jueves, 9 de octubre de 2014

La epidemia roja, por Primo Di Martino

Sí, yo debería escribir una crónica sobre esta tragedia sobrehumana que nos toca vivir en nuestra pequeña ciudad de Sottomonte, pero no me sería fácil encontrar las palabras y frases adecuadas en razón de la pobreza de mi léxico. No soy escritor, ¡ni siquiera novel! Gracias que sé leer y escribir. Se trata de la espantosa epidemia roja, que según se comenta se está extendiendo por casi todo el territorio italiano. El primer caso de contagio y muerte registrado en nuestra urbe -o mejor dicho los primeros-, fueron los del matrimonio Rosetti y sus dos chicos. Al morir su mujer, a la que siguieron sus niños con diferencia de horas, el jefe de familia –don Alfonso-, presintiendo su evidente fin inevitable, en un generoso acto humanitario para con sus vecinos y conciudadanos, pintó una gran cruz roja en la puerta de su casa cuyo significado comprendería hasta un chico: Casa contagiada. No te acerques si quieres salvar tu vida. Después, otros infectados o sus deudos harían lo propio en los accesos de sus viviendas. Soy ebanista; trabajo por mi cuenta y gano bastante bien. No tengo familiares aquí sino en el Sur, en Catanzaro. Supongo que allá se encuentran con la misma tragedia. La última carta que recibí de los míos, data de cuatro o cinco meses antes de la peste. Les escribiré apenas me sea posible, y si este espantoso mal aún no se ha instalado en esa zona, regresaré a ella abandonando el trabajo que tengo aquí. Creo que ante el peligro que estamos viviendo, cualquiera en mi lugar haría lo propio. La vida vale más que todo el oro del mundo. Yo tenía novia –Gesulmina, buena como una santa-, pero tuve la desgracia de que se la llevara la epidemia hace apenas una semana. Mil años de vida no me alcanzarían para resignarme a tan grande desgracia que me lacera el corazón y el alma noche y día. Su familia también pintó la cruz roja en la puerta y yo no paso más por allí para no avivar mi invencible amargura. Mis amigos de Sottomonte, que son varios, se han distanciado o perdido; y no por casualidad. Por referencias de otras personas, sé que algunos murieron por la peste, y como es fácil de imaginar, los que aún viven, evitan en lo posible encontrarse con parientes, amistades, conocidos ¡y hasta con familiares!, naturalmente por temor al contagio, maldito contagio que no se sabe si proviene del aliento, del contacto físico o del aire ambiente; de ahí que por tácito convenio general, ahora nadie da la mano ni se aproxima demasiado a sujeto alguno. Pero tuve que hacer una justificada excepción en el caso de mi entrañable amigo Pierino Salerno que acaba de fallecer. Más que un amigo era el hermano que no tuve. Yo le debía la vida a raíz de un accidente cuya historia sería largo relatar y en el que arriesgó la suya para salvarme, de modo que lo menos que podía hacer era imitar su invalorable ejemplo que no olvidaré hasta el fatal día que me echen tierra encima. Atacado por la maldita epidemia, el pobre estaba internado en el hospital. Lo acompañé en forma permanente los dos días que le quedaban de vida, a pesar de que los médicos y los enfermeros me aconsejaban no hacerlo por el peligro del contagio, cosa que gracias a Dios no se produjo. Por los galenos es imposible saber algo concreto acerca de este mal porque cada uno esgrime una explicación y da un consejo distinto, que de todos modos de nada sirven en esta grave ocasión. Es más: dos de ellos, uno de mi barrio, acaban de fallecer apestados. Es una vergüenza que a esta altura de la civilización, en pleno el Siglo X, las ciencias no hayan descubierto cómo vencer las enfermedades mortales en tanto pierden lastimosamente su tiempo estudiando el movimientos de los astros del infinito universo. Esta epidemia tiene signos inequívocos y visibles. Son manchas rojas formadas por diminutos granos en la piel. El apestado, fuera de ese espantoso anuncio, en apariencia se encuentra en perfecta salud, pero de improviso lo ataca una fiebre tan violenta que le resulta difícil mantenerse de pie. Entonces tanto puede morir a los pocos minutos como a los dos o tres días. En mi barrio, un hombre de mediana edad –Calógero Arcobaleno- que estaba arreglando unas tejas en su casa, murió de repente y rodó hasta caer en la calle, ante la puerta de su casa. Aunque los suyos denunciaron el hecho de acuerdo a lo que manda el bando municipal, no rescataron ni reclamaron el cadáver por miedo al contagio. ¡Vana ilusión!, porque como se pudo ver o saber luego, fallecieron su esposa y su hijo mayor Tulio. Desde luego la puerta de calle también muestra la ya consabida cruz roja. El conde Marinello, su mujer Leonardina y su hija Cecilia de quince años habían quedado completamente solos en su castillo. Como hubo dos víctimas de la peste en la servidumbre, decidieron despedirla a toda de inmediato. El campesino de confianza que les proveía alimentos desde hace años, se los traía en un cesto de mimbre que el conde izaba con una cuerda desde las almenas del castillo. Pero a pesar de esas precauciones, el matrimonio y su hija fallecieron a las pocas semanas con diferencia de días. Me dio mucha pena al enterarme porque esta noble familia, aparte de ser muy solidaria con los pobres, fue la primera que me dio trabajo en abundancia cuando llegué de Catanzaro. Estuve cerca de un año trabajando allí, haciendo innumerables restauraciones de muebles y construyendo otros. Eso me permitió conocer bien al matrimonio y la niña. La condesa Leonardina padecía de parálisis total y yacía en su lecho desde hacía quince años, exactamente desde el nacimiento de su hija. Su habitación se encontraba, a pedido de ella, en la segunda planta del castillo porque desde la ventana veía casi todo el jardín interior. En él había buena variedad de plantas, algunas exóticas. A ella le gustaba admirar un enorme árbol que sobrepasaba casi la altura del castillo y una ramita entraba por la ventana. El conde pensaba cortarla, pero la noble mujer le rogó que la dejara crecer y avanzar a su antojo hacia adentro, dejando la mitad de la ventana entreabierta y fija. Yo no la escuché, pero según me comentó el conde, ella amaba esa ramita y le hablaba como si se tratase de un ser humano. Le decía cosas como: Lo que tu quieres, hermosa ramita y te lo agradezco con toda el alma, es hacerme compañía en mis ratos de soledad y que te admire. Pues sí, yo te admiro y te amo porque vives como Dios lo ha dispuesto, que también es mi caso. El árbol, según me contó el conde, había sido plantado cuando era un pequeño gajo por el bisabuelo de la condesa, que cuando se construyó el castillo, dispuso que lo hicieran alrededor del mismo y dejando un buen espacio para el jardín. Algunos conciudadanos, con la esperanza de eludir el contagio, empezaron a salir a la calle cubiertos de la cabeza a los pies con una túnica –que en realidad es una sábana- que sólo tiene dos pequeños orificios a la altura de los ojos para ver; pero según comentarios que se escuchan, el sistema no ofrece la menor garantía de protección. Las escuelas de la ciudad se cerraron a los quince días de aparecer la peste, pues en una de ellas murieron el director y dos alumnos. A la iglesia de Santo Domingo ya casi no va nadie, no por falta o decadencia de fe sino por miedo al contagio. Como es harto sabido, en los sitios donde se reúne gente, hay inevitables canjes de aliento. Además, siempre hay alguien que tose y de inmediato otros lo imitan involun tariamente. Al cura párroco se le murieron los dos monaguillos y quedan solos él y el sacristán. Este l5 del mes de junio, según tradición secular, se debía realizar la fiesta y procesión de Santo Domenico del Monte, con desfile de soldados y la banda municipal que como es sabido está compuesta por vecinos que actúan gratuitamente; y yo soy uno de los que tocan tambor, que para ser sincero es el único instrumento que logré aprender. Como no podía ser de otro modo, el evento fue suspendido hasta el próximo año... ¡para los que tengan la suerte de sobrevivir! Llevamos casi tres meses con la epidemia y cada día aumenta la cantidad de víctimas. Aquí en el barrio, que yo sepa, hubo tres casos la semana pasada y en esta, a día miércoles, ya hay cinco. En la puerta de la Alcaldía, colocaron hace tiempo un cartel en el que anotan día a día la cantidad de muertos y sus respectivos nombres. Como yo pasaba por allí casi a diario, leía las cifras, que iban en alarmante aumento. Hasta la última vez que miré, las víctimas ascendían a más de 500. Estaban muriendo alrededor de media docena de personas diarias. Desde luego hablo de casos concretos, declarados. Sin duda hay más, pero por un motivo u otro, no se conocen. Son hombres que viven solos en casuchas abandonadas o en altillos, y si mueren nadie se entera sino después de varios días, cuando observan su ausencia en el barrio o en su trabajo, o cuando el vecindario percibe que por una puerta o ventana sale un insoportable olor a cadáver. Hay quienes mueren en plena calle o en las plazas. Los que fallecen en su domicilio son arrastrados inmediatamente a la calle por sus familiares -como hicieron con mi novia- no por falta de sentimientos sino con la vaga esperanza eludir el contagio y además porque pasan carros municipales que los recogen y se los llevan. Tratándose de mujeres, sus deudos les sacan los adornos de valor que pudieran tener encima -collares, aros, pulseras- para no dejárselos a los delincuentes que brotaron como hongos desde los primeros días de la peste. Al principio, la Alcaldía llevaba los cadáveres al cementerio, pero como después había mucha cantidad y el personal encargado de sepultarlos no daba abasto, últimamente mandan dos o tres carros recorriendo las 24 horas las calles de la ciudad. Se los llevan y arrojan al precipicio que hay en el fondo de la urbe, en cuya sima se despedazan y los animales salvajes y los insectos los devoran. Por miedo a tropezar y caer abrazado a un muerto, casi nadie sale de noche. Como si fuera poca desgracia esta enfermedad que sólo puede ser creación del mil veces maldito Lucifer, ha surgido otro alucinante peligro -que me urgió a dejar la urbe cuanto antes- y es que a partir del atardecer aparecen en forma imprevista grupitos de jóvenes, que siendo víctimas de la epidemia y ya no tienen salvación posible, de pura envidia, rabia y excesiva maldad, contagian intencionalmente a los sanos escupiéndoles o tocándoles la epidermis. Riendo a carcajadas, pasan corriendo como saetas para no dar tiempo a reaccionar a la pobre víctima. Es debido a este nuevo peligro que ahora todo el mundo sale armado de su casa ¡hasta las mujeres! con una navaja o un garrote, y hasta he visto a algunos con guadaña, hoz, martillo u otra herramienta. Y vi también a dos o tres hombres acompañados de esos perros diabólicos perros feroces que no permiten que alguien se acerque a su amo. Supongo -y no creo equivocarme- que Satanás, en su imperio del Infierno ha de reservar para estos jóvenes archi malvados un sector especial donde reciben eternos castigos mucho más horrendos que los pecadores comunes. Dado que se comentaba que en el campo aún no se sabía de víctimas de la epidemia y que seguramente se debía al aire y los alimentos más sanos que los de la ciudad, decidí ir un domingo para averiguar qué había de cierto en ello, y de ser verdad, ver de instalarme allí durante el tiempo que durara la peste, aunque fuera viviendo a la intemperie bajo un árbol o resguardado por alguna roca de las montañas vecinas. El problema principal, pues, no era dónde dormir, sino la comida. Pero yo tenía la ventaja de contar con buenos ahorros, de modo que les compraría alimentos a los campesinos de la zona. Aunque la epidemia durara un año o dos, creo que el dinero me alcanzaría para sobrevivir. Claro que en último caso, me alimentaría de líquenes, hongos, verduras, frutas silvestres y caracoles que abundan después de las lluvias. Conseguí un caballo prestado y fui a echar un vistazo al campo para ver cómo estaban las cosas por allí. Llegué a una zona de las periferias donde hay unas cuantas huertas. No pude entrar a ninguna para conversar con los campesinos, pues todos pusieron cadenas y candados en los accesos. Cuando volvía a la ciudad me crucé con un hortelano que regresaba con su carro e intercambiamos algunas palabras, desde luego a prudente distancia. Me dijo que la peste no había llegado al campo por ahora, pero que estaban con un justificado terror creciente. Muchos de los que proveían de verduras, frutas, huevos y pollos a la ciudad, por ahora no se atrevían a salir de sus granjas. Él lo estaba haciendo para no desabastecer a dos comerciantes -uno de ellos primo suyo- que le compraban desde hacía más de dos décadas. Pero les entregaba los productos y regresaba de inmediato al campo. No cobraba su mercadería por temor a que el dinero contuviera gérmenes de la enfermedad. Después, después me pagas todo, les decía, cuando pase la epidemia y todo vuelva a la normalidad. Si de verdad me quería ir de la ciudad para vivir lejos del contagio, ese buen hombre me aconsejó hacerlo en las faldas de las montañas (que son tierras fiscales) donde con toda seguridad encontraría más de una cueva donde refugiarme de las inclemencias del tiempo, pues en la situación que se estaba viviendo, lo que menos le importaría al Estado era vigilar sus dominios. Nadie, pues, me molestaría; además sería por poco tiempo, pues la epidemia podía acabarse de un momento a otro. Finalmente me fui de Sottomonte, no por cobardía como pudiera creerse sino por impotencia ante el traicionero mal al que nos enfrentamos. Además, soy joven; tengo apenas 23 años. Ahora ya hace algo más de un mes que estoy en la falda de la Montaña Leone -que es la que está más cerca de Sottomonte-, en una cueva que encontré entre las rocas. Me traje algunos cacharros de cocina, algo de ropa y unos panes algo resecos, que ablandaré con agua de un pequeño manantial vecino. A los que lean este mensaje les suplico de rodillas que oren a la Suprema Personalidad del Universo para que nos libre de esta epidemia, no tanto por mí que en definitiva valgo menos que la caca de un perro sarnoso, sino por el resto de mis con vecinos, en especial los niños, las mujeres y los ancianos. ¡Mil veces maldito sea Satanás! Ahora me encuentro con una monstruosa nueva jamás imaginada, lo más grave que me haya ocurrido en la vida y para mí tan o más terrible que la misma epidemia roja. ¡Orino sangre o con sangre! Tal como lo escribo y se lee, ¡sangre! Algo de lo que he comido en estos días me produjo una herida sangrante en mi sistema urinario o quizá sea consecuencia de las terribles cosas que he visto y oído en Sottomonte antes de venirme a este refugio. He tomado tisanas de malva y otras hierbas suavizantes y desinflamantes, pero ha sido todo inútil; sigo orinando con abundante sangre. Esto me ha impulsado a volver a la ciudad, no para quedarme sino para visitar a un médico -si queda alguno vivo- o ir al hospital. Y de visita a Sottomonte después de más de un mes de ausencia, me enteré de una extraordinaria buena nueva que cambia radicalmente la historia de esta epidemia, de mi problema urinario y mis ideas y planes de seguir donde me encuentro. ¡Es algo que ha hecho renacer las esperanzas de salvación a toda la ciudad! Ha sido la sorpresiva aparición de una ancianita montañesa, del Gran Sasso más concretamente, llamada Fernandina que dice descender de los remotísimos etruscos y que posee el secreto para destruir la epidemia roja y cualquier otra enfermedad por grave que fuese. Según ella, la fórmula (que sus vecinos montañeses bautizaron jocosamente con el nombre de Fernandinaccia y que a ella le gusta) es original de la India de donde la trajeron los primitivos etruscos que emigraron a Italia hace unos 4000 años, milenios antes de que existiese Roma. Consiste en una tisana de varias hierbas que ella conoce y colecta en las montañas. Tomando una cucharada antes del almuerzo y otra antes de la cena, el enfermo se cura de inmediato de cualquier mal. Luego debe seguir el tratamiento ocho días más, o sea cumplir una novena. ¡Es de no creer! Ella fue al hospital y ante la perplejidad de los médicos demostró la eficacia de su medicina salvando de la muerte a las 57 personas internadas y pidió a los doctores que las dejaran volver a sus casas, llevando cada cual su porción del milagroso remedio en pequeños frascos y botellas para seguir el tratamiento de acuerdo a las instrucciones antes dichas. Otros pacientes reemplazaron a los dados de alta, y ella los curó también. Les demostró a los galenos que a ella misma no hay mal que la contagie porque aún estando muy bien de salud, se habituó a tomar ese milagroso remedio. Para que vieran que no mentía, sonriente, besó las mejillas y las manos de algunos infectados elegidos al azar por los propios doctores, pidiéndoles también a aquéllos que les escupieran en las mejillas y en las manos; y también, que le echaran aliento a su nariz y a su boca abierta de par en par. Ante esta maravillosa novedad increíble que ha tomado dominio público, los galenos y las autoridades están en continuas reuniones de urgencia para encontrar la forma de retener amablemente a esta enviada del Cielo (que sin duda será una futura santa) para que se afinque en la ciudad a costa del Municipio y prosiga con su increíble tarea de salvar vidas. Fui al hospital y hablé en particular con la divina o mágica ancianita para contarle mi problema urinario. Sonrió cariñosamente y me hizo seña de que no hacía falta que le diera más explicaciones. Hizo que la acompañara a la cocina, mientras me iba diciendo: -Mi Fernandinaccia es tan, pero tan repugnante al paladar que más de uno con una fatal enfermedad prefiere la muerte antes que tragarla. Yo comprendo que no es por mala voluntad sino que el paladar, la garganta y el estómago, la rechazan con violencia; la vomitan en una palabra. Por eso es preciso que se la suministre yo misma para convencerlo con palabras apropiadas, mucho cariño y especialmente dándole mi ejemplo que bebo un sorbo y sonrío feliz cerrando los ojos y pensando que es el más exquisito de los licores. -¡Ah! -Le contesté.- Conmigo no tendrá ese problema. Con tal de curarme tomaría una sopa de cianuro y bosta adobada con excrementos de cerdo. -Veo que eres un chico inteligente y seguirás mis instrucciones. Como estamos escasos de copas y frascos, te daré tu ración en esta jarrita de terracota que me harás el favor de traer de vuelta lo antes posible. -Lo haré en menos de una hora. Empecé el tratamiento de Fernandinaccia, al rato. ¡Santo remedio! Oriné un poquito de sangre la primera vez, pero a partir de la segunda, comprobé – no sin felicidad- que mi líquido era más claro que agua del más puro manantial. Como es lógico llevé la jarrita de vuelta a la señora Fernandina informándole de la buena nueva y dándole un sin fin de agradecimientos. Mientras me acompañaba amablemente hasta la puerta del hospital, me dijo más o menos lo siguiente: (CONTINUA)

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