches (de tracción a sangre en esa época), mue­bles y objetos de arte im­portados de Eu­ropa. El predio fue fraccionado y vendido. El edificio, que era un hermoso palacete fue adquirida reformado y convertido en una ca­ricatura de castillo por nuevos dueños, instalándose fi­nalmente en él un instituto neuro­psiquiátrico que funciona hasta el presente, atendido por el Dr. Míguez y su esposa también doctora en la especialidad.
Los Ortega eran viejos terratenientes afincados en la zona del Cementerio que con el tiempo fueron vendiendo sus tierras a dis­tintos chacareros y quinteros euro­peos y ja­poneses, muchos de los cuales aún viven y trabajan allí, o, en otros casos, lo hacen sus descendientes.
Había un tambo de los Etchegoyen, pró­ximo a la zona urbana, que lindaba con la estancia La Campana y en cuyo edificio  está hoy el Museo.
A lo largo de La Colorada que se ex­tiende desde el Camino de Cintura hasta el Camino a Canning, había quintas, chacras, estancias y casas de fin de semana. Ese ca­mino, ancho y polvoriento en tramos, con profundas e intransitables huellas en otros, o invadido por las hierbas en algunos sec­to­res, eran tan solitario como un sendero en plena pampa. Pasaban horas a veces sin que un jinete o un carro pasara por allí, y si al­guien lo transitaba, era fácil advertirlo desde gran distancia por el polvo que a su paso le­vantaba. El tramo más concurrido por los paisanos de la zona era el que es­taba entre Alem Doble y Colón, pues allí estaba el alma­cén de los Pardini. Alguna parte de ese tramo era utilizado un do­mingo de primavera o de verano para ca­rreras de caballos y de sortija.
En la década del 20 aparecieron los primeros viejos Ford, que eran los únicos que con cadenas pantaneras, podían desa­fiar las fangosas calles de las periferias montegrandinas.
Sobre La Colorada mano izquierda, te­niendo a la derecha - calle de por medio, -el horno de los Amadeo, y enfrente, la mencio­nada arteria  por medio y cruzando ella La Sofía, estaba la casa quinta Los Pa­raísos,  de la familia germano francesa Funk. A la iz­quierda de la misma, estaba la casa quinta Las Casuari­nas,  de la familia Lucadamo.
Detrás de ésta,  a unos cien metros de La Colorada, había un chalet semi oculto por abundantes árboles y sombras, que era de propiedad de Mechita Caus, la más famosa actriz de radioteatro de la década del 30. Hacía pareja en las novelas con el no menos famoso actor Artuco Telesca. El chalet de Fala­brino, en Enrique Santama­rina y Re­condo, adquirido posteriormenete por el In­tendente de Avellaneda Al­berto Barceló, después fue vendido y luego adquirido por el Banco Platense, que lo adaptó a sus activi­dades; pero la entidad cerró al poco tiempo.
En la manzana donde se encuentra la conocida Puerta Histórica, había una casa quinta llamada La Cigüeña, en cuyo parque había una fuente con una escultura repre­sentando una... cigüeña. En la misma man­zana estaba la es­cuela Nº 6. La casa, modifi­cada, se convir­tió en una pescadería, de breve supervi­vencia co­mercial.
Pero sin lugar a dudas, la quinta más espectacular de Monte Grande fue  La Anto­netta, por la belleza arquitec­tónica de su palacio de varios pisos y sótano realizado en estilo renan­cista siciliano. Se en­cuentra aún en Nuestras Malvi­nas al 900 entre Esquiú y Funes. Frente a ella estaba la casa quinta de la familia Bruzzone. La Antonetta la cons­truyó el pro­pietario de aquella época, el in­geniero sici­liano Cayetano Perrone. La única hija de éste, Rosita, estaba casada con otro inge­niero, Heriberto Brunelli. Éste y su sue­gro, eran accionistas de la Compa­ñía de Se­guros La Aseguradora Argentina, Italmar y otras empresas, siendo además dueños de estan­cias del interior del país. Indepen­dien­te­mente del palacio, había dos construc­cio­nes de menor importancia con entrada por Esquiú. El palacio tenía un hermoso parque con réplicas de estatuas clásicas y una fuente en cuyo centro elevábase la es­tatua va­ciada en bronce de la loba romana ali­mentando a Ró­mulo y Remo, personajes etruscos que según la leyenda, habrían fun­dado Roma unos 700 años a. de C. Los Pe­rrone recibían fre­cuen­tes visitas de la aristo­cracia italiana. En los sótanos disponían de los mejores vinos de su patria. Tenían un potente telesco­pio, posi­blemente el único en Monte Grande en esa época, con el que las visitas escudriñaban el firmamento. La pro­piedad disponía de un gran molino de viento - que aún existe- con escalera caracol que termi­naba en un mira­dor en la parte superior del tanque, desde el que se podía admirar el panorama de Monte Grande, que por su compacta vegetación, semejaba un mar verde. Posible­mente no hubo un molino más alto ni más costoso en la zona. Falleci­dos los dueños  originales, la propiedad fue vendida                                       en va­rias ocasio­nes, y las estatuas fueron retiradas, vendi­das o robadas en tiempos más actuales.   
En Nuestras Malvinas también había una casa quinta propiedad de uno de los due­ños de Gath & Chaves, cuya central está en Lon­dres pero que en esa época tenía una gran sucursal en Buenos Aires. La propie­dad fue adquirida después por el doctor Serracant.
Más de una familia montegrandina com­praba a crédito en Gath y Chaves y en casa lo hicimos en una oportunidad. La firma puso de moda un gorrito para los chicos que se llamaba precisamente gatichave. “Nene, te digo que te pongas el gatichave; si no, no te llevo porque hay un solazo que raja la tie­rra”. 
En las afueras, como a 30 cuadras de la Estación, tenía su chacra Eduardo Chirón, dueño de La Valentina. La chacra se llamaba El Desparramo.
Uno de los dueños de la estancia La La­guna,  fue Pedro Garland y en ella traba­jaba el más famoso de los domadores de la zona, José Chinivazzi, que se había radi­cado por aquí en 1886.
El ingeniero Jorge Duclot, autor de va­rios libros - entre ellos hemos conseguido uno de fotografía y cine, - era dueño de una granja de la que era administrador José Ma­goni y quedaba en uno de los cam­pos que hoy forman el Aeropuerto Interna­cio­nal.
La casa quinta más conocida del pueblo indudablemente era La Zaida, mencionada en otra parte, puesto que quedaba en plena zona céntrica y ocupaba toda la manzana formada por A. Rojas, Lavalle, D. Rocha y Dorrego. Más adelante fue fraccionada y vendida en lotes, pero se conserva tal como era el gran chalet original. 
Estaba la quinta La Malvina, de Luciano Degoy, de arquitectura barroca, comprada luego por Francisco Recondo, después por Roque Suárez y finalmente por Juan Testa.
La casa quinta La Primavera  se encon­traba cerca del actual colegio María Auxi­lia­dora y su dueño era Alberto Pitré.
Conocida era también la estancia El Triángulo, donde “se dice” que habría per­noctado el Restaurador de las Leyes en una de sus campañas. La administraba la familia Cnockkaert y tenía su tranquera en los fon­dos de Constanzó, a unas cuadras de la Fair.  Se extendía desde la primera hasta el Arroyo Ortega. En los campos de la propiedad abundaban las liebres y las perdices. Se po­día cazar o recolectar hue­vos de éstas últi­mas con el consiguiente permiso de los mencionados administradores.
Sobre la Ruta 205 y frente a la mansión de Alberto Barceló, se alzaba un hermoso castillo medieval de dos torres - éste sí ar­quitectónicamente concebido, - lo que mo­tivó a que re­cibiera un premio por lo mismo. La­menta­blemente - y no es el primer caso ni en Monte Grande ni en la Capital y Gran Bue­nos Aires -  los dis­tintos nuevos dueños, fue­ron modifi­cándolo y desvirtuándolo hasta el punto de que hoy no sería fácil ubicarlo, si es que queda algún la­drillo del mismo. La ig­norancia y la incultura no es sólo patrimo­nio exclusivo de algunos funcionarios sino tam­bién de los que no lo son, justicia es re­cono­cerlo.
Por supuesto había otras casas quintas y casas como las de Pedro Calatayud, la fa­milia Pereda, la de dio Emilio Salotti (en la que se dice  estuvo de vacaciones en al­guna que otra oportunidad Hipólito Yrigo­yen antes de ser Presidente), la de Juan Queirel, la del escribanbo Guillermo García Díaz, la de Ma­nuel Ferro   y otra de Manuel Ferro que ocu­paba casi todo Luis Guillón desde el Fe­rroca­rril hasta la Fair, la de Juan Manuel Castro Chaves, la de Jorge Pasman Miles, etc.
Hemos recordado algunas de las casas quintas del ayer que por un motivo u otro están aún en la memoria de los ve­cinos su­pérstites. No tendría objeto men­cionarlas to­das, pues como se decía al principio no es intención mi compilar un estudio documental ni cronoló­gico sobre nuestro pa­sado. 

         Clubes, deportes

No es difícil imaginar que las diversiones y el esparcimiento de Antes de la Segunda Guerra Mundial, eran muy limitadas en nues­tro y otros pueblos. Se reducían a bailes o pequeños eventos en casas de familia (ca­samientos, bautizos, cumplea­ños), alguna carrera de sortija en las peri­ferias; en raras ocasiones alguna kermese a beneficio o al­gún evento deportivo de es­casa importancia. Comenzaban a fundarse algunos clubes, en los que había un baile de vez en cuando con grabaciones de dis­cos o números vivos a ve­ces animados por músicos y cantantes loca­les.
No había radio aún  y los primeros dis­cos de pasta eran enormes, de pasta, al­gu­nos grabados de un solo lado, que re­produ­cía el gramófono R.C.A.Víctor (el del perrito). Pero como eran es­casas las familias que disponían de un re­productor de esta clase, lo común era el nú­mero vivo: alguien que to­cara la guita­rra - a veces el acordeón o el bandoneón- y alguien  que cantara.
Carreras cuadreras, carreras de sorti­jas, el juego del palo enjabonado, ca­rrera de embolsados y otros en­treteni­mientos, solían hacerse en baldíos del propio centro y en ocasiones especiales como podía ser un acontecimiento cívico o religioso a unas cua­dras, en algún campo de deportes de un club.
Al mismo tiempo, había algún evento deportivo, de fútbol o carreras pedrestres o de bicicletas.
El primer baile de Carnaval se efectuó en la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos en 1912.
Los primeros corsos, aunque los lecto­res no lo crean, se efectuaban en D. Rocha (que estaba sin pavimentar) en las dos cua­dras comprendidas entre Alem a Do­rrego. Los disfraces eran muy modestos, realizados en casa por la abuela o la tía solterona in­va­riablemente con la tela más barata, si no de arpillera, la que era pintarrajeada y ador­nada con corchos, tapitas de botellas de cerveza, flores y trozos de tela de otro color. También se apelaba a ropa vieja que se reci­claba y adornaba convenientemente con esos elementos. Me acuerdo que un joven, durante años, se disfra­zaba de bicho ca­nasto:  ropa de arpillera de­corada íntegra­mente con nidos de esos bicharracos. Y un hombre ya mayor, muy cómico y dicha­rra­chero, conocido por don Alonso,   en dos temporadas apareció por el corso disfrazado de bebé con babero y chupete, y sin necesi­dad de afeitarse la cabeza porque era calvo y gordito. Quedaba como un per­fecto bebé. Lo curioso es que lo acompaña­ban sus dos nietitos vestidos de frac y con galera, que lo llevaban de la mano.
Después el corso se trasladó a la Ave­nida Alem (entonces llamada Avenida La Plata), en el tramo entre la Plaza La Bonita  (después Enrique Santamarina) y la Mitre. Se instalaban varios palcos en algunas ace­ras, adornados con guirnaldas, cintas de colores, flores naturales y/o artifi­ciales y con arcos decorados con lo mismo y con lámpa­ras multicolores. Los alquilaban las familias pu­dientes y notables del pueblo para ver más cómodamente el desfile de carrozas, murgas y disfrazados que llena­ban y circula­ban por la arteria (en aquella época de do­ble mano). el palco principal se desti­naba a las autori­dades municipales, familia­res y al­gunos no­tables del pueblo, y ante los cuales se dete­nían gauchos y payado­res para salu­darlos y cantarles o para im­provisarles ver­sos de sa­lutación. Por las ace­ras circulaba un gentío impresionante por­que no sólo todo el pueblo estaba allí sino también mu­chos fo­rasteros que llegaban de localidades ve­cinas  y gente de la Capital que venían a sus casas quintas o a visitar a sus parientes monte­grandinos. Los disfraces comunes de los ni­ños y jó­ve­nes eran los de payaso, pi­rata, cow boy y personajes conocidos en la histo­rieta y el cine como El Zorro, El Llanero So­litario, Pa­toruzú, el gaucho, al­gún típico campe­sino de lejanos países; y las ni­ñas se veían de gi­tana, bailarina rusa, chi­nita de nuestro campo, etc. Los con­juntos de murga prove­nían gene­ralmente de otras lo­calida­des. Las carrozas eran carros y sulkys de los campos y esta­ban también sus con­ductores y tripu­lantes. Los mismos carros estaban a veces disfra­zados de locomotoras, aviones, barcos, o tronos en los que iban al­gunas chicas ves­tidas reinas y princesas. Los caba­llos tam­bién tenían sus correspon­dien­tes adornos haciendo juego con los ca­rrua­jes. Disfraza­dos y público en general se arroja­ban mu­tuamente papel picado, ser­pentinas y aguas perfumadas con rudimen­ta­rios aero­soles y globitos de agua. Ca­lle y ve­redas quedaban cubiertas por un col­chón de papel picado y serpentinas.
A mí se me quedó muy grabado una breve secuencia (pero no la escribas porque no voy a dar nombres ni tiene la menor im­portancia): una señora de la “sociedad” lo­cal, que estaba con su familia en uno de los palcos vecinos al palco oficial, que,  escan­dalizada, le decía a su hijo menor, adoles­cente: “¡Cómo! ¿Todavía no fuiste a saludar al se­ñor Intendente? ¡Pero andá, porque él se queda un ratito y se va!”. Y el mucha­chito, perplejo, indeciso, poniéndose colo­rado, respondió: “Yo sé, yo sé cuando tengo que ir”. ¡Qué sé yo si después fue o no fue!  ¡No me iba a quedar espiándolo!  Además, ¡Qué me importaba! Me acuerdo de ese de­talle porque se me quedó muy nítidamente gra­bado en la memoria, como un abomina­ble ejemplo de mayaorejismo o chupamedie­rismo, que muchos creen que es un asque­roso vicio de los tiempos modernos. No: eso existió siempre desde el “hoimo sa­piens” hasta nuestros días.  
A las cero horas terminaba el corso. Pero media hora antes, el público empezaba a retirarse, quedando mu­chachos  que ha­cían guerrillas de agua, con baldes, espectá­culo del que todos huían para que no se empapara su ropa dominguera. Pero eso du­raba sólo un rato. El público, en su mayor parte, se re­tiraba a su domicilio. Unos po­cos iban de allí a los clubes, donde seguía el Carnaval con baile hasta las 2 de la mañana. Otros preferían ir a tomar cerveza o refres­cos para luego volver a casa. Esto era fácil para los montegrandinos, pero no para los que habían venido de Guillón, Ezeiza o más lejos; a esas horas se les complicaba el re­greso a su domicilio. Iban a esperar el Ca­ñuelas - el amarillo - que circulaba durante toda la noche, pero con frecuencia de una hora.
Estaban el Club Atlético fundado el 22 de agosto de 1922 y que se encuentra aún en Yrigoyen 77. Posteriormente adquirió campos que eran de la casa quinta de Ra­mos, donde tiene su pileta de natación (calle Arana,   lindando con el Ferrocarril).
El Club Social y Deportino E. Echeverría estaba y está aún en Uriburu 127, entre Las Heras y Rodríguez.
El Club Jornada se encontraba en Alem mano de­re­cha, donde ahora está la Galería Paseo.
Escribí, Primo, que en ese club, durante un tiempo, dabas clases de dibujo y pintura a los chicos, por supuesto gratuitamente.
Tam­bién existía un pequeño club lla­mado El For­tín en una vieja casa  de M. Paz, proba­ble­mente donde después estuvo el su­per­mer­cado La Gran Canasta.  No había otro de este lado de la Estación, o sea del lado residencial. 
En 1905, Arturo R. Seguí (empleado estatal y vecino del pueblo), fue ca­pitán de nuestro primer equipo de fútbol. A él se le debe la fundación del Monte Grande Boxing Club, que desapare­ce­ría más adelante. En épocas posteriores, hubo grandes jugadores de fútbol origina­rios de nuestro pueblo como el Lobo Fis­cher, Manuel Quiroga, Nelson Ló­pez, Mario Chaldú, Subías, etc.
El Lawn Club comenzó funcionar en la quinta de Vicente Ramos, donde la se­ñorita Blanca Gotusso enseñó ese de­porte a sus familiares y amistades. El Club nace con la presidencia de doña María Rosa Cichero Pi­tré el 1 de mayo de l917. A partir de enton­ces, utilizan en préstamo el predio sito en Do­rrego esquina Mariano Acosta, propiedad de la familia Santamarina y que se adquirió posterior­mente para sede definitiva.
Deportes elitistas como el Polo, el Pato, el golf, etc. si bien fue practicado en el Monte Grande antiguo por jóvenes de la so­ciedad local, fueron desapare­ciendo tras la Segunda Guerra Mundial.
El karting tuvo su apogeo más moder­namente, por la década del 60, desco­llando corredores como Alfredo Pickart y Mario Ca­tabiano.
El Jockey se practicó y lo hace actual­mente en el Colegio San Marcos, en la Ave­nida San Martín entre Mariano Alegre y Be­navídez.
Con el auge de la bicicleta, que en mu­chos casos reemplazó al caballo, el sulky y el carro, aquélla, aparte de prestar su enorme utilidad como medio de transporte (aún hoy en día), se convirtió en un de­porte para mu­cha juventud. Los más entu­siastas iban con ella a Cañuelas, a la Capi­tal. Facilitados por la circunstancia de que en esos lejanos tiem­pos el tránsito por Pa­vón, el Camino de Cin­tura y la Ruta 205  era escasísimo. Hubo muchas competen­cias tanto locales como  en el Gran Buenos Aires. El corredor ciclís­tico más popular de nuestro pueblo fue el Gordo  Nieves, gana­dor de muchos premios.
Los vehículos infantiles que más bien eran para diversión eran la bicicleta, el mo­nopatín, el triciclo, el remociclo y los patines.
Fuera de los clubes, el salón de baile más antiguo que existió en el pueblo fue Las Glorietas, en Uriburu, cerca del actual salón de baile El Infierno.  Su origen es muy cu­rioso. Al principio, lo que allí había era un pe­queño tren para niños, el que era arras­trado por un bu­rrito, dirigido por un enano llamado Víctor que a la vez vendía golosi­nas a los presen­tes. Después, surgió la idea de convertir el lugar en una pista de baile y confitería. Aunque normal­mente los bailes se animaban con discos, de tanto en tanto or­questas, cantantes y baila­rinas de segunda categoría desfilaron por su escenario.  Al­gu­nos de esos eventos termi­naron en pe­leas  con secuela de heridos y en una oportunidad hubo un muerto. Estos inci­dentes desacre­ditaron al negocio  y desa­nimaron a sus dueños y al final el sitio quedó convertido en un simple bar.
Una entidad muy original y que no po­dríamos pasar por alto porque fue la pri­mera y única existente en la Argentina, era el Gourmet Club, cuya sede central está en Pa­rís. Se trataba de un grupo de vecinos a quienes les gustaba reunirse mensual­mente y almorzar en un restaurante tra­yendo en cada oportunidad un invitado es­pecial, un  personaje conocido, que podía ser  un ar­tista, un deportista, un político, un escritor. Después el club fue languide­ciendo hasta que se disolvió. Sus inte­grantes eran vecinos muy antiguos del pueblo, casi todos compa­ñeros de escuela del que esto escribe, entre ellos Raúl  Méndez y el Cholo  Pegassano.

                    Escuelas

La escuela más antigua del pueblo, fun­dada el 1° de octubre de l880 por D. F. Sar­miento, era la Nº1, frente a la Plaza Mi­tre, a la que iba la mayoría de los niños de 1ro. A 6to. grado, sin distinción de clases sociales. Señalemos que antes de la Se­gunda Guerra, no había escuelas privadas en Monte Grande, ni primario ni secunda­rio. Y secun­darias, tampoco las había pú­blicas, de modo que debía cursarse en Euskal Echea, o algún colegio de Adrogué, Lomas,  Avellaneda o la Capital. A la Nº1 concurrían no sólo chicos del pueblo sino de localidades vecinas como Guillón, E<eiza, Tristán Suarez, Máximo Paz y Vi­cente Casares. Había dos escuelas más primarias en el pueblo; la Nº 43, en Arana 45, apodada El Durazno,  y la Nº 6, al lado del hotel Lisboa, si bien antes de la existen­cia de éste. Después la primera, llamada Na­ciones Unidas, se trasladaría a Al­vear y Emi­lio Cardeza, junto al Policlínico; y la segunda a Ma­riano Alegre al 550, entre .B. Alberdi y Avellaneda.
1942: Un joven vecino, Armando Jaure­guiberry fundó la primera escuela técnica, que funcionó transitoria­mente en la Nº 1, dando clases nocturnas de idiomas, dibujo técnico, mecanografía, música, etc. Poste­riormente se trasladó a Uriburu es­quina Al­vear, logrando luego el rango de Universi­dad.



                 Profesores

En el Pasado hubo contados profesores particulares de algunas asignaturas. Uno de los más antiguos enseñantes de guita­rra y canto, fue Marcelino Lozano, cuya casa es­taba en M. Cardeza, frente a la vieja oficina de teléfonos. Una calle hoy recuerda su nombre.
Uno de los más conocidos profesores de música fue también el Juan Porta que con su esposa Mary y su hija Luisa, daban clases en la calle Rivadavia, mano iz­quierda, casi es­quina Ameghino. La casa se convirtió en un Conservatorio, que más adelante, aten­dido por Luisa Porta, se tra­lada allí cerca, a la se­gunda arteria men­cionada. Los Porta eran ejecutantes del órgano de la Iglesia de la Inmaculada Con­cepción y formaron dis­tintos conjuntos que actuaban en eventos locales.

                    Pintores

Los dibujantes y pintores más antiguos de Monte Grande de que se tenga noticia, fueron Margenta y Bobadilla, italiano y es­pa­ñol respectivamente, de los cuales se tienen escasas referencias. Como a la sa­zón no ha­bía perspectivas para los artistas plásticos (y menos para los de ahora) dibujaban y pinta­ban indistintamente lo que les en­cargaran: letre­ros y vidrieras, retratos al lápiz, al pas­tel o al óleo, paisajes, etc. A Margenta ade­más, se recuerda que  le fascinaba el tea­tro y le gustaba dirigir todo espectáculo que se le presentaba, aún cuando se tratase de un simple evento es­colar. Pero sin lugar a du­das el di­bujante más impor­tante del Pasado  fue José de Toro, que colaboraba en el diario Hojas Sueltas  de su hermano Manuel, prolija y ex­celente pu­blicación que aún en el Pre­sente  no sería fácil de superar.   
Tuve ocasión de ver la colección com­pleta de Hojas Sueltas que ha de ser segu­ramente la única existente, gracias a la gen­tileza de una familiar del editor, Raquel de Toro, distinguida poetisa y escritora de nuestro medio.
Pintor de la preguerra fue Raúl Ca­sal, que vivía en Malvinas y Avellaneda, em­pleado de una Empresa de la Capi­tal. Su pa­sión era la pintura y fue autor de una buena cantidad de óleos y dibujos, de los cuales, lamenta­blemente sólo se dis­pone de algunas repro­ducciones que conserva el que esto escribe. Pintó el rancho del  negro  Silva )vecino del almacén de los Pardini, de La Colorada) y paisajes de las afueras, como también esce­nas gau­chescas. Pintor autodi­dacta, neta­mente figurativo, no obstante, no era clásico sino naif, lo que le permitía im­primir a sus obras una poesía y encanto muy especial.
En el Pasado, no había investigadores de arte que  por suerte están surgiendo en el Pre­sente. Los autoridades de turno eran –con honradas excepciones- personajes de ex­trema igno­rancia y nula cultura. Por eso, fuera de lo  poco que rescato en los apuntes de JP, poco se sabe de las actividades plás­ticas de los más antiguos artistas.
Después de la Segunda Guerra surgirían otros pintores y dibujantes como el  Polo  Franzese (que trabajó en Bra­sil en dibujos animados) y en la especialidad de carteles y letreros se destacaron Héctor Senra y Raúl Leoz.  Un buen artista del pin­cel fue el chi­leno-ar­gentino-montegrandino   Fernando Etcheve­rry. Pintor de escuela clá­sica, auto­di­dacta, especializado en motivos gau­chescos en especial rostros, a los inducía una notable profundidad psicológica.
Durante unos años vivió en la casa resi­dencia del poeta Adalberto Casadevant (que mencionaremos después), el pintor Héctor García (Chechane), que ilustró va­rios poema­rios de vates porteños y pintó en Monte Grande una buena cantidad de cuadros. Aunque no desconocido a nivel na­cional, lo es en el ámbito artístico porteño.
René Morón, es un pintor internacional­mente conocido, cuanto más porque ha he­cho murales para la UN, si bien ilustre des­conocido en Monte Grande. Hace muchos años ad­quirió la que fuera casa quinta de Mechita Caus, donde instaló su taller. Morón es padrino de la primogénita del mencionado pintor Et­cheverry, Claudia, más ade­lante do­cente y directora de escuela en El Jagüel.
Por supuesto hubo como lo hay en la actualidad más artistas plásticos que no trascendieron a nivel local porque no eran propiamente vecinos de nuestro pueblo, sino que pasaban sus vacaciones o los fin de se­mana en el mismo, o vivie­ron tran­sitoria­mente aquí para después emigra­rar a otros puntos del país. En el mismo caso  se en­cuentran algunos escritores y poetas. No obstante, hemos nombrado a los que han llegado a nuestro conocimiento, por creer que es justicia, ya que “la paz, la naturaleza y el clima de nuestra zona les inspiró buena parte de sus creaciones”, como señala el pe­riodista e historiador Américo La Vía en uno de su libro Monte Grande y sus Artes y Le­tras, de próxima aparición.


Cine y Teatro

El teatro montegrandino fue de tem­prana vocación. A falta de salas apro­piadas, la primera representación teatral, cu­riosa­mente se efectuó en el viejo alma­cén de Omega Petrazzini, siendo éste uno de sus intérpretes. Más adelante, se forma­ría el Centro Filodramático El Triunfo, cuyo director Emilio Lolla puso en escena algu­nas piezas en boga en la época y otras clásicas.  Le su­cede el Saúl Asnés de esa época, el legenda­rio Pere­grino Ramírez, a quien apodaban El Peligro, quepuso en escena una multitud de obras. Lo sucederá Isi­doro Vázquez. Los ar­tistas vocacionales eran locales, desta­cán­dose en­tre ellos Juan Cá­nepa (el mé­dico poeta), Gus­tavo Gandulfo, Pedro Ferral, Fa­cundo Ba­llestrini, Antonio y Pedro Cervetti (dueños del alma­cén El Si­lencio), Rubén y Carlos Tarulli.  Ró­mulo Fio­riti y Ricardo Cas­tellat oficiaban de apunta­dores. Y como es­cenógrafo, Siro Pe­trazzini. Entre las actrices sobresalían las señoritas  Barbier, Rosita Providencia Pino y otras como las señoritas Raffo, Ce­rreto, Quintana, Rodizio y Marasino. Más ade­lante, existiendo ya la So­ciedad Ita­liana y la Española de Socorros Mutuos, en sus salas se dieron obras importantes de esa época como Las del ba­rranco, Las de enfrente, M´hijo el doctor, Jettatore, etc. En l922, el Comité Billiken hizo representa­cio­nes teatrales infantiles con ni­ños de Monte Grande. Era presidente del grupo la señorita Celina Garriados y direc­tora Sofía Saldu­behere. En 1926, con la di­rección del activo Peligro Ramírez, hubo unas cuantas funcio­nes a beneficio en las que participaron los artistas vocacionales men­cionados.
Hubo un audaz intento de dotar a Monte Grande de un estudio cinematográ­fico lide­rado por el dinámico vecino Jorge Miles, que construyó una casa apro­piada en la ca­lle Constanzó mano izquierda entre Fer­nando de Toro y La­prida, que aún con­serva una cúpula con aberturas acciona­bles que per­mitiría la en­trada de luz natural al estudio para las fil­maciones. Señálase que en esa época no había películas negativas de alta sen­sibilidad como surgirían después de la Segunda Gue­rra, razón por la cual, los Estu­dios necesita­ban por fuerza la luz diurna para sus filmacio­nes. El men­cio­nado vecino tenía programado fil­mar la pe­lícula El ma­trero, igno­rándose si él u otro entusiasta del cine fue el autor del corres­pon­diente guión. El proyecto, lamen­table­mente, no llegó a concretarse ni a fun­cionar el Estu­dio.
La empresa Landini fue la que ofreció cine en Monte Grande durante décadas en la sala de la Sociedad Española de Soco­rros Mutuos en la calle Mariano Acosta, mano iz­quierda, a metros de Alem. La apa­rición y rápido avance de la televisión en la post guerra, motivó su cierre. El mencio­nado cine, tenía dos funciones, de tarde y de noche, durante toda la semana. En cada una se da­ban tres películas, de las cuales la mejor era la última. El espectáculo  audiovisual comen­zaba con algunos carteles publicitarios, di­bujos animados o el noticiario de Sucesos Argentinos (el del gaucho a caballo). Eran tiem­pos de los artistas yanquis Betty Davis, Errol Flyn, Clark Gable, Robert Taylor, Tyrone Power, Mickey Roo­ney, Shirley Tem­ple, el Gordo y el Flaco.... de los mejicanos Tito Gui­zar, Jorge Negrete, Ma­ría Félix, Mario Mo­reno (Cantin­flas)... de los argentinos Angel Magaña, Luis Sandrini, Libertad Lamarque, Delia Garcés, En­rique Muiño... y tras la pos­guerra, películas de Vittorio de Sica, Aldo Fabrizzi, Gina Lollo­brigida... y de España, como estaba bajo el gobierno de Franco, pe­lículas ingenuas y mo­nacales como Marcelino pan y vino.

                   Poetas

Según lo poco que hemos logrado in­vestigar, la actividad cultural del Monte Grande del Pasado, nunca estuvo ausente en el esfuerzo individual, pero sin el menor apoyo - ni siquiera moral - de las autorida­des de turno.
Según el investigador e historiador Amé­rico La Vía, el primer poeta que se refirió a los montes gran­des  fue Antonino Lamberti, vate de ori­gen uru­guayo. No residió,  pero pa­saba tempo­radas en nuestros lares. Era amigo de los grandes vates de su época, entre ellos Rubén Darío, con quienes se reu­nía en el café Tortoni de la Avenida de Mayo. A la ma­nera de los pa­yadores, Antonino y Rubén dialogaban im­provisando versos ma­gistrales, algunos de los cuales recoge la Historia de la Literatura Ar­gentina de la Uni­versidad de la Ciudad Bue­nos Aires. De acuerdo a La Vía, la segunda figura en im­portancia en las letras, fue la poetisa y es­critora Susana Calan­drelli, por­teña, que pa­saba los fin de se­mana y las vaca­ciones en su casa quinta El Abrojo, sita en la impa­vi­mentada Avenida In­ge­niero Huergo en los actuales barrios Nues­tras Malvinas y 9 de Abril. Era autora de va­rios libros de poemas y cuentos, entre ellos El reloj de ébano.  La revista más importante de Italia, La Domé­nica del Corriere, de Milán, reprodujo algu­nos de sus cuentos. Uno de sus libros de cuentos es te­nido como lectura del idioma español en al­gunas Uni­versidades norteame­ricanas. Una hermana suya es artista plás­tica. El padre, médico y  poeta, escribió un ameno y satírico poemario intitulado Museo de las feas artes.
Conocido poeta fue también Adalberto Casadevant, autor de muchos poemas pre­miados y letras de algunos tangos cuyas partituras y letras fueron publicadas oportu­namente en el diario Clarín. Tenía una casa en Monte Chico, en Rivadavia al ll00 en la que escribía y pasaba largas temporadas con los suyos y recibía a ar­tistas y literatos amigos, entre ellos el que suscribe. Baste señalar que en una oportuni­dad en la men­cionada residencia presenciamos la re­pre­sentación de una obra teatral para la co­fra­día artístico literaria local y naturalmente al­gunos vecinos colindan­tes.
Otro poeta relevante era Carlos López Boeres, uruguayo afincado definitivamente en Monte Grande, autor de varios poema­rios. Cultivó también la novela, entre las que se recuerdan El brujo de Monte Grande, Des­truirla para que sea eterna, El reino de Me­nelao, Guacho, etc., habiendo también es­crito algunas obras de teatro. Vivió en la ca­lle Rivadavia mano derecha, entre Arana e Yrigoyen. Lamentablemente, la totalidad de su abundante obra se ha perdido por im­pre­visión  e ignorancia de las autorida­des de turno a las que nunca interesó el arte y las letras.
Si uno quisiera leer una de esas no­velas o poemarios, no tiene donde conseguirlos. Sí, ya sé que vos tenés dos libros suyos y dedi­cados, pero no es el caso. ¿Quién te co­noce a vos, que sos conocido solamente en tu casa a la hora de comer? Ponele que viene un periodista, un investigador o un in­telec­tual de afuera, va a la Biblioteca Muni­ciapl B. Rivadavia y quiere leer libros de de López Boeres, por ejemplo, ¡y resulta que no hay ninguno!... ¿A vos te parece? Dejame.
Ya en tiempos del Presente  de JP, surge y se destaca un fecundo poeta del gé­nero popular, Lito Libonatto, que le cantó a la calle Alem, al cine Monte Grande, al gau­cho y todo el entorno montegrandino. 

                    Música

En tiempos muy lejanos hubo algunos conjuntos musicales y algunos solistas como el ya citado Marcelino Lozano y Teo­doro Pe­dretti.
Ambos fueron consumados ejecutantes de guitarra  que acompañaban a cantantes locales y nacionales, tanto en eventos pa­trióticos como civiles y familiares, y en es­pe­cial a beneficio de entidades de bien pú­blico.
Las más antigua orquesta que se co­nozca totalmente montagrandina fue la de Sesma, de las primeras décadas del Siglo XX, que estaba integrada por Angel Cirilo Napo  Sesma, Chiruso Petrazzini, José Ama­glio, Hugo Ecuiller y Orlando Trotta. Se pre­senta­ban en clubes y bailes. Tocaban tan­gos, cha­careras, foxtrots, pasodobles y ta­rantelas. 
Mucho más adelante también Juan Porta, ya mencionado,  tuvo una orquesta que tocaba en bailes y clubes. A ella seguiría otra orquesta formada por su yerno José Di Martino, notable violi­nista oriundo de Ve­nado Tuerto (Pcia. De Santa Fe) y radicado en Monte Grande. Actuaba en numerosas lo­cali­dades del conurbano y del interior de la Pro­vincia.

  Periodismo 

Tratándose de un pueblo chico, Monte Grande no tuvo un medio gráfico perma­nente que reflejase los acontecimientos po­líticos, sociales, deportivos  y culturales de su ám­bito. Empero, sorprende la buena can­tidad y variedad de publicaciones que inten­taron imponer una supervivencia. No faltan testi­monios de los que las conocie­ron y las leye­ron. Además, siempre descu­brimos a al­guien que guardó algún ejem­plar, o lo he­redó de sus padres o abuelos.
El primer periódico del que se tenga no­ticia, apareció entre los años 1908 y 1910 y se llamaba La Libertad. En ese último año, la parroquia local comenzó a publicar un se­manario con el nombre de El ángel del ho­gar.  Después salieron La Verdad, El Social y El Popular, este último  dirigido por su pro­pietario, de apellido Parker. Segui­damente aparecieron Crónica,  y Blanco, revistas que dirigió Pantaleón Álvarez Ávila e impri­mía un taller de imprenta que estaba en la calle In­dependencia, a media cuadra de Mal­vinas. En 1917 salió El dia­rito,  que era se­manario y de propiedad de Anseolmo Ra­mos.  En l9l9 volvió a apare­cer La libertad”,  esta vez diri­gida por el activo y múltiple Siro Petrazzini y en la cual apoyaba a la flore­ciente Unión Cí­vica Radi­cal. Por esa época también apare­ció Hojas Sueltas,  de Ma­nuel de Toro.  En 1925 nace La Reacción, perió­dico que fi­nan­ciaba íntegramente el doctor. Angel Rotta. Monte Grande,  otro pe­riódico, era dirigido por monseñor Ruiz y Emilio Ce­jaire, este úl­timo muy conocido por el apodo de El astró­nomo.  En la década del 40 salía Nuevos Rumbos , periódico dirigido por su propieta­rio el turco  Faiat en el que escri­bían algunos periodistas y escritores, entre ellos el cono­cido Esteban Gian­tomassi, de Tristán Suárez, que entre otras cosas publicó algu­nos frag­mentos y capítulos de su li­bro iné­dito sobre la historia del Partido de Esteban Echeverría y que vi en su domicilio en una de mis visitas para llevarle un óleo mío prome­tido desde hacía tiempo en nuestros en­cuentros como pasaje­ros del Ferrocarril Sud. Giantomassi, más adelante se­ría Jefe de Re­dacción del diario La Nación y Di­rector Artís­tico de Radio Splendid. Recién en la post­gue­rra, nace un diario de extensa vida y sin duda el más im­portante y estable en la histo­ria mone­gran­dina: La voz del pueblo, diri­gido por su pro­pietario Darcy Bickham, quien lo fundó el 6 de junio de l944.

        Religión

Considerando su escasa población, es improbable que en el pueblo y sus campos aledaños existieran otros cultos que no fuera el católico apostólico romano, here­dado de los colonizadores españoles. En muchas es­tancias tenían su pequeña capi­lla u oratorio con estatuas o imágenes re­ligiosas a la que asistían los dueños y per­sonal de la ha­cienda.
La primera iglesia de Monte Grande que está frente a la Plaza Mitre, se proyectó a fi­nes del siglo IXX, pero contenía demasia­dos detalles góticos que encarecían su construc­ción por la escases de medios téc­nicos y ar­tísticos locales. Se encargó su simplificación al arquitecto Vicente Seguí. Él mismo dirigió la parte fundamental de la obra. Los prime­ros 50.000 ladrillos los donó la familia Mo­rando, terratenientes del pueblo, que tenían horno de ladrillos en Tristán Suárez. Los promotores de esta construcción fueron Ni­colás Bruzzone, Pe­dro Reta, Herminio Constanzó, Manuel Ci­chero, Luis Guillón y otros. Bendijo el tem­plo el obispo de La Plata, monseñor Nepo­nucemo Terrero el 8 de diciembre de l905, siendo padrinos el Dr. Miguel García Ferná­nez y Angela Sanguinetti de Rocca. Orador fue Fray Modesto  Bocco, de la Orden de Santo Domingo. La casa pa­rroquial y la to­rre fueron construídos poste­riormente, contribuyendo para ello la señora Sofía T. de Santamarina, Enrique Santama­rina y otros. El armonio era ejecutado por la se­ñorita Ana Gotusso, a la sazón, y su her­mana Mercedes tocaba el violoncelo. La se­ñora Antonetta Giannetto de Perrone donó la pila bautismal, esculpida en autén­tico már­mol de Carrara.
El primer sacerdote fue el padre Pedro José Milano y la iglesia se llamaba origina­riamente Capillanía Vicaria. El nombre que aún posee, se le dio el 1° de enero de 1908 siendo nombrado cura párroco el R. P. Luis D’Ambrosio el l° de marzo del mismo año. Sucédele el padre Manuel Su­reda que, siendo poco activo e inconstante, fue des­bordado por las críticas y las quejas de los vecinos, siendo reemplazado por el presbí­tero Dr. Ernesto Félix Grondona. El altar de la Virgen fue donado por Manuel Cichero en 1913 y la Iglesia quedó total­mente termi­nada en 1918. El 13 de enero de l927 es nombrado cura párroco el pa­dre Orencio Mainer, el de más larga tra­yectoria en nues­tra capilla y el más querido por el pueblo. Falleció en el Año del Liber­tador General José de San Martín (1950), el 8 de enero, y, de acuerdo a sus últimos deseos, fue sepul­tado bajo el atrio.
El primer bautizo registrado en la Iglesia es el de Aurelio Martínez, hijo de Manuel Martínez, el primero de enero de l907, siendo cura el padre J. Milano. La primera boda se registra el 30 de marzo de l908 y fue el de Juana Tafferini y Alfredo Macchi.
Hasta la Segunda Guerra Mundial no hubo otros cultos religiosos que el mencio­nado, lo que no quita que hubiese profe­santes individuales que concurriesen a otros a la Capital Federal. Después de la guerra, con la afluencia de un aluvión de inmigrantes en nuestro pueblo, fueron sur­giendo otras ideologías religiosas, en su mayoría de ori­gen norteamericano como el de los Testigos de Jehová, Los mormones, y distintas va­riantes de origen evangélico.

              Antiguos vecinos

Sería difícil si no imposible escribir una lista completa de los antiguos vecinos de Monte Grande, la  cual, por otra parte, ocu­paría un espacio que no disponemos en un libro de recuerdos como el presente. Para una no­menclatura completa o casi completa, habría que recu­rrir a numerosos y viejos ar­chivos oficiales y de parroquias, en gran parte incompletos cuando no desapareci­dos.
Además, no sé para qué podría servir una lista semejante. De todos modos, en lo que lle­vamos escrito hasta el momento, más lo que falta, por una razón u otra, se men­cio­nan a muchos de nuestros viejos vecinos.

             ¿Sabés con quién me encontré en Plaza Mitre?

Por el año 1903, en un bohío del viejo Camino a Cañuelas, cerca del Arroyo Ramí­rez, vivía la Negra  Pilar, con su presunta sobrina, una muchacha rubia de ojos ce­les­tes. Pilar era una negra auténtica, pro­ve­niente del barrio de San Telmo, último re­ducto de los descendientes de los hom­bres de color de la época colonial. Ella re­cordaba perfectamente los tiempos de Juan Manuel de Rosas y le gustaba rememorar­los. Había hecho construir un modesto puentecito de troncos cerca del rancho, por el cual se po­día cruzar el Arroyo y por lo que ella co­braba unas monedas. Esta precursora del peaje, tenía siempre alguna minuta  o empa­nadas, e invariablemente buena cantidad de bebi­das alcohólicas como grappa, caña, gi­nebra y vino para los troperos que allí pasa­ban. A veces se im­provisaban guitarreadas y bailes frente al rancho.. Todos los que la co­nocían, le ce­lebraban el cumpleaños con asado, ca­rre­ras de sortijas, payadas, doma, baile. En una de esas domas se lució un fa­moso do­mador, Faustino Vidal, apodado El cue­rudo, en razón de que siempre iba con ro­pas de cuero. En uno de esos bailes, como solía ocurrir antiguamente, se suscitó una escena de celos por la sobrina   de  Pilar. Se armó una batalla descomunal entre dos bandos y por poco termina trágicamente. Evitó la tra­gedia el policía José Montene­gro, famoso por su valentía y su gran no­bleza, que logró im­poner orden y respeto. La Ne­gra Pilar fa­lle­ció en l913.
En cuanto al legendario y muy querido agente Montenegro, se cuentan muchas anécdotas de su vida. En­tre sus vivencias se sabe del famoso duelo que tuvo con un te­mible gaucho penden­ciero de apellido Ro­sa­les, que lo provocaba constante y siste­máti­camente, convocán­dolo a batirse a duelo con él. Al final, el inevitable combate se efectuó, resultando muerto el empeder­nido provoca­dor. Este valiente y no­ble poli­cía, que quedó en la memoria del pueblo como mo­delo de justicia y orden, falleció en 1908, y el puente so­bre el Arroyo Santa Ca­talina entre Guillón y Monte Grande, per­pe­túe su nombre.
El rengo  Villarroel, jugador y bebedor,  también tenía fama de matón y provocador. Andaba siempre en su  sulky, Lo odiaban y le temían y un rival lo ultimó de un balazo.
El Ratón,  de quien nadie recuerda el nombre, era muy conocido en el pueblo y sus pequeños ojos sugerían su parecido con ese roedor. Se lo sabía viviendo por Monte Chico y por supuesto, como todos los que venían de lejos, llegaban en sulky o a caba­llo, cuyas riendas enganchaban al palenque del negocio donde iba, aún en Alem.
Muy conocido era también un rengo apodado Barquinazo,  de quien tampoco se ha rescatado el nombre verdadero.
En Enrique Santamarina esquina V. Ló­pez, en la vereda y junto al cordón de ésta, donde ahora hay una farmacia - pero en esa época un baldío -, en tiempos muy le­janos había un pequeñísimo kiosco rodante - o mejor un mueblecito con unos anaque­les - que atendía un hombre llamado Ja­cobo, po­laco, que había perdido una pierna en la Primera Guerra Mundial. Lo atendía mañana y tarde sentado en su silla de rue­das. Vendía golosinas y cigarrillos. No ga­naba más que monedas, primero porque su stock  era li­mitadísimo, y segundo por­que la Ruta a la sazón era un Sahara. Se entretenía en tallar pequeñas esculturas de gauchos, indios y caballos, que eran ver­daderas obras de arte. El ocasional auto­movilista que pasaba por allí, más que com­prar algo del kiosco, se detenía a admirar esas obras. Le com­praba alguna por monedas. Las exhibía sobre una mesita plegadiza. Lo recuerdo como un hombre rubio, de unos 50 años. Pese a su humilde conocimiento del castellano, se ha­cía entender y era muy conversador y ocu­rrente. Vivía en una habitación que le alqui­laban unos paisa­nos, en una vi­vienda que quedaba más o menos a media cuadra de allí, digamos casi o donde ahora está el Banco Credicop. Una noche, entró a su pieza y lo asesinó de una puñalada un jo­ven com­patriota para ro­barle unos pesitos. Fue a principios de la década del 40, y el único asesinato que hubo en largos años.
Giovanín, era el único beodo conocido de esa larga época. Andaba a las pri­meras horas de la noche por Alem, ha­ciendo eses, pero no por la vereda (por no incomodar a nadie) sino por la calle, que como se puede imaginar cualquiera, en ese tiempo el trán­sito era casi nulo, cuánto más de noche). Giovanín Iba hablando y riendo solo. Hombre inofensivo y bonachón. Salu­daba  con pala­bras incoherentes y  son­riendo a todo el mundo.
Dolly Tabagnutti, actualmente jubilada, era cantante de jazz que acompañó a algu­nas orquestas de su época, entre ellas la de Tony Cefalí. Cantó en muchas emisoras y clubes. Vivía y vive en la calle Mariano Ale­gre por lo de Rita Brañas, que ni había nacido todavía. Éramos vecinos, casa de por medio de la familia Ciapponi.  Y mirá vos qué ca­sua­li­dad. Justo al lado de Dolly, vivía otra can­tante, Azucena Arias, intérprete del can­cio­nero gitano español, que actuó en pro­gra­mas de Jabón Federal en la entonces po­de­rosa Ra­dio Belgrano. Mirá vos: dos can­tan­tes viviendo una al lado de la otra. Poste­riormente Azucena se mudó y no supe más nada de su destino geográfico y artístico.
Pero el personaje más popular y que se lleva los laureles, - le digo a Juan Pueblo, - era Teresita Ortega.
¡Eh! ¡Pero me estás hablando de pa­labras mayores! ¡Teresita Ortega, la mujer más popular que tuvo Monte Grande en toda su historia!
La verdad es que merece que al­guien cuente su historia. Mirá JP: Siem­pre pensé en eso, pero, su magnitud poética y espiri­tual requiere una buena investigación y mu­chos conocimientos psicolológicos para ser lle­vada al papel, lo que requeriría un tiempo impensable. De momento, podríamos trazar  un sim­ple bosquejo de ella. Sin ser poeta, lo era por su carácter y espí­ritu. No necesitaba es­cribir versos porque poesía era su per­sona y sus actitudes, una angelical y eterna son­risa con ojos refle­jando eternas primave­ras y profun­didades celestiales. Eso era para todos. No fal­taba a ningún evento cívico o privado, siem­pre con su ramito de flo­res para obsequiar a la persona  homena­jeada o al personaje más importante. Y como era la primera en en­terarse de cualquier aconteci­miento, cuando se con­taba con la visita de artistas o personajes famo­sos, llevaba su conocido gran álbum de fotografías dedica­das y autógrafos con la ilusión de agre­garle algunos más. Una fiesta de casamiento, bau­tizo, cumpleaños o de lo que fuera, podía ser un fracaso sin su presencia. Escuché de­cir en más de una oportunidad: Bueno, mirá,  la fiesta era un velorio... ¡hasta que llegó Te­re­sita! Ale­graba y levantaba el ánimo al en­torno. Nadie como ella conocía mejor ambas ace­ras de la Avenida Alem por las que gus­taba pasear. Todos la saludaba: ¡Adiós, Te­resita!  Y ella no daba abasto respon­diendo:  ¡Adiós mi amor! ¡Adiós tesoro!
Vos me habías contado de la radio, de Hugo del Carril...
En la década del 40 yo escribía li­bretos radio­telefónicos y en una de esas lle­gué a Radio El Mundo, sor­prendiéndome al ver un gentío en la puerta y en hall. Supe por co­mentarios de los presentes que es­taba por llegar de un momento a otro el as­tro y cantante del momento, Hugo del Carril. Ense­guida llegó el popular can­tante acom­pañado por su esposa, la actriz Ana María Lynch. El ar­tista y su consorte, se encamina­ron hacia el interior de la radio acompaña­dos por di­rectivos de la misma que habían salido a la vereda a recibirlo. Y de pronto ¿no surge de entre el público Teresita con su infaltable ramo de flores y su álbum de fotos y autó­grafos? Sea que el artista ya la conocía y se acordó de ella, sea que le re­sultó simpática, se detuvo sonriente y con todo ca­riño le firmó una foto y tomó y agra­deció el ramo, que pasó a las manos de su esposa. No olvi­de­mos que en esa época, si bien el cinema­tógrafo era la apoteosis del arte audiovi­sual, carecía del espíritu vivo, permanente y coti­diano de la radiotelefonía, de ahí que los admiradores de los artistas se con­gregaran a las más variadas horas en las antesalas y los salones de las emisoras y hacían cola en la vereda para entrar. A partir de entonces, ya no me sorprendió ver a Te­resita en esa o en otras emisoras.
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Vida montegrandina

Durante las primeras décadas de este siglo y se podría decir hasta la construc­ción del Aeropuerto, nadie conocía Monte Grande más que nosotros y los pueblos de la zona sur de la Capital. Era un incipiente pueblito - casi aldea - silencioso, casi de­sierto, cuyos habitantes se movían como en cámara lenta. Pasaban años y años sin  novedades de trascendencia. Fuera de la llegada  del tren de las 17.50  y de la vuelta del perro de  la Plaza Mitre, no ha­bía otra oportunidad para ver y conversar con los convecinos. De vez en cuando se realizaba algún encuentro de­portivo, un baile o un casamiento. Excep­tuando las manzanas céntricas – que em­pero, tenía abundantes terrenos baldíos,- las viviendas y comercios estaban distanciadas entre sí, máxime teniendo en cuenta que muchas vi­viendas eran casas quintas, algu­nas habi­tadas y otras sólo ocupadas los fin de se­mana por familias porteñas. En el Pa­sado todos se saludaban, primero porque se conocían desde siempre y segundo porque era una época de mucha educación, lo cual no implicaba detenerse a conversar, salvo que fueran amigos o vecinos con los que ha­bía bastante conocimiento. Era muy difícil ver forasteros por el pueblo, a menos que fue­sen parientes de montegrandinos e iban acompañados de estos. En cuanto a los que tenían casa de fin de semana aquí, general­mente porteños, bien pronto se adaptaban a la tradicional costumbre del pueblo de salu­dar a todo el mundo.
De más está decirte a vos y a los lecto­res, que si me dieran a elegir entre el Monte Grande antiguo  y el actual, me quedo con el primero sin vacilaciones. Hoy, primero:  salís de tu casa y no sabés si vas a volver, no porque la abandonás a tu señora para esca­parte con una negra, sino por la delincuencia y los peligros del tránsito;  y segundo: por­que vas por el “centro” (Alem, Vicente Ló­pez, Dardo Rocha, Plaza Mitre, etc.) y cuando volvés a casa y te preguntan: “¿Viste a algún conocido?”, tenés que con­fesar que no, y es la pura verdad. Te da la im­presión de que ya no vivías en Monte Grande. Los anti­guos  montegrandinos no teníamos radio ni televisión, no teníamos gas natural ni en­vasado, no teníamos agua corriente ni arte­factos eléctricos para el hogar, no teníamos ni celulares ni computadoras, pero vivíamos mejor, una era apacible y no la ten­sionada, acelerada, estruendosa y conta­mi­nada del presente. Dejame.  
Siendo la radio y el gramófono los úni­cos medios mecánicos capaces de generar sonidos y voces, y no estando al alcance de cualquiera, la única posibilidad de escu­char música y canto era en vivo, ya fuera en casa de familia o algún evento en algún hogar o un club o el escenario del Cine Monte Grande. En este ultimo escuché cantar un bolero a un joven Víctor Morales y el tango Flor de alelí  a la adoles­cente señorita María Pagés (más delante señora de Matanza). También solía hacer algunos monólogos el único có­mico que tuvo el Monte Grande anti­guo, el joven Antal, hijo de dueño del restau­rante de Nuestras Mal­vi­nas esquina San Martín.
La cultura propiamente dicha era de bajo o escaso nivel, al menos la del ciuda­dano común. En materia musical, por ejem­plo, era utópico suponer que alguien tuviese discos de sinfonías u óperas, o al menos fragmentos interpreta­dos por los cantantes famosos de esa época, Enrique Caruso, Ma­ría Caniglia, Be­niamino Gigli, Tito Schipa, etc. Tanto en discos como en vivo, la única mú­sica conocida era la popular: tango, fol­klore y algunas piezas foráneas como bole­ros, pa­sodobles y foxtrots. 
La radio a galena, aparatito sencillo y de poco costo,  era muy común entre los po­bres. Las había muy rudimentarias, que sólo captaban una emisora (Radio Prieto o Radio del Pueblo) y muy sofisticadas con un se­lector que permitía sintonizar unas cuantas más. Se escuchaba con auriculares de avia­ción, de modo que si disponía de varios,  podían hacerlo otros tantos de la familia. To­davía los había en abundancia en Monte Grande en la década del 30.
Vos eras muy aficionado a la radio a galena, Primo. Según me contaste y según lo que leí en uno de tus cuentos de la revista “Taller”, la primera radio a galena que tu­viste te la construyó el genio de la electro­técnica de esa época y sin duda el primero que hubo en el pueblo, Víc­tor Liñan, que mu­chos años después monta­ría la primera fá­brica de tele­visores de nuestro medio, lla­mada Victorial. Acordate también que cuando íba­mos con otros pibes amigos (Se­bas­tián Sueiro, Fran­cisco Vig­nola, Macedo­nio, Melgar, Juan y Gaitán Muscolino, etc.) a pes­car mojarritas y pa­lometas al Arroyo Or­tega en el paraje de­nominado La Horqueta, más de una vez lle­vaste tu radio a galena que todos se dispu­taban por escuchar. En tu casa, acon­sejado por aficionados muy astu­tos, habías probado como antena y con éxito, el alam­bre de col­gar la ropa, el alam­brado del te­rreno y el elástico de la cama. Y también, (y esto fue un invento tuyo) en re­emplazo de la piedrita galena, que no siem­pre era fácil de conse­guir, habías lo­grado el mismo resultado utili­zando una ho­jita de afeitar oxidada. Por eso, en La Hor­queta, usabas de antena el alam­brado de la estan­cia El Triángulo que llegaba hasta allí.  Dije que íbamos a pescar, pero eso es un decir, porque jamás llevábamos un pescado de vuelta a casa. En realidad, se trataba más bien de un pic nic para pasar el día al aire li­bre... ¡como si no lo hubiera en el propio pueblo, que era puro aire y sol, silen­cio y paz! 
A la sazón no se conocían los peligros de índole delictivo. Se podía volver de Bue­nos Aires o de donde fuera a cualquier hora de la noche o de la madrugada, sin correr ries­gos de ninguna naturaleza. Era común que la gente dejara abiertas las ventanas de par en par en los meses de calor. Un agente de policía, en horas de la noche, hacía la ronda en cada zona del pueblo, dejando es­cuchar de tanto en tanto un ca­racterístico silbato que intercambiaba con sus pares de otro sector y que significaba: Sin novedad, todo en orden. Los robos y crímenes casi eran desconocidos. Podían transcurrir años sin que se supiera de un hecho de esa clase. Tal fue el caso del po­laco Jacobo, men­cio­nado más arriba. Accidentes mortales se re­gistraron al­gunos pero entre uno y otro ha­bía un es­pa­cio de años. Recuerdo los su­fri­dos por un amigo mío, Lear Ferreyra, que iba en bici­cleta por el Camino de Cintura y fue arrollado por micro de Transradio Inter­na­cional, em­presa en la que trabajaba su pa­dre y que en ese momento ¡iba en dicho mi­cro! Otro accidente mortal fue el su­frido por uno de los muchachos Odoricio.  Iba con su moto por Plaza Mitre y fue arro­llado por un auto­motor.  Un estudiante de Medicina, lla­mado  Hidalgo, que vivía en Al­vear y Uri­buru, con quien yo tuve cierta amistad y via­jába­mos juntos en tren du­rante añales, es­peraba el colectivo Cañuelas  en esa es­quina, cuando a un ca­mión se le rom­pió la direc­ción, subió a la vereda  y lo mató. Una es­pantosa des­gracia para sus padres que te­nían ese hijo y una hija mogólica me­nor. Un accidente mortal que pocas veces ocurre fue el que sufrió una chica ex compa­ñera de la es­cuela primaria (en la N°1). Un día de lluvia iba con paraguas y un rayo cayó sobre ella. El hijo menor de la familia Cama­riere (fabri­cante de mosaicos que aún existe en Ro­drí­guez y barreras del Ferrocarril,  volaba en una avioneta con dos jóvenes más y mató con ellos al estrellarse el aparato por la zona de Bernal. También perdió la vida el señor Ghelsi (no confundir con los Ghersi del vi­vero). Este hombre, a quien yo cono­cía de más antiguamente (éramos vecinos en La Colorada, por los hornos de los Amadeo), siempre andaba con su viejo automóvil, pero  últimamente se había afi­cionado a la moto. Conducía uno de estos diabólicos aparatos por la calle Vicente Ló­pez y fue arrollado por el mayor de los jó­venes hermanos Castro Huergo. 
Hubo dos suicidios. Uno en la década del 30 y otro a principios de la siguiente, en ambos casos, hombres.
No había villas miserias en Monte Grande en esa época, esto es, en el Pasado. Aparecerían muchos años  más adelante, primero en la zona pe­riférica de la Capital Federal, para luego ex­ten­derse en todo el Gran Buenos Aires. Los muy pobres de ese tiempo vivían en con­ven­tillos de Buenos Ai­res o en casas abandona­das y en ranchos del conurbano, pero en forma aislada y ca­sual, no formando barrios o vi­llas.
El trabajo era escaso en el pueblo, puesto que exceptuando el Frigorífico, Amat y FAPA, los negocios y talleres eran atendi­dos generalmente por sus propios dueños. Por ello el montegrandino deso­cupado debía buscar colocación en Lomas, Avellaneda o la Capital, donde con toda se­guridad encon­traba algo transitorio. Como en el pueblo to­dos se conocían, a nadie, por pobre que fuese, le gustaba  estar de brazos cruzados y que se dijera que era un holgazán. Ricos y pobres, debían estu­diar o trabajar por nor­mas ancestrales y porque cada uno tenía un alto concepto de su propia dignidad y la de su familia (igual que ahora).
La bicicleta tomó definitivo excremento... incremento quiero decir, en la década del 30. La primera que tuve, que por cierto no era una Legnano (la Roll Royce de las bici­cletas) sino una Balilla, de origen italiano también, por­que en esa época no se fabri­ca­ban en el país. La compré o me la compró mi pa­dre mejor, en Remedios de Escalada, a crédito, a pagar $2.-- mensuales. ¡Y ojo! Dos pesos de ese tiempo era una flor de cuota. Todos los fin de mes yo iba a pagar con la misma bicicleta, to­mando la Ruta 205 y luego Pa­vón. En esa fase esas rutas eran apenas tran­sitadas. Recuerdo incluso que había una lí­nea de  tranvía que hacía el re­co­rrido entre Plaza Constitución y la Estación de Tem­perley. Claro que el viaje demoraba una eternidad, ¿pero quién, a ver quién tenía apuro en esa época?
Nuestro Distrito tuvo muchos intenden­tes y comisionados con instintos totalitarios y arbitrarios. Baste mencionar un simple ejem­plo: Durante años, una bicicleta pa­gaba una patente (anual desde luego), sin la cual no podía circular dentro del Distrito.
¿Te acordás de la patente? Era una chapita de ojalata, con el número, el título “Municipalidad de Esteban Echeverría” y la colocaban en la bicicleta y precintaban en la propia Comuna. El pobre obrero que la usaba para ir a trabajar, no podía hacerlo si no tenía su patente al día. Dejame.
En otros Distritos, no se cobraba, por supuesto. Tarde o temprano, pues, el asunto debía ha­cer crisis. Siendo el nuestro un pue­blo tradicionalmente turístico, venían muchos porteños a su casa de fin de semana o a vi­sitar a sus pa­rientes. Entonces comenzaron las protestas ante el Municipio, y cada día más y más, hasta que éste no tuvo más re­medio que dar marcha atrás y eliminar ese impuesto... antes de que el asunto tomara trascenden­cia nacional.
Sí, avivadas como esa hubo muchas en la histo­ria de nuestros mandatarios verná­culos y desde siempre... ¡y aún en la actuali­dad!
Los bailes sólo se realizaban en los clu­bes (y más adelante en la Confitería Las Glo­rietas). En esta última había bailes los fin de semana, en tanto que en los clubes más es­paciados, una o dos veces por mes, excep­tuando en los Carnavales. Tanto a los bailes de clubes como en los de Las Glorietas las chicas (aún siendo mayores de edad) iban invariablemente acompañadas por una per­sona mayor de la familia o la parentela. En los clubes, cuando había bailes, lo más co­mún era que fuese toda la familia, incluso los chicos. Habría sido un verdadero escándalo que una chica, aún cuando fuese mayor de edad, fuera sola a un baile, a menos que fuera que, si iba con una amiga, ésta lo hi­ciera con sus padres u otros familiares. Los adolescentes no iban a los bailes antes de los 18 años. De noche, no se veían niños y mujeres solas por la calle, ni siquiera muje­res mayores de edad, a menos que fueran acompañadas por hombres mayores de edad.

   Los chicos juegan

En general, los juguetes y juegos de los niños eran los del denenti, el tatetí, la ra­yuela, el rango, el yo-yo, el barilete, el ba­lero; juegos y juguetes baratos y comunes. Pero no había ju­gueterías propiamente di­chas en el pueblo. Algunos de esos juguetes se conseguían en los al­mace­nes o librerías. Para algo especial y de calidad, había que ir a Lomas o la Capital. Los barriletes los ha­cían los propios chicos. 
Cuando empezaron a venir los diarios y revistas al pueblo, eran escasos los vecinos comunes que los compraban. Y si ello ocu­rría, se prestaban o regalaban una vez leí­dos. El Billeken  y Figu­ri­tas,  eran compradas por algunos chicos por su material didáctico, a veces impres­cindible para las tareas esco­lares. Las re­vistas de historietas eran muy buscadas y leídas – mayoritariamente de ga­rrón - por los chicos y los adolescentes. Se prestaban, pues como se ha dicho, no es­ta­ban al al­cance de todos. Se conocían Pato­ruzú,  El Purrete, Historietas, Pif Paf, Ra-ta-plan, Fenómeno  y una interesantísima por­que traía a la vez histo­rietas y novelas, éstas a razón de un capítulo  por vez: el Tit-Bits, El diario Crítica traía dos suplemento de histo­rietas por semana, en colores: los lunes, historietas serias entre las que descollaban Tarzán, Bug Rogers en la Tierra Perdida  y Jorge el Temerario; y los miércoles cómicas, donde se podía ver y leer a Los sobrinos del capi­tán, El vago Patagonia, El ratón Mickey, El Pato Donald, La gatita princesa, etc.
No había librerías sino de útiles escola­res. Los libros de cuentos, novelas y poe­mas, había que comprarlos en Lomas o en la Capital. Pero se leían libros prestados, o de la Biblioteca Bernardino Rivadavia, donde era posible encontrar una gran can­tidad de autores como Emilio Salgari, Ale­jandro Du­mas, Emilio Zola, Víctor Hugo, Paul Feval y argentinos como Hugo Wast y Manuel Gál­vez.
Dado que comprar novelas propiamente para damas no había, estaban las novelas por entregas, que sin duda veían a ser el equivalente de los culebrones televisivos de ahora para las amas de casa: temas senci­llos, de romances, sin grandes com­plicacio­nes ni profundidad. Eran correteadas por las casas por vendedores de las editoriales. Dejaba el primer capítulo - un fascículo muy bien presentado y con cubierta a dos o tres colores - que siempre terminaba con gran intriga para despertar el interés de la lec­tora: ¿Logrará el príncipe Nicolás entrar al palacio real para ver a la princesa Lidia, a pesar de las amenazas del Rey Gustavo?  Los siguientes fascículos, a razón de uno por semana, no eran más de cuatro páginas de pésimo pa­pel y la misma ama de casa debía recortar con el cuchillo, pues en rigor se trataba de una hoja de papel dos veces do­blada. Los títulos eran siempre tentado­res: El amor de un pirata //  El pecado de una princesa // La hija secreta de la empre­ratriz.  Todas las novelas por entrega, como los actuales culebrones y como radioteatro de aquella época, no terminaban nunca. Los hombres, que por supuesto no leían esas novelas, solían decir que las escribían los porteros de las editoriales. Los errores de ortografía y gramática, y las repeticiones o falta de frases o párrafos, eran habituales en todos los fascículos. Debido a la gran exten­sión de la novela, el ama de casa terminaba por suspenderla definitivamente. Pero eso no era un perjuicio para la Editorial porque entretanto, los vendedores ya habían con­se­guido más clientas. La señora que lle­gaba hasta la palabra Fin, como a los dos años, se hacía acreedora de un jue­guito de té o un reloj despertador a cuerda, lo que ya venía anunciado en la contratapa del primer fascí­culo.
Y estaba también el corredor de retra­tos al lápíz  (en blanco y negro) o al pastel (en colores), con su correspondiente marco, en los primeros tiempos en forma de óvalo, ver­tical u horizontal. Bastaba prestarle una vieja foto, aún de carnet. Eran ampliaciones he­chas por muy buenos dibu­jantes o pinto­res anóni­mos. Algunos de és­tos llegaron des­pués a salir del anonimato y a conver­tirse en fa­mosos artistas plásticos.
Revistas de radio, teatro y cine, eran Radiolandia, Antena    y Sintonía; de de­por­tes, El Gráfico;  y femeninas Para ti, Vo­so­tras, Damas y Damitas, Maribel. Apenas se vendían unos pocos ejemplares. Había re­vistas de interés general como Mundo Ar­gentino, Atlántida, PBT, Caras y Caretas y Leoplán. Esta última, con muchas páginas encuadernadas al estilo de los libros, aparte de una buena cantidad de artículos intere­santes de todo género, traía una novela fa­mosa completa en letra casi microscópica que durante su existencia, indirectamente, benefició a muchos ofmatólogos y ópticos. Para hacerse una idea del tamaño de esas letras tipográficas, téngase presente que en el N°1, apareció Amalia (de José Mármol) ¡completa! cuando generalmente la obra se edita en dos tomos y en letra bastante pe­queña también. Emisoras de esos tiempos eran Prieto, del Pueblo, Argentina, Fénix, Stendor, Excelsior, El Mundo, Splendid y Bel­grano. Eran popula­res las ra­dionovelas de Radio del Pueblo, que escri­bían Luis Pozzo Ardizi y Héctor Bates. Ville­guita, el popular locutor de esa radio, que probablemente te­nía un catre en la misma, estaba todo el día ante el micrófono y no sólo se encar­gaba de pasar los anuncios, sino que suplía a algún actor ausente, en radioteatro y en progra­mas cómicos como Alma­cén El Peso Justo. El actor más popular de esa radio era Rolando Cha­vez. En otras emisoras descollaban Me­chita Caus y Artuco Te­lesca, y en pro­gramas cómi­cos el más grande de los cómicos Luis San­drini, el dúo Buono-Striano, Félix Mutare­lli, etc.  Las princi­pales radios porte­ñas te­nían progra­mas culturales en las que se pre­sentaban en vivo or­questas, concer­tistas y cantantes líricos de fama internacio­nal.
A la tardecita, los chicos jugaban en las veredas, los jóvenes andaban en bicicleta y la familia tomando mate en la puerta de ca­lle, a veces compartiéndolo con los vecinos. La vida, en la dé­cada infame, era cara y sin duda más que ahora. Pero nadie tocaba el tema que segu­ramente se daba como una decisión del destino y natural por el hecho de que siem­pre hubo y habrá ricos y pobres. Por esa ra­zón los pobres no envidiaban ni detestaban a los ricos. No se conocían tér­minos como carestía de la vida, inflación, sueldo mínimo, retroactividad, plus salarial, precios máxi­mos, salario de bolsillo, plazo fijo, dólares, ingreso bruto per cápita.  En la casi totalidad de los casos, ricos y pobres, sólo trabajaba el jefe de familia y había que ajustarse al presupuesto que implicaba el sueldo de aquél.
No habiendo aún radio en las casas y tampoco libros o diarios y revistas que leer, por la noche se jugaba a las barajas, y el juego se hacía más extensivo cuando había visitas y al día siguiente era domingo o fe­riado. El truco, tute cabrero, chinchón, es­coba de quince, eran los juegos de naipes más comunes.
Los cigarrillos populares eran de marca Condal, Gavilán, Winchester, Particulares, Fontanares, 43 y Barrilete, este último con la par­ticularidad de que el paquete se abría como un libro, pues tenía dos cuerpos. Al­gu­nas marcas, como Condal, daban la po­si­bili­dad de ganar un premio, que era un reloj de bol­sillo o de pulsera, que en esa época no es­taban al alcance de cualquiera. Algunos hombres de la tercera edad fuma­ban unos cigarros de hoja fuertísimos, como los Avanti  y Regia Italia.  Unos últi­mos, también mayo­res, fumaban en pipa el fuertísimo tabaco La hija del toro.
Yo conocí y vos también me imagino, a ancianos que masca­ban frag­mentos de un cigarro de esos ciga­rros como si fueran chi­cles.
Sólo los pudientes se afeitaban en la peluquería. Se utilizaba la navaja de acero Solingen, pero había que ser muy diestro para manejarla sin cortarse la cara por todos lados. Por suerte en la década del 30 se po­pularizaron las hojas de afeitar  Gilette, Le­gión Extranjera, Sarita, Boina Blanca y Pal.
Las peluquería para damas no existían en Monte Grande. Algunas, desde luego las pudientes, recurrían a la Ca­pital. Las mujeres intercambiaban su habilidad para cortarse mutuamente el pelo, hacerse ondas y rulos con procedi­mientos y utensilios baratos o caseros. Siendo época de Shirley Temple y Claurette Colbert, las niñas, seño­ritas y se­ño­ras se ondeaban o rizaban el cabello. Por la misma ra­zón antes apuntadas, no había te­ñido de ca­bello, pues no se conocían ni ven­dían aquí pro­ductos para ello.
Cualquiera no se podía hacer un traje de medida en lo de Molé (único sastre del pue­blo), no porque fuese carero, sino por­que resultaba mucho más económico comprarlo de confección, pagándolo en cómodas cuo­tas y recurriendo a casas de la Capital como Al­bion House, La Mondiale, Braudo, El Co­loso, Muro, Casa Muñoz (Donde un peso vale dos, popular slogan éste inventado por Silvio Spaventa, actor del radioteatro de esa firma). Los jóve­nes vestían con cami­seta, camisa y pantalón, calzando zapatos o za­patillas. Traje - que no todos tenían con la posible excepción del traje dominguero - no tenía cualquiera; se cuidaba como una joya, y usaba para ir al cine, al baile, salir de pa­seo o de visita. El empleado de oficina sí, te­nía  que ir de traje y corbata. El hombre usaba som­brero, cabello corto y peinado a la gomina para ir al tra­bajo o salir simplemente a la calle. En su bol­sillo, llevaba el in­faltable peinecito  por si despeinara al quitarse el sombrero. Hasta principios de la década del 30 también se usó el rancho  que era un sombrero de paja. Pero los jóvenes deja­ron de usar som­brero en la década del 20 y en la del 30. En adelante irían con la cabeza descubierta, peinados a la gomina desde luego, bien re­cortado el pelo y afeitados. Al­gunos usaban boina, es­pecialmente el ope­rario y el peón de campo.
Los domingos, bastantes niños y jóve­nes de ambos sexos iban al cine, muchos de ellos con familiares. Por la tarde, el que era socio, podía al club. A veces había al­gún partido de fútbol o de basquet.
La pelota de fútbol Nº 5, que es la pro­fesional, era el sueño imposible de miles de chicos, por su alto costo. Por eso el niño afortunado se podía conformar con una Nªl, la más chica. En esa época, las pelotas de fútbol no eran tan esféricas como las que saldrían más adelante. El balón tenía ojales y un cordón  de cuero también, con el que se cerraba esa especie de braga. Al inflar el blade goma del interior y cerrar el orificio con el cordón, había que introducir las pun­tas al interior para que éstas no molestaran ni se desataran. Allí quedaba como un chi­chón, de ahí la imposibilidad de que la pelota fuera perfectamente redonda. Mucho tiempo después un argentino in­ventó la pelota mo­derna como se la conoce en la actualidad, sin esas complejidades, que se infla por un pequeño orificio y el balón queda perfecta­mente esférico. Y vol­viendo al precio de la pelota de fútbol de esa época. Debía ser muy elevado para que en muchos concursos de marcas co­merciantes, el primer premio fuese ¡una pelota de fútbol Nº5! Los choco­latines Ke­lito, Godet y Nestlé, hacían esos concur­sos. Cada chocolatín traía una figurita. Había que llenar un álbum que daba la firma, con todas las figuritas para hacerse acree­dor al premio. De la gente antigua, ¿quién no se acuerda de la famosa figurita del Tu­cán,  que era la más difícil de conseguir? Casi to­dos lograban llenar el álbum, pero les fal­taba el Tucán para ganar. Los premios de esa época podían ser también un monopatín, un par de patines, una pelota de fútbol,  o una muñeca en el caso de las niñas.
Sentado en un banquito plegable y ante un caballete también plegable, estaba pin­tando un artista en la calle Esquíú, a unos cien metros de Malvinas, de manera que aquél captaba parte de la primera arteria, parte del parque y del fabuloso palacio de La Antonetta. Era en otoño, la época prefe­rida por los pintores por la variedad de ho­jas en todos los tonos: verde, amari­llo y ocre. Nos acercamos varios chicos a mirar. Así su­pimos que el artista era cordobés y había venido atraído por co­mentarios de tu­ristas que lla­maban a nuestro pueblo La Córdoba chica.
Sí, en esa época lo era, y nos consta a ambos, pero no se podría decir lo mismo hoy, con el smog y las más variadas formas de contami­nación. Dejame.
Para los chicos, los adolescentes y los jóvenes, ir a Buenos Aires era algo muy ex­traordinario y siempre soñado. Llegar a Constitución era como para un marino ba­jar a tierra. Saliendo por la izquierda  - a la calle Lima - o por la derecha  - a Hornos - uno se encontraba con una cantidad de negocios donde podía comprar de todo. Era común ver a gauchos por allí con bom­bacha y boina. Sobre Lima y hacia la dere­cha, uno conocía La Preferida, librería donde era po­sible conseguir cualquier libro y de ella éra­mos clientes muchos estu­diantes secunda­rios. Ya no sólo los niños sino más de un es­tudiante secundario era acompa­ñado de su padre o su madre.
Los montagrandinos en esos lejanos tiempos, tenáimos el complejo de vivir lejos. Y lejos debía ser (y sigue siendo), pues en los empleos capitalinos, siempre algún com­pa­ñero bromeaba preguantando: “¿Monte Grande? ¿pero dónde es eso? ¿y dónde de­jás el ca­ballo?” Y no exageraban. Nadie co­nocía ni de nombre a nuestro pueblo y ade­más, más de un empleado u operario que trabajaba en la Capital, a la tardecita o a la noche (según su horario de regreso) un fa­miliar lo estaba esperando en la Esta­ción con el sulky.
Monte Grande, no nos engañemos, em­pezó a conocerse en el ámbito nacional ¡y hasta internacional! gra­cias al Aeropuerto, o sea, indirectamente, gracias a Perón. Te lo dice “muá” y a vos te consta que soy apolí­tico, lo que no me impide ser ecuánime.
Aparte de su buen clima y aire puro, Monte Grande atraía por su gran limpieza y orden, todo lo cual va cambiando a princi­pios del Presente. Aparecieron las pri­me­ras ferias. La primera se estableció en la ca­lle O. Petrazzini, desde la propia Esta­ción hasta la barrera de Dorrego. Tiempo des­pués fue erradicada a otros barrios.
En el Pasado se veían vendedores am­bulantes con carros o canastas que tim­brea­ban o pregonaban su mercadería: fruteros, artículos de mercería. Llegaban incluso ca­rros tirados por mulos de Panifi­cación Ar­gentina, que procedían de Lomas de Za­mora. Había un  turco  famoso en las estan­cias y chacras de las periferias, que iba con su carro en el que llevaba toda suerte de ropa y artículos de mercería. Se llamaba Sa­lomón Alegre y hacía honor a su apellido porque era simpatiquísimo y siem­pre estaba de muy buen humor. Muy inteli­gente, para no ser inoportuno, Iba a cada finca una vez por mes.
Merece mi recuerdo Salomón Alegre, porque nos  proveía de ropa, servilletas y repasadores, “bañuelos, beines, beinetas”, medias, etc. cuando vivíamos en el campo. Fue el que me vendió (en cuotas desde luego) mi primer traje de pantalón largo, color ma­rrón claro, que por supuesto eligió él a su gusto (y a mi gusto) en su pe­queña tienda que estaba frente a la Esta­ción de Ezeiza y atendía su se­ñora.
Se podía dejar la bicicleta en cualquier parte sin correr peligro alguno de que se la robasen. La cadena y el candado, de rela­tiva seguridad, aparecieron en el Presente.
Aunque nuestro Pasado no era vivir en la gloria, esos tiempos eran mejores que los actuales, ¿qué querés te diga? A pesar de que la gente tenía los mismos o más pro­blemas que ahora, vivía tranquila y feliz. Prueba de ello es que alguien inventaba al­guna palabra o frase cómica, todos lo repe­tían. ¿Te acordás cuándo estaba de moda eso de “¿Sabés que le dijo....?”, o “¿Sabés cuál es el colmo de...?” Cuando pasaba de moda una de esas series, inventaban otra. Bah, no inventaban nada. Eran importadas de la Capital.     
Cuando empezó a popularizarse la ra­dio, como ocurrirá décadas después con la televisión, los aparatos eran muy costosos. Los primeros tenían la clásica forma de cate­dral y como pocos eran los que podían com­prarla al contado, se vendían a plazos.  La primera que hubo en casa, ya no tenía esa forma sino rectangular y era mucho más pe­queña. La compró mi padre a pla­zos y re­cuerdo que no se perdía los infor­mativos de la Segunda Guerra, que daban a medio­día.
Y siguiendo con lo que decía antes so­bre los tiempos Pasado y Presente, estaba pensando que en el Futuro, los que ahora son chicos, serán  Pami como nosotros y añorarán ¿sabés qué? Precisamente los detestables tiempos actuales, porque para ellos será su Pasado, o sea su dulce niñez, su desorientada y alegre adoles­cencia y su seria juventud. A la vez, ellos criticarán las costumbres de las nuevas épocas y dirán: “Tiempos eran los antiguos de cuando yo era pibe, adolescente y joven... Era otra cosa. Había más respeto. Ahora es un asco.”

    Resumen

La historia local se puede resumir en pocas palabras y es mejor que lo haga yo, Primo, porque si no, me vas a escribir de nuevo todo el contenido del libro. Mirá qué fácil lo hago yo: Descubrimiento, conquista y colonización de nuestro país. Repartija y venta de tierras a trochi mochi. Una Firma adquiere las que hoy forman nuestro pueblo y Distrito. Tras obtener su independencia ju­risdiccional, en el Distrito  se sucede una larga lista de comisiona­dos o inten­dentes (la mayoría nombrados a dedo o sur­gida de “sospecho­sas” votacio­nes que en realidad eran “bota­cio­nes” porque se botaban a la basura los vo­tos de los contrarios), hasta llegar a la ver­dadera libertad y democracia. El único hecho revolu­cionario de trascenden­cia que registra Monte Grande y su zona, fue la cons­trucción del Aeropuerto. Y por úl­timo, honramos la memoria de Esteban Echeverría con una puerta  que perteneciera a su más acé­rrimo ene­migo Juan Manuel. 



   Apéndice Literario


Se incluyen algunos cuentos con perso­najes y escenarios de Monte Grande, los cuales, excepto el primero,  fueron publica­dos después de terminarse el texto formal de este libro, en la Revista de Artes y Letras Taller.

El día de un montegrandino en 1935
              (testimonio real)

Yo, Antonio Acevedo, chaqueño de pura cepa y a mucha honra, era oriundo, y los oriundos ¿viste? agarrábamos cualquier tra­bajo. Por suerte, aunque no conocía a nadie porque era oriundo, en­contré trabajo como peón en el horno de la­drillos de los buena­zos Ama­deo, allá por La Colorada y Ramón Santa­marina, que en el 35 eran de tierra y en muchos sectores es­taban semi­nundadas y se veía crecer juncos y yu­yos de toda es­pecie, ¡hasta achiras!, ¿viste? El trán­sito que había por esa zona era nulo. Podía verse, con espacio de una hora, algún sulky o carro o jinete a ca­ballo. Los que vivían por ahó o llegaban de Canning por La Co­lorada y que­rían ir al centro de Monte Grande, su­bían por Ramón Santama­rina (si no estaba muy inun­dada por des­borda­miento del arroyito) y y llegaban a la Ruta 205 (donde está el pór­tico de La Sofía), pues desde allí hasta Plaza Mitre por lo me­nos había un asfalto, si bien  barato y res­quebrajado. Si se seguía por La Colorada hasta Alem Doble era mu­cho pior (sic) por­que como esta última es­taba tam­bién sin pa­vimentar, el camino se hacía más largo y difí­cil hasta Plaza Mitre. En otoño e invierno, por las lluvias, Ramón Santamarina era casi in­transitable, debido al barro y las profundas huellas que dejaban los carros. Y fijate vos que por esa calle y por La Colorada bajaban desde Monte Grande obli­gadamente los co­ches fúnebres (carrozas de tracción a san­gre) que iban al Centemerio (sic) y más de una vez, y eso lo puedo jurar por la me­moria de mi santa ma­dre porque lo vi yo mismo, en los zanjones y charcos, el vehículo  se tum­baba o encajaba y el ataúd se iba a incrus­tar en un lodazal. El pueblo se cansó, du­rante añales en pedir al Municipio que as­faltaran desde La Sofía hasta el campo­santo aunque más no fuera con un mejo­rado, pero las au­toridades... ¡como si oyeran llover!
En el horno se trabajada diariamente desde el lunes a primera hora, hasta la úl­tima hora del sábado. Los domingos no. Los peones que vivían muy lejos de sus casas, se quedaban a dormir allí toda la semana, en un gran galpón de material de los Amadeo. Nos cocinába­mos nosotros mismos. ¿Y qué se podía cocinar? Lo más fácil y rápido: asado, y a veces un pu­chero, o tallarines.   Vino, había que tomar con mucha pruden­cia (apenas medio vaso con agua) para des­pués no tener proble­mas con el trabajo. Los domingos no se cocinaba por­que todos iban de visita a sus casas, ya fuera a Guillón, Ezeiza, o bien al campo. En mi caso, como era soltero y no tenía a nadie (porque ya dije que era oriundo, y mi do­micilio estaba en el mismo horno), apro­vechaba para le­vantarme un poco más tarde. Des­pués me tomaba una buena pava de mate y galleta criolla, y me iba a caballo a Monte Grande. Había unos cuan­tos caballos a elegir y está­bamos auto­riza­dos a usarlos. Ataba el flete al palen­que del café Ideal,  y ahí seguro me encontraba con conocidos y me enteraba si había un partido de fútbol  (que en esa época se es­cribía fo­otball ) o al­guna carrera de bicicle­tas, o de sortijas, algo así.  Si ha­bía, allá me iba a mirar, aunque no inter­venía en nada de esas cosas. En Alem existían va­rios terrenos baldíos y ahí podías de­jar el caballo, el carro o el sulky, que nadie te los iba a robar. No había trabajo en esa época. Gracias que yo tenía en lo de Ama­deo.  Pero nadie que­ría quedarse con los brazos cru­zados. En úl­timo caso, hacía cual­quier changa, por poco que le pagaran. El hombre tiene que trabajar por­que esa es la ley de la vida. ¿por qué no va a trabajar si los pobres animales lo ha­cen? ¿no trabajan las hormi­gas, las abejas, las liebres, y hasta los po­bres gusanos? ¿buscarse la comida, que no es fácil para ellos, no es trabajar? ¿O no? ¿Entonces por qué el hombre no va a tra­bajar? ¡A mí se me caería la cara de ver­güenza vivir sin trabajar! Bueno, ahora no puedo trabajar porque es­toy reviejo y reju­bilado.
Sí, estaba contando... Bueno, el día do­mingo. A mediodía me comía un sangüiche en ese mismo café Ideal y después, como reza el viejo dicho: Adonde va Vicente, va la gente.  A escasas cuadras del centro  del pueblo, a veces había algo para ver: un par­tido de fút­bol aunque fuera de los pibes, una carrera de algo, aun­que sea de embolsados. Al cine no iba nunca porque ahí uno tiene que ir presentable, no como iba yo con bombacha, alpargatas y boina,  y a veces sin afeitar. Como todo oriundo, no tenía traje domin­guero. ¿Y con qué lo iba a comprar?
Por ahí no había nada importante en el pueblo, que era lo más común. Entonces me volvía al horno para hacerme una buena siesta. Pero a la tardecita, se me daba la loca, volvía otra vez a Monte Grande y de nuevo al café, o al otro café, también de Alem, que en este momento no me acuerdo cómo se llamaba. Y si no, en vez de venir al pueblo, ¿sabe adónde iba? Al almacén de Partini en La Colorada y Colón. Como ahí ha­bía bar, cancha de pelota pared y de bo­chas, siempre me encontraba con un montón de paisanos de la zona, casi todos conoci­dos y la mayo­ría oriundos como yo. Ahí sí me po­día entre­verar jugando a algo, aunque fuera a las ba­rajas.
Casi anocheciendo, regresaba al horno. Era seguro que al­gunos compañeros ya ha­bían vuelto de sus lejanas casas. Otros, como yo, que andaban por ahí, llegaban más o menos a esa hora. Ahí hacíamos una buena mateada general, y cada uno contaba las buenas o malas novedades de su fami­lia:. Que el mes que viene se casaba una her­mana o una prima. Que la madre andaba mal del hí­gado. Que habían venido de visita unos parientes de Cór­doba y se quedaban como quince días. Y cosas por el estilo.
Más tarde se cenaba algo y a la cucha porque al día siguiente, lunes, había que madrugar.
Conté lo que hacía un do­mingo un montegrandino como yo, que encima era oriundo. Los días de semana no interesan porque los pasába­mos meta hacer ladrillos, co­miendo y dur­miendo. Bueno, esa era la vida de un montegrandino y además oriundo. Después, pero mucho más ade­lante, sin dejar el horno, me casé con mi actual esposa, tuve hijos, nietos ... pero us­ted dice que eso no va.

 La Benefactora de la Humanidad

Valeriana Zanlichuk, conocida como La benefactora de la Humanidad, vivía y ha de vivir aún en las afueras de Monte Grande, más exactamente en el barrio 9 de Abril. Nunca supo su verdadero origen - ni ella misma - porque siendo beba y huérfana, fue adoptada por un matrimonio ucraniano sin hijos que le dio nombre y apellido. Sin ser ni haber sido nunca linda, era toda simpatía y amor, y en su amplia y crónica sonrisa, atraían la perfección y blancura de sus dientes. Cara li­geramente redonda, con piel trigueña. Gran­des ojos azules. Sus cabellos, rubios y bre­ves. A primera vista, afloraba en sus pronun­ciados rasgos una segura ascen­dencia es­lava.
Viuda y sin hijos, vivía modesta y cómo­damente en su casa propia, que construyera en vida su consorte, un fino albañil italiano. Ella se había jubilado tiempo atrás como empleada de un Ministerio - en el que era una de las encargadas de los baños de las damas,-  contando, además, con la pensión del finado esposo. Y siendo una excelente administradora, no sólo vivía desahogada­mente, sino que, sin sacrificios ni privacio­nes, lograba ahorrar la mitad de sus ingre­sos. Pero se le estaba haciendo difícil vivir feliz entre tanta gente repobre en su vecin­dario, detalle éste que empezó a perci­bir en su verdadera profundidad cuando ya jubi­lada, dejó de viajar a la Capital y su mundo se circunscribió al barrio. Antes, y du­rante treinta años, salía de noche por la ma­ñana y volvía también de noche. Y por lo ge­neral, en Plaza Constitución compraba algu­nos ali­mentos para preparar la cena. Algo, espe­cialmente el pan, solía comprar el ma­rido, si llegaba temprano a casa.
Valeriana se sentía en la obligación mo­ral de hacer algo por las familias más nece­sitadas del barrio, y fuerza y energía le so­braban. Cada vez que lograba ahorrar un poco de din ero, hacía un gran pedido de ali­mentos imperecederos a una casa mayorista de Lomas y los repartía personal­mente a la gente necesitada del barrio. A alguien se le ocurrió llamarla La benefactora de la huma­nidad. En rigor, eran pocos los que sabían o les im­portaba averiguar su nombre de pila y me­nos su complejo apellido. Y el apodo, que no era irónico sino sincero, espontáneo  y bien merecido, le quedó como nombre, si bien, por razones de comodidad, todos lo simplifi­caban con el de Benefactora. Enton­ces todos estaban con  ¡Benefactora! de acá,  ¡Bene­factora! de allá, y a ella encan­tada, porque eso sonaba a música celestial en sus oídos, y se hubiera dicho que engor­daba un kilo cada vez que lo escuchaba.
A veces, como por H o por B necesitaba escribir o contestar alguna carta - con mu­chos errores pero ingenuamente espontánea y sincera, - y le parecía que a mano no que­daba tan linda como a máquina, se compró una Olivetti de segunda mano en una casa de compraventa de la calle Libertad. En una imprentita que funcionaba en una casa parti­cular al lado del poeta y artesano Arturo Mu­niagorry (El Gordo Arturo), en Guillón, en­cargó un buen block de papel carta con un logotipo que representaba un corazón que destellaba como un radiante sol, y debajo, su nombre completo y el subtítulo Benefac­tora de la humanidad, a lo que seguía su di­rec­ción. Teléfono no, porque en esa época la empresa era del Estado, y no tenía líneas disponibles ni siquiera en la Capital, y ni si­quiera para los profesionales, aún cuando ofrecieran una coima a algún funcionario in­fiel.
Como su ayuda humanitaria se iba ex­tendiendo a otros barrios vecinos y no le al­canzaba el tiempo para dedicarse a su tarea humanita­ria y como por otra parte, sus aho­rros no cubrían las necesidades de tantos pobres, hizo varias reuniones con algunas señoras que como ella, sin estar en buena posición económica, no pasaban necesida­des y tenían también sentimientos humanita­rios. Eran mujeres de pequeños comercian­tes de la zona que la ayudaban con gran entusiasmo. Aparte de alimentos imperece­deros que la Benefactora financiaba hasta donde le era posible, pedían a los vecinos pudientes y a los comerciantes, aceptando también ropa, colchones, calzado,  artefac­tos del hogar - usados por supuesto, - pero todavía en funcionamiento.
Por inspiración de algunas de las carita­tivas colaboradoras, en más de una oportu­nidad aquellas y Valeriana fueron al Munici­pio para hablar con el Intendente de turno y ver si conseguían una colaboración oficial, ya fuera en dinero, alimentos o ropas para am­pliar la ayuda a otros necesitados, pero al saber el motivo de la visita por la secretaria, ale­gando un pretexto u otro, jamás las reci­bían. Entonces, cuando de esto se fueron enterando algunos políticos locales, la iban a ver para ofrecerle las dona­ciones que nece­sitaba, a  cambio del apoyo de sus barrios en las próximas elecciones para Intendente y concejales. Pero la Bene­factora no era tonta: inmediatamente los descorazonaba, aclarán­doles que en su obra humanitaria nada tenía que ver la política. 
Después de unos años, recibió una carta del Intendente  de turno en la cual la citaba al Municipio para tal día y a tal hora a efectos que se le iba a informar. Se sintió muy amargada, humillada, y sorprendida a la vez, al ver que debajo de su nombre, habían omitido mencionar lo que consideraba un tí­tulo honorable, el de Benefactora de la Hu­manidad, que le diera el pueblo y con el que era conocida en todos los barrios de 9 de Abril. Cuando fue al edificio comunal, en Mesa de Entradas, le entregó la carta a la recepcionista diciéndole: Me ha citado el se­ñor Intendente. Dígale que dije yo: "Señor Intendente, acá está la señora Valeriana Zanlichuk, Be­nefactora de la humanidad, que entre pa­réntesis usted olvidó de poner en la carta". Dígale así nomás, de mi parte, si me hace el favor.
La empleada, que se estaba sonando la nariz y hablaba con voz de resfriada, la miró sorprendida y respetuosamente. Después le dijo: Mire, vaya con esta misma carta a la oficina que está allá al fondo, a la derecha, donde dice Sociales, y ahí se la entrega al señor Benítez., ¿se va a acordar, Benítez, o quiere que se lo anote en un papelito?
 En el lugar indicado, la atendió una empleada a quien Valeriana entregó la carta diciendo: Soy Valeriana, la Benefactora de la humani­dad, y vengo a verlo al señor Benítez. La chica la miró con respetuosa sorpresa, ro­gándole que aguardara un momento, de­sa­pareciendo luego por la misma puerta que había salido y que volvió a cerrar detrás suyo. A los pocos instantes salió el señor Benítez con la carta en la mano, y mirándola entre asustado y respetuoso, susurró como si estuviera en una iglesia: Usted es la Be­nefactora de la humanidad? Venga, señora, sígame. La condujo al despacho de la má­xima autoridad del Distrito, tras lo cual se retiró. 
El Intendente se levantó de su escri­torio y con la mano tendida fue al encuentro de la visitante. Mientras se sentaba a indica­ción del funcionario, ella tuvo la vaga sensa­ción de que conocía de algún lado y de al­guna ocasión a ese hombre de repudiable  bigo­tito recortado con geométrica perfec­ción. “¡Señora Benefactora de la Humanidad! ¿Vio que me eligieron Intendente sin los vo­tos de su barrio? - terció  él aludido sonriendo pero sin el menor asomo de sorna; por el contra­rio, lo hizo en tono de amable y familiar complicidad, al tiempo que retomaba su asiento.
Ahí sí, como es natural, ella recordó que el hombre era uno de los tantos que la fue­ron a ver con intereses políticos. Él empezó a decir con voz pausada: Pero yo no la ci­taba por eso sino por otra cosa, señora. El Municipio ha firmado un convenio con Bie­nestar Social para que en nuestro Partido hagamos precisamente lo que usted hace desde hace varios lustros con humanidad, patriotismo y probado desinterés”.
Ella lo miraba con insistente curiosidad, sin duda pensando a qué quería llegar el Intendente con ese preámbulo. Él no le hizo esperar mucho el motivo de su citación y le dijo:   Ahora no se trata de una cuestión po­lítica, sino de una resulución del gobierno. Hay que ayudar a los necesitados, que era la filosofía de nuestra gran Evita. El Municipio de Esteban Echeverría creará una secretaría que se va a dedicar precisamente a eso. Y no ha de haber en el Distrito muchas perso­nas nobles, honestas  y desinteresadas como usted para ser la Directora de este plan social...
Allí calló y se quedó mirándola, espe­rando una favorable reacción de la señora.
La Benefactora se quedó petrificada de sorpresa. Quiso responder algo, pero los sonidos se le trabaron en la garganta y presa de una intensa emoción, estalló en llanto, con gran perplejidad del funcionario, que tras un momento de zozobra, que se puso inmediatamente de pie y fue hacia ella para tranquilizarla. Después le fue expli­cando algunos deta­lles: Usted tendrá su sueldo, su oficina, con su correspondiente teléfono, su secretaria, algunos empleados. Como ya está muy prác­tica en esta tarea, sabe cómo debe hacerse con eficacia y equi­dad para evitar los abusos y las “avivadas” de los inescrupulosos...
Sí, no. Pero el sueldo yo lo voy a donar a la misma obra que vamos a hacer, puesto que yo voy a trabajar ad honorem...
Él hizo un gesto como significando: ¡Ah, eso es cosa suya!

    La diva

En mi pubertad - por la década del 30 - vivíamos por La Colorada, a la altura de Ra­món Santamarina, ambas sin pavimentar y ni siquiera nivelar, que en tiempos lluviosos se convertían en inmensos y desalentadores la­gunas y lodazales imposibles de transitar con automotores, de ahí la ventaja de dispo­ner de un sulky, un carro o un caballo... o de un viejo Ford como el del señor Kern, el dueño de la casa quinta Los Tréboles  en la que mi padre se encargaba de hacer las ta­reas rurales.
Con ese coche - que ya era viejo en ese tiempo, - su propietario nos llevaba a diario a los chicos de la casa - los suyos, y mis hermanas y yo - a la escuela a Monte Grande y a la salida, con su paciencia francis­cana, nos pasaba a buscar. Para su pode­roso vehículo, casi equivalente al jeep que des­pués salió a raiz de la Segunda Guerra Mun­dial - no había barro ni inundación que le impidiera llegar al pavimento, a la Ruta 205, más precisamente hasta el portón de la Es­tancia La Sofía. Y una de las satisfacciones del mencionado era sacar del apuro a cual­quier otro automotor que tenía la mala suerte de encajarse en ese trayecto. Por eso y por otros tantos favores que hacía desinte­resadamente a sus vecinos, estos lo llama­ban El Gaucho alemán.
 Él era propietario también de otro co­che, un cómodo y casi flamante Auckland con el que salía con su familia los domingos para visitar a sus amistades montegrandinas o parientes de la Capital, siempre y cuando no lloviera o no hubiese llovido en la víspera, en cuyo caso, como era natural, recurría al viejo Ford provisto de pantaneras.
A la sazón, a lo largo de La Colorada y Ramón Santamarina  había estancias, cha­cras y casas quintas, con excepción del viejo almacén de los Pardini. La mayoría de las calles que se cruzaban con esas arterias sólo existían en los planos municipales, por­que como no se necesitaban, en la práctica, transitoriamente se las anexaban las fincas vecinas para el pastoreo de vacunos y equi­nos, o cualquier otro uso  rural. No había alumbrado público en la zona, de modo que de noche la oscuri­dad era completa, a me­nos que se circulara con un automotor o con un vehículo de trac­ción a sangre cuyo farol a kerosén diera al­guna referencia primaria de su existencia en el camino, o, con cielo des­pejado, pudieran darlas la luna y las estre­llas.
En ese tiempo, la radio era la soberana del espectáculo y el entretenimiento y sus artistas gozaban de una gran popularidad, si bien eran escasas las familias que disponían de receptor. Algunos de esos artistas eran dueños de casas de fin de semana en Monte Grande y una de ellas era Mechita Caus, po­pular actriz de radioteatro, que tenía la suya a unos doscientos metros de Los Tréboles. Sin embargo, con excepción del señor Kern, ni la familia de éste ni nosotros había tenido oportunidad de conocerla personalmente. Su chalet estaba totalmente perdido entre una vorágine de árboles y plantas. Sin lugar a dudas era la más popular actriz de radiotea­tro de esa época por las innumerables obras que protagonizaba con el también conocido actor Antuco Telesca. Los que no tenían ra­dio conocían a los artistas de primera mag­nitud por los comentarios de las mujeres y por las fotos que salían en las revistas que se prestaban.
Una noche de viento y lluvia que el se­ñor Kern tenía que ir imprescindiblemente a la Estación de Monte Grande a buscar a una parienta llamada familiarmente Bolita por ra­zones de peso, nos invitó a su hijo Franz y a mí a acompañarlo en su poderoso Ford, lo cual nos llenó de ansiedad y entusiasmo, porque aparte de quebrar nuestra rutina campestre - encima estábamos de vacacio­nes -, salir una noche semejante, era una aventura casi inédita y fascinante. Tanto el tramo de La Colorada como Ramón Santa­marina eran ya un impresionante lodazal, en el que no faltaban muchas partes inundadas. Pero como el viejo Ford con sus pantaneras era capaz hasta de cruzar el Océano Atlán­tico (bueno, tanto no, pero sí el Río de la  Plata), lento pero firme, fue subiendo por Santamarina en dirección al asfalto de la Ruta 205. Faltando más o menos unos dos­cientos metros (recordemos que no había cuadras) para llegar a aquélla, o sea al por­tón de La Sofía, descubrimos un automóvil sólidamente enclavado en la cuneta iz­quierda (en esa época se circulaba por esa mano y no por la derecha como más ade­lante y hasta hoy). El lugar era solitario, té­trico y estaba casi enteramente en  penum­bras. Algunos destellos de la débil y osci­lante lamparita de la Ruta, reflejados en el parabrisas y el niquelado de los faroles, permitían reconstruir mentalmente la vaga silueta del coche en apuros, uno de los últi­mos modelos de esa época.
- Es el auto de Mechita Caus - dijo el se­ñor Kern, luego que hubo detenido el auto a la par del otro.
Franz y yo sentimos que el corazón se nos salía del pecho. Quedamos unos instan­tes petrificados de alegre sorpresa.
- ¡Mechita Caus! - exclamó después mi compañerito con emoción.- ¡Por fin vamos a conocerla en carne y hueso!
Entretanto, El gaucho alemán, que en estas ocasiones salía con perramus, som­brero impermeable y botas, bajó para acer­carse a los ocupantes del vehículo, dos o tres señoras y un hombre que manejaba, y les dijo que no se hicieran problema; que no se movieran de sus asientos, que él los iba a sacar. Acto seguido volvió al Ford y lo hizo avanzar y retroceder de manera que pudiera remolcar al otro, lo que haría con una pe­sada cadena que siempre guardaba debajo del asiento para estas y parecidas emergen­cias. Conectados los chassis de ambos au­tomotores, puso el Ford en primera y éste, lento pero con la fuerza de un tractor, sacó de cuajo al otro de la zanja, y una vez en la parte llana del camino, si bien había cesado de llover y existía la vaga posibilidad de que el vehículo rescatado pudiera llegar a la Ruta por sus propios medios, El gaucho alemán creyó más prudente que siguiera acoplado y arrastrado hasta allí por su poderosa má­quina.
Ya en el asfalto, y bajo la débil luz de la lamparita de esa esquina, descendieron el señor Kern y el conductor del otro vehículo. Éste le dio la mano en la muñeca, luego que el otro le mostrara la suya mojada y emba­rrada. Franz y yo bajamos a curiosear.  
Después, mientras el señor Kern se se­caba y limpiaba las manos con un trapo, del coche auxiliado descendió una adolescente a estirar las piernas y mirar en derredor con curiosidad y con gesto de tener frío, e inme­diatamente lo hizo una mujer joven y delga­dita (que años después colegí que pudiera tratarse de Susy Kent, también actriz de ra­dioteatro), pero no bajó la diva, a la que su­pusimos dentro del vehículo.
- ¡Bajá Mechita, que te queremos ver! - decía Franz para sí a media voz, moviendo los pies con visible nerviosidad. 
Cuando ambos habíamos perdido la es­peranza de verla, Mechita Caus abrió repen­tinamente la puerta del asiento trasero y con la característica sonrisa que le conocíamos por las fotos de Radiolandia y Antena, la vi­mos sentada, con un tobillo vendado. Tal como salía en las revistas, era regordeta, de cabellos rubios ensortijados, con una sonrisa permanente. Tendría unos cincuenta años: una anciana para nosotros los chicos, pero hoy, a mi edad, diría una beba.
- Perdonen que no puedo bajar - ex­clamó sin dejar de sonreír.- Muchas gracias, señor Kern.  ¡Un besito, chicos! - añadió con apropiado gesto de cariño al reparar en no­sotros dos.
Ese gesto quedó tan nítidamente gra­bado en mi memoria, que si fuera pintor lo podría recrear con toda precisión, pues cie­rro los ojos y la veo feliz y sonriendo en las penumbras de mi consciencia. Es más: si no fuera así, no hubiese relatado un hecho que, en definitiva, nada tiene de particular.
         
                 El capataz

Para Germán Garrido no había en el mundo un ser más repudiable que su supe­rior, el capataz Francisco Segovia. Por eso tenía planeado dejar ese trabajo apenas le saliera otro. ¡Otro trabajo! ¿Y dónde iba a trabajar si había en ningún lado? Era en la década infame, la del 30.
Hacía cosa de un mes, Germán, desocu­pado, bajaba por la calle Vicente López  cuando al llegar a la carnicería de Luro, vio que al lado estaban descargando ladri­llos de un carro del horno de los Amadeo, y se de­tuvo a mirar. Ahí es­taba el capataz anterior, el flaco Agustín Magaldi (no, el cantor no) dando órdenes a dos peones. Se acercó y dijo que andaba bus­cando trabajo. El ca­pa­taz lo miró de pies a cabeza con el ceño fruncido.
- Yo le voy a dar una oportunidad, pero acá hay que mover bien el esqueleto, eh,  si no...
A partir del día siguiente empezó a tra­bajar bajo sus órdenes. El constructor era de Lomas de Zamora y venía de vez en cuando a ver cómo marchaban las obras que dirigía en distintos barrios de Monte Grande con otros tantos grupos de albañiles. Unos me­ses después, el capataz se fue a otra obra del mismo constructor, a Temperley, y en su reemplazo vino el repudiable Francisco Se­govia. A todos les cayó mal por su carácter hosco, autoritario, in­sensible y pésima edu­cación.
A última hora de la tarde, cuando finali­zaban con sus tareas, antes de volver a sus respectivas casas los seis albañiles del grupo iban al bar Ideal a  tomar un vasito de vino. A veces iba también Germán. Ahí se charlaba un rato de fútbol y de eventos de­portivos del pueblo, pero más que nada del trabajo y en particular del Chancho que era el apodo que le habían puesto al nuevo ca­pataz. Cada uno con­taba alguna incidencia con él:  Entonces viene el Chancho y me dice... También Ger­mán se quejaba de él. Pero lo hacía con sinceridad. No como hay muchos que despotrican contra sus su­perio­res para hacer creer que los detestan y re­sulta que son sus alcahuetes y chupamedias.
Y resulta que un día, bajando las escale­ras del pa­saje subterráneo de la Estación, el pobre German resbaló al pisar distraída­mente una cáscara de mandarina y se gol­peó la nuca, perdiendo el conocimiento. Al volver en sí, se encontró tendido en una cama de la Sala del Hospital San José. Lo atendió el Dr. Angel Rotta que le tuvo que dar varios puntos en el cuero cabelludo. Le dijo que tendría que estar diez días inter­nado.
- Hoy se me queda tranquilo, sin mo­verse, y sin hablar si es posible. A partir de mañana, sí, puede recibir visitas, hablar y contar todas las veces que quiera cómo fue el accidente y el asunto de la cáscara de mandarina y todo eso. ¡Y me lo va a contar a mí también!, porque yo lo sé así nomás, por lo que me contaron...
 Por supuesto que estuvo su mujer, Ro­salía del Carmen con los chicos, a deshora, pero sólo la dejaron entrar a ella y un mo­mento. A partir del día siguiente, sí, de 13 a 15 volvió ella y también pudieron entrar los chicos. Pero no fue ninguno de sus compa­ñeros de trabajo y eso que era domingo.  Ma­ñana lunes vas a ver que viene alguno,  pensaba para autoconformarse. Sin embargo el lunes no fue ninguno de ellos y el martes tampoco. La señora y los chicos sí. ¡Y el martes, increíble­mente, fue su abonable su­perior, el Chancho!  Eso era de no creer.
El superior le llevó un paquete de na­ranjas y uno de vainillas. Como Francisco Segovia sólo sabía refunfuñar, regañar, ofender y mandar, en esa circunstancia no podía hacerlo. Por eso del léxico y las frases apropiadas para esta circunstancia. Salvo saludarlo al lle­gar, estuvo las dos horas de visita sin mo­dular una sola palabra. Sólo ha­cía movi­mientos de comprensión con la ca­beza, en tanto el paciente contaba detalles del acci­dente, sin olvidar lo de la maldita cáscara de mandarina. El capataz no ha­blaba, pero tanto al llegar como al retirarse, le estrechó las manos entre las dos suyas, mostrando en su semblante un profundo afecto familiar.
Durante el resto de los días, aparte de su mujer y los chicos, el Chancho  estuvo vi­sitándolo y llevándole galletitas y naranjas. Y uno de esos días, habiéndose enterado de que el obrero era hincha de Boca,  le dio una alegre sorpresa llevándole un fla­mante ejemplar de El Grá­fico que traía el cuadro de sus amores en la página central ¡y a todo color! Pero sus compañeros de tra­bajo se­guían brillando por su ausencia. Sin em­bargo, un día antes de que le dieran de alta, lo fue a visitar uno de ellos, Gustavo Fi­nes­tra; se quedó unos minutos mientras es­ta­ban Rosalía del Carmen y los chicos, pero cuando apareció el capataz se fue casi en el mismo momento, argumentando que tenía que hacer. Los demás compañeros no fue­ron hasta que le dieron de alta y tuvo que estar unos días de reposo en casa. El ca­pa­taz, también lo fue a visitar a diario, a la tar­decita - cuando terminaba con su trabajo,- lle­vándole ahora un buen paquete de factu­ras para tomar mate. Además, le ade­lanto unos pesos a cuenta,  adivinando - ¡y no se equivocaba!- que como había faltado bas­tante tiempo a la obra, estaba sin un cen­tavo. 
Cuando Germán regresó al trabajo, en un momento que el ca­pataz atendía al peón de  Nizet  para  pagarle  seis  bolsas  de  cemento que había traído con el carro, aquél les dijo a sus com­pañeros:
- Cada uno tiene su modo de ser, y el capataz el suyo. En las buenas, no importa como es cada uno. Pero en las malas es cuando se muestran los verdaderos senti­mientos. Conmigo se portó me­jor que un fa­mi­liar. Por eso en adelante ¡y perdónenme!, para mí no va a ser más el Chan­cho  sino don Francisco.  

                   La radio a galena

- Che, ¿ya te armaron la radio a galena?
Vaya uno a saber de quién era y a quién era dirigida esa lejana pregunta que aún re­suena en mis oídos como si fuera ayer nomás y que ha de estar todavía recorriendo el es­pacio cósmico sin fin. 
Lejanísimos tiempos en que Monte Grande, apenas era un pueblito provinciano. En la Ca­pital, cuando lo mencionábamos tímidamente como si fuera pecado vivir tan lejos, no fal­taba quien exclamase en tono juguetón: Che, ¿y dónde dejás el caballo cuando tomás el tren?, o: Che, ¿es cierto que Monte Grande queda tan lejos, pero tan lejos que cuando acá es verano allá es invierno? Década del treinta, de gran misiadura. Monte Grande re­galaba paz, tranquilidad, puro oxígeno y agua potable de bombeador a mano y molino de viento, flores multicolores y verdor en toda la gama de matices en los jardines, parques, plazas, quintas y estancias de las periferias. ¿Y el perfume de los aromos que se exten­dían a la derecha de la Avenida Nuestras Mal­vinas, a lo largo de la quinta de los Bruzzone? Sus flores de brutal intenso amari­llo, caían deshojadas en la teórica vereda y la calzada de tierra, formando una fantástica y mullida alfombra de oro.
Ustedes se tienen que acordar porque vi­vían en la zona, como yo: Puzzi y Alberto Brunner, Hermanos Muscolino, Hermanos Junco, Mariño, Hermanos López y tantos otros. 
No cualquiera estaba en condiciones eco­nómicas de comprar una radio en esa época - las primeras acatedraladas - o un gramófono (que era a cuerda y de marca RCA Víctor (la del perrito, La voz del amo), con un pesado pick-up a púas y pesados y quebradizos dis­cos de pasta. No había posibilidades de escu­char música si en la familia o en el entorno no se contaba con alguien que tocara bien o mal algún instrumento.
-  Che, ¿ya te armaron la radio a galena?
Un día me enteré (o me acordé mejor, porque yo la conocía de Remedios de Esca­lada, mi breve residencia antes de mudarme a Monte Grande) de la posibilidad y convenien­cia de construir  una radio a galena o encar­gársela a un técnico radioarmador.
Para las nuevas generaciones digamos que este pequeño aparejo, que  se escucha con auriculares, no tiene amplificador y desde luego tampoco parlante. Por ello sólo la puede escuchar una persona por vez, a me­nos que se disponga de más auriculares. Lo interesante es que no gasta nada porque no funciona con electricidad ni con pilas. Por eso no se apaga cuando no se usa,  puesto que carece de interruptor. Se colocaba un largo cable de cobre sin forro - o sea una rudi­mentaria antena - sobre la casa entre dos palos o caños, o entre dos árboles, aislados los extremos con algún elemento de porce­lana, vidrio o bakelita. De ahí bajaba un cable, de cobre también pero forrado, hasta la ra­dio. Ésta era una bobinita de cobre muy fino, hecha a mano, y la famosa y milagrosa piedra galena, que podía ser natural o fabricada por uno mismo derritiendo un cachito de plomo con igual cantidad de azufre. Esa piedrita captaba las voces y sonidos de la emisora, entre paréntesis con una nitidez que hoy difí­cilmente se logre con la Frecuencia Modulada.
Es de sencillísima construcción y con el tiempo aprendí a fabricarla  yo mismo, pero la primera se la encargué a Liñán que me pa­rece recordar que era el único radiotécnico que había en el pueblo en esa época y cuyo taller estaba en una vieja casa de la calle Vi­cente López, frente a la actual Galería Unión. Le pedí presupuesto. Salía $2.--, así que me puse a ahorrar moneditas en la alcancía y cuando tuve el importe, se la encargué.
Con la radio a galena se escuchaba sola­mente una emisora, la que tenía la torre de transmisión más cerca de uno, pero ¿qué im­portaba si eso, de por sí, era un milagro? Claro que se construían modelos más sofistifi­cados, que captaban unas cuantas emisoras -o todas las de esa época- pero costaban mu­cho más. Las vendían en la Capital y Liñán también las fabricaba y mejores, por encar­gue.
- Che, ¿ya te armaron la radio a galena?  
Yo la tenía instalada en mi pieza, así que podía escucharla (me parece que captaba Radio Prieto, cuya antena estaba justo en la esquina del Cementerio de Lomas), mientras dibujaba, escribía, o bien cuando me acos­taba. Me especialicé bastante en la cuestión. Simplificando los elementos, escuchaba radio sólo con los auriculares, una hojita de afeitar oxidada (en vez de piedra galena) y usando como antena el elástico de la cama, el cable de colgar la ropa o el alambrado del terreno. Por eso, en más de una oportunidad, cuando con algunos pibes amigos (como Sebastián Sueiro, Macedonio,  Pipia Melgar y otros) íbamos a pescar y nadar a La Horqueta (una parte del Arroyo Ortega, hoy contaminado) o al río Matanza (hoy contaminado también) llevaba  la bobina, los  auriculares, la hojita de afeitar oxidada y un rollito de cable largo que conectaba a cualquier alambrado cer­cano. Por supuesto nos turnábamos para es­cuchar.
Hasta hace apenas unos años tenía una radio a galena instalada en la repisa de la co­cina. La escuchaba cuando la maldita Segba cortaba la corriente, que curiosa y sospecho­samente siempre coincidía con las pilas ago­tadas de mi radio portátil.
¡Nadie se acuerda de la radio a galena! Pero yo la recuerdo con gran cariño porque me sirvió de gran compañía y distracción, y para ilustrarme con muchos programas cultu­rales que había en esa época.
        
           Ahora que se puede hablar

Ahora que Norberto Alvarez Costas se ha ido definitivamente a vivir a Australia llevándose a su mujer y a sus hijos, país donde su her­mano Alcides hizo mucho dinero, puedo contar por qué yo, dentro de lo posible, huía de su presencia. El motivo, ridículo y hasta infantil si se quiere,  no es nada del otro mundo, y no sé si en verdad vale de contarse. Pero lo haré porque usted es de confianza y guardará el secreto. En definitiva y antes que se lo prejui­cie, hay que aclarar que Norberto es un hom­bre rebueno, trabajador y honesto. No creo que alguna vez se haya dado cuenta del por­que yo evitaba su cercanía. Si nos veíamos por la calle, hasta antes de que emigrase a Austra­lia, nos saludábamos sonrientes, pero yo siem­pre conservando cierta distancia física. Una vez comentó sonriendo: ¡Vos siempre apurado che!
Ahora viene el hecho o la anécdota si se quiere que originó mi aparentemente extraña actitud. Ambos vivíamos en distintos barrios del lado comercial de Monte Grande, él por Alem Doble y yo por lo de Amat. Nos conocíamos  desde  chicos  debido    a que   ambos  íbamos  a  la  N°1 que se encontraba en el mismo lugar actual.
Era un 25 de Mayo. Las generaciones pos­teriores no tienen la menor idea del frío feno­menal de esa época. Me acuerdo de tantas mañanas que iba a la escuela pisando los charquitos de agua de la calle y las veredas convertidos en hielo que se astillaban como placas de vidrio bajo el peso del cuerpo. Se helaba el agua de las canillas. Y si se dejaba olvidada alguna ropa en la soga, a la mañana se la encontraba endurecida como una ma­dera. Todo esto lo digo para dar una idea del frío que imperaba esa mañana en el patio de la escuela.
Nos hicieron formar varias filas dentro del silencio que requerían las circunstancias y la severa mirada de la Directora, la señorita Ana María Nobile, a la que apodábamos La urraca. La mejor alumna del colegio izó la bandera nacional y acto seguido, la autoridad máxima de la escuela, seria y firme como un soldado de guardia, en medio de un silencio y una inmovi­lidad sepulcrales, empezó a decir un extensí­simo discurso. De tanto en tanto, cuando hacía una pausa, daba la impresión de que allí termi­naba su alocución, pero no era así, porque tras tomar aliento, volvía a otro extenso tramo.  Siendo  que  fue  un   discurso demasiado largo para niños, la mayoría de los alumnos estaban helados de frío. Más de uno pudo te­ner accesos de tos; más de uno habrá tenido deseos de estornudar o de sonarse la nariz, pero tuvieron que contenerse, no porque se los hubieran prohibido o porque alguien tuviese algo que objetar o porque se fuera a reír, sino por algo así como una infantil timidez y pru­dencia en no distraer la atención de los mayo­res.
Fue entonces que, bajo el imperio de esa especial situación, el pobre Norberto se vio de pronto acosado por una necesidad biológica irreparable y de primera magnitud. Era lógico y a cualquiera de los presentes le podía haber ocurrido: un desayuno caliente en casa y un frío descomunal en la calle, al que se agregaba uno peor en el patio de la escuela, por fuerza debía producir una violenta conmoción en el estómago y los intestinos, que no podían sino desembocar en efectos no deseados aunque naturales. Los que estábamos justo detrás  del chico o algo más atrás, de pronto sentimos un olor sospechoso y desagradable. No tardamos en localizar el foco del mismo. Las medias del chico estaban impregnadas de un pastoso y húmedo color ocre, y algo  del mismo tono pero más sólido aunque informe tocada el piso de mosaicos, junto a sus zapatos. Como bien pronto todas las miradas se concentraron en ese punto, los incisivos ojos de la señorita Di­rectora, no podían ser una excepción. Ella sus­pendió su discurso y dijo algo al oído de una de las maestras, la que fue inmediatamente hacia el fondo del colegio.
La Directora, sin hacer comentario alguno ni dar señales de haberse percatado de lo ocu­rrido, sin duda para no mortificar al pobre chico, retomó el hilo de su discurso, lo cual requirió la atención de los presentes.
Por el rabillo del ojo, más de uno y yo mismo, vimos como el casero, don Fermín, espolvoreaba la caca con aserrín, limpiaba y desinfectaba el lugar y se llevaba al alumno al fondo para prestarle los primeros auxilios de higiene.
Bien.  A partir de ese momento, sea porque el olor a caca de Norberto se me incrustó en las fosas nasales o en el cerebro, o porque no se trate de algo físico sino de un cuadro psi­cológico que desconozco y que no viene  al   caso, cada  vez  que   estaba cerca suyo, volvía a sentir ese desagradable  olor.  Ojo:  quiero  dejar  expresa constancia que  yo no culpo de nada al pobre Norberto, porque eso le podía haber pasado a cualquiera de nosotros e in­cluso a la señorita Directora.
Ya sé. Usted me dirá que estoy loco o que soy hipersugestionable. Digo simplemente que cada uno es como es, y yo soy así.
Quizá otro, en mi lugar, iría a un psicólogo para que le cure ese prejuicio, fobia, trauma (o como quiera llamarse). ¿Y qué hubiera ganado con curarme  de ese complejo, a ver?

De las visitas           
        
Durante una larga época, salía de mi em­pleo oficinesco y me zambullía en alguna  sala de exposición pictórica. Las había en gran cantidad en las calles céntricas, particular­mente en Florida, Maipú, Suipacha y Esme­ralda. Y los viernes, que para mí era un día semi festivo porque los sábados y domingos no trabajaba ni viajaba a la Capital, iba a eventos culturales y reuniones que absorbían mucho más tiempo, como conferencias, con­ciertos, peñas  y mesas redondas de artistas y literatos. Sin duda asistí a centenares de eventos culturales y podría escribir innumera­bles crónicas y relatos de la mayoría de ellos. Esto explica por qué, en Monte Grande, jubi­lado, no asisto a eventos culturas... ni de nin­guna índole.
Volviendo al hilo de mi relato, en esos eventos capitalinos fui conociendo a muchos artistas y literatos. Con algunos hubo una larga amistad. Otros se fueron perdiendo de vista, casi siempre por mi culpa porque al convertirme en Pami, dejé de viajar a la Ca­pital, salvo por algún trámite imprescindible.
Algunos colegas de las artes y las letras vinieron a visitarme a Monte Grande en esos tiempos o posteriormente, ya fuera para compartir un asado, o mejor, lo que preferían casi todos los bohemios ¡una buena tallari­nada! Vinieron el pintor Lubrano y su señora Catalina. Él había empezado  como dibujante humorístico en la otrora famosa revista Pato­ruzú, no obstante lo cual no tuvo la precau­ción de coleccionarla para su archivo particu­lar. Por eso se sorprendió y alegró mucho al ver que yo tenía todos los números en los que salían dibujos suyos, y que eran de la dé­cada del treinta. Me gustaría, me dijo emocio­nado,  que hiciéramos fotocopia de las pági­nas que traen dibujos míos. A eso respondí:  No, ¡mejor te regalo los números que te inte­resan!  No eran pocos; uno o dos buenos pa­quetes. Bueno, respondió; ya vamos a combi­nar, para otro día, así tenés tiempo de selec­cionarlos, hacer el o los paquetes... y yo, en retribución, te traigo uno de mis óleos. Lu­brano solía hacer alguna que otra muestra de sus cuadros en Buenos Aires por simple compromiso con su representante o con salas de arte. Pero su público y su clientela estaban en La Habana, Cuba, que era donde exponía asiduamente. Pasó el tiempo y los aconteci­mientos políticos de la época nos fueron dis­tanciando e incomunicando. No supe más de él. 
También vinieron a casa la pintora Alicia Sicsú y su marido poeta, que me dejaron sendas hermosas dedicatorias. Ella después pintó el mural que hay en el Centro Atómico de Ezeiza.
Estuvieron también el pintor Leonardo Alessi y señora. Curiosamente él no era pintor sino vendedor de reproducciones y libros de pintura, que correteaba en las oficinas céntri­cas. En esas circunstancias fue que lo conocí. Y resulta que de tanto  empaparse con el arte pictórico, un buen día se le ocurrió empezar a pintar. Pero como carecía de la técnica nece­saria, bosquejaba y coloreaba motivos abs­tractas, que fue perfeccionando con el tiempo hasta lograr una figuración de sus temas. Re­cuerdo que la última muestra suya que vi en alguna galería de la calle Florida, me produjo muy buena impresión. 
La gorda Sara Preto, una original artista que tallaba esculturas con troncos y ramas que iba a elegir previamente a los aserrade­ros para comprarlas tal como venían de los montes a fin de que tuvieran ciertas caracte­rísticas que le permitieran lograr determina­das figuras humanas. Como Modigliani, era de una familia que estaba en buena posición económica, pero ella renunció a todo por el arte, viviendo muy pobremente en un altillo de San Telmo. Estuve en su taller en una o dos oportunidades. Era un cuartucho de ma­dera, enclenque, con apenas lugar para tra­bajar y donde además tenía su catre y su co­cina, que consistía en una mesa con un ca­lentador Primus. Su alimento común era un cubito de hacer caldo, que hervía en una ja­rra, y al que luego echaba pedacitos de pan. Los colegas que la conocían de muchos años atrás, decían que ese era su único alimento y que probablemente murió de desnutrición. Después de su fallecimiento, en el que fuera su taller, los colegas hicieron una especie de museo en el que todos los que la conocimos contribuimos con la donación de un cuadro. Yo doné un óleo que representaba la cabeza de un indio. Ella vino a casa en una oportuni­dad, atraída por la fama de mis tallarinadas,  y como no podía con su genio, recuerdo que me pidió unas ramitas secas, papel de diario y cola vinílica e inmediatamente modeló una banco de plaza con una pareja sentada, que guardé de recuerdo por muchos años, hasta que se perdió o desintegró entre mis tantas  ordenadas cosas.
Una visita asidua era la de Adalberto - Beto - Casadevant y señora, que tenían una casita de fin de semana por Monte Chico, a la que solíamos visitarlos con Eva en los tiem­pos que teníamos nuestro poderoso Citroen 2 CV. El Beto era un finísimo vate, con muchos poemas premiados; y también fue autor de la letra de varios tangos, que fueron publicados en pentagrama y ejecutados por orquestas típicas. Su sueño, que no llegó a cristalizarse,  era publicar un libro de sus poesías.
Ciryl O' Brian, pintor, poeta, actor, bohe­mio trotamundos, de quien tengo un cuadro, vino muchas veces a casa. Hombre suma­mente alegre, simpático y de una cultura tan vasta que yo diría insuperable, era hijo de un pintor irlandés, a quien tuve la suerte de co­nocer. Ciryl me confesó que nunca podía vivir más de dos o tres meses en un mismo sitio. Por eso pasaba la vida viajando constante­mente de una provincia o de un país a otro, siempre a dedo, pues no tenía un centavo. Si se le hacía la noche en algún lugar, decía simplemente: ¿Che, puedo "apolillar" en el galpón, en el lavadero, donde sea, hasta ma­ñana, porque mañana me voy? Si era preciso, dormía en el suelo, a lo cual estaba acostum­brado y contaba que en más de una oportu­nidad en su vida de trotamundos, lo hacía a  la intemperie. A la mañana se iba, desde luego. No le gustaba ocasionar más molestia que lo imprescindible. Recorrió casi todo el mundo en especial Latinoamérica y siendo más joven fue explorador. En Colombia o Ve­nezuela, no recuerdo bien, dirigió algunas pe­lículas. Y ojo que nada de esto era cuento. En su casa, en el barrio de Saavedra, me mostró recortes de diarios que atestiguaban sus pa­labras. En Monte Grande, en una o dos oportunidades visitamos a Blanquita Viglione y su marido Patoco. (Un día reciente ella me mostró un frasco que decoré y le obsequié en esa época ¡hace como treinta años! Más o menos, vaya uno a acordarse con precisión). Una vez lo llevé a  O' Brian a conocer al Beto Casadevant y por supuesto éste y su señora Cotita simpatizaron con nuestro alegre trota­mundos que, a invitación de ellos se quedó unos días allí. En una oportunidad, el irlandés errante - como lo llamaba yo - me invitó a a recorrer el mundo con él, ya que yo era sol­tero y él como si lo fuera porque se había se­parado hacía lustros. Así, sin dinero, a la ventura, me pareció una verdadera locura. Me acuerdo que me dijo: No se necesita un cen­tavo para eso. Gente como vos, como yo y como el Beto Casadevant hay en todos los rincones del planeta. Vení conmigo y lo vas a comprobar.
También vino a casa y en varias oportuni­dades Virginia Rodas, poeta griega nacida precisamente en la isla de Rodas (de ahí su pseudónimo), autora de varios libros de poemas, recitadora y conferencista conocida en el ambiente porteño. Aparecieron varios poemas suyos en la revista Taller  y en nues­tra Antología de Poetas Argentinos.
Asiduo visitante de casa eran el escritor Aldo Cammarota - entonces soltero - y su madre, a quien le gustaban los tallarines ca­seros hechos por la mía. Kamen Camenoff, el padre de Elena la poeta local, me dijo que en una foto antigua estamos  Cammarota, él, yo y algunos amigos más. Se la voy a pedir prestada para sacar una copia, puesto que no la tengo.
Y estaba también el pintor bohemio Che­chane,  Héctor García, muy conocido en el mundillo del ambiente artístico. Me lo pre­sentó Adalberto Casadevant, que le dio alo­jamiento durante más de un año en su casa de fin de semana. Con Chechane hicimos gran amistad y estuvimos como un año pintando letreros de negocios por Monte Grande y hasta para una de las campañas políticas lo­cales. Una vez le fuimos a pintar unos letreros a un negocio de Adrogué y me acuerdo que en una de esas pasó Rómulo Barbieri, ex compañero de trabajo, que también se había jubilado como yo y vivía a unas cuadras de la Estación. Quedamos en vernos allí mismo al día siguiente, pero por algún imprevisto no apareció. Chechane solía hacer algunas ilus­traciones para libros, que le encargaban pe­queñas editoriales de la Capital. Me regaló al­gunos de sus cuadros y bocetos. Me hizo un retrato al óleo en el cual se me ve mucho más viejo de lo que era entonces. Pero me sirve en la actualidad.
También en casa nos acordamos de Gloria Corinaldesi, psicóloga y poeta, de la que tengo uno de sus libros. 
Perdimos todo contacto con ella, como con la mayoría de los colegas y amigos. 
Por supuesto que después hay una legión de  artistas y literatos de estas últimas déca­das, tanto de Monte Grande como de la Ca­pital y localidades del Gran Buenos Aires, nos han visitado y siguen haciéndolo, pero nom­brarlos solamente sería una lista muy larga.

          Calles abrileñas

Mirá: ¿qué querés que te diga? Por más vueltas que le dé al asunto, las calles de Monte Grande me gustan más en otoño, cuando sus túneles vegetales presentan dis­tintas tonalidades colorísticas que van desde el amarillo hasta el ocre más intenso. Ciertos sectores del follaje, parecen esas catedrales europeas góticas con santos y mil ornamen­tos barrocos y rococó de oro puro. ¡De veras! ¿vos te reís?... Por eso en abril, las calles Sarmiento, Constanzó, Mariano Alegre y mu­chísimas otras, ofrecen un espectáculo para­disíaco, que lo tengo grabado en la memoria, y suele entreverarse hasta en mis sueños. Ojo: no me refiero a todas las calles del pue­blo, sino a las antiguas, que son las que jus­tamente cuentan con árboles añejos, altos y de espeso follaje. Muchas veces me digo: Si fuera pintor, agarro y me vengo acá con mi caballete, pinceles y demás y pinto esta ima­gen tal como la veo. O pienso también: Si su­piera tomar unas buenas fotos en colores como lo hace esa fenómena de Susy, agarro la cámara y media docena de rollos y me re­corro todo el pueblo para tomar tomo un montón de instantáneas de esos túneles o catedrales vegetales, tomando también la cal­zada y las aceras sembradas de hojas oto­ñales. Después elijo las que me parecen me­jores, las hago ampliar en lo de Copy Express, que está ahí frente a Frávega, y las pego en la pared del comedor, la cocina, mi pieza, hasta el baño mirá. O si no, mejor todavía, hago ampliar unas treinta o cuarenta, las hago enmarcar y las presento en la sala de exposiciones de El Telégrafo. ¿Cómo en el Co­rreo? ¿qué tiene que ver el Correo? El Telé­grafo, que está en Alem. ¿No conocés El Te­légrafo? ¿Entonces vos no sos "curto" como yo, y pertencés a la despreciable clase de los "mersones"? Claro que para exponer en El Telégrafo, tendría que hablar con dl Director de Cultura, o con Rita Brañas, no sé cómo es la milonga. ¿Sabés qué regio sería una expo­sición así? Una muestra fotográfica que po­dría intitularse "Las calles de mi pueblo". Se harían las tarjetas de invitación y todo eso. ¿Y quién haría la presentación, decir las palabras alusivas y apropiadas cuando se inaugura una muestra de esta clase? ¿y quién sino Isabel Rubio Gil?
Ahora estoy justo en Ocantos esquina Sarmiento y voy rumbo a casa. Si siguiera por la primera, casi en la esquina con Echeverría, nos encontraríamos con la casa de Héctor Senra, músico, dibujante y pintor de larguí­sima trayectoria en el arte, lamentablemente fallecido hace unos meses. Si siguiéramos unas cuadras más, nos encontraríamos con la casa de Raquel de Toro, distinguida escritora y poeta. Pero yo doblo por Sarmiento, como te decía, rumbo a mi casa. Como me pasa siempre con esta y cualquier otra calle del pueblo, a menos que me distraiga y absorba una preocupación especial, el pasado vuelve a mi memoria en forma instantánea e inevita­ble.
Acá mismo, en la segunda cuadra, a mi iz­quierda, dando la espalda al ferrocarril, hay  un enorme chalet de dos plantas de pésima estética arquitectónica, sin duda estilo cuchu­flito. Es cuadrado. No sé si fue una genialidad del arquitecto, o idea de su primitivo y difunto dueño, que era un aviador y pereció en un lamentable accidente de su oficio. En la misma mano, unos metros de ese chalet hay una casa que fuera del constructor Francisco Leoz, fallecido ya, hombre muy amable y sa­ludador hasta el punto de que si estaba lejos, en vez de hacerse el distraído como otros, agitaba la mano a lo alto y sonreía.
Siguiendo por Sarmiento, ahora cruzo In­dependencia y a la derecha me encuentro con la vieja casona del matrimonio Dodds, un in­glés casado con una española, que tenía dos hijos, Robertito y Teresita. Ésta, que no se había casado - no sé si lo hizo porque hace mucho que no la veo-  quizá viva aún allí.  En alguna ocasión que tengamos tiempo, te voy a contar cómo conocí a los Dodds, una gente macanuda hace más de medio siglo, en el campo, en la casa quinta  Los Paraísos, que tenía entrada por La Colorada, casa quinta que hoy es un barrio. Es una historia muy entretenida y densa, como para una novela o para cuando se me dé la loca de escribir mis Memorias, en las que parece que no, pero tengo mucho que contar porque viví dos existencias: la de Italia y la de la Argentina.
Y `pasando esa casona de los Dodds, en la mano derecha también, está la familia Ma­cri, que una de las chicas es peluquera. Creo que uno de los Macri era bandoneonista de un antiguo conjunto musical de nuestro pue­blo. No recuerdo bien si era papá o tío de las chicas.
Y en la esquina, llegando a la Avenida San Martín y cruzándola - y siempre sobre la mano derecha, en la ochava, me encuentro con una escuela. Pero muchas décadas atrás, esa construcción y varios terrenos vecinos eran del matrimonio asturiano Junco. Donde ahora los alumnos salen a recreo, había un molino de viento, que venía a ser el ancestro del bombeador eléctrico, hoy reemplazado por el medidor de Aguas Argentinas. Yo lo veía siempre al señor Junco, que con un fur­gón, hacía un reparto de productos del Frigo­rífico Monte Grande, cuyos restos están en la cuadra siguiente, y parece algo así coo el Co­liseo de Roma, aunque sin la menor atracción turística. Los Junco dejaron tres hijos varones. Los dos mayores iban a la escuela primaria conmigo, a la Nº l, esa que está frente a la Plaza Mitre. El mayor, Francisco, cuando es­tábamos en la primera adolescencia, me acuerdo que ganaba concursos de aeromo­delismo de madera balsa y en una revista Hobby, que a lo mejor tengo en mi ordenado archivo aparece él en una foto, con su pla­neador. Se veía que le gustaba la aviación, de modo que no es de extrañarse que después entrara en el aeródromo de Ciro Comi, donde aprendió bien-bien la mecánica de los avio­nes. Más adelante  se independizó y puso un taller por allá, por Morón o Hurlingham, donde arreglaba y armaba avionetas. Fran­cisco voló por todo el país y países latinoame­ricanos. Un día se  cansó de todo eso, vendió y se compró una estancia con la que debe seguir aún. Al lado del colegio, yendo por Sarmiento viven los dos hermanos de Fran­cisco. Él vive también a continuación del cole­gio, pero sobre la Avenida San Martín.
Claro que si siguiera caminando por Sar­miento hasta Bruzzone y aún más allá, me encontraría con muchas casas antiguas y re­cuerdos más. Pero yo doblo por San Martín, rumbo a mi casa... y... ¡hola! ¡hola Igna­cio!...¿me escuchás Ignacio?... ¡paaa!...¡se terminó la tarjeta!... ¡Estas malditas y  mez­quinas Empresas de teléfonos celulares! ¡Ha­blás dos palabras y ya se termina la tarjeta! Moraleja: palomas mensajeras o señales de humo. ¡Es lo más barato!
                 
       Epílogo

Aunque quedó bien claro en el co­mienzo del presente texto, no está de más reiterar que salvo unas pocas, las opiniones de su  protagonista prin­cipal - Juan Pueblo.- no son las mismas de su recopila­dor, el que esto escribe. Con atinen­cia a los ex in­ten­dentes y/o comisiona­dos municipa­les, fun­cionarios y amigos del poder de nuestro Pa­sado,  v.g., ¡estoy en total de­sa­cuerdo con lo que opina nuestro amigo! Para mí, todos sin ex­cepción, fueron caba­lleros de intacha­ble ho­nestidad, generosos y cultos, y no sólo pongo las manos en el fuego por todos ellos, sino que jamás los olvido a la hora de mis ora­cio­nes.


Índice  Y OTROS DETALLES E INCLUSO TAPA y CONTRATAPA.

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